Nuevas Crónicas Manchurianas (y 5): Fangzhen

El 9 de agosto de 1945, con Hiroshima ya arrasada y la segunda bomba atómica camino de Nagasaki (explotaría ese mismo día), el ejército soviético se lanza en tromba sobre Manchukuo en lo que sería la última campaña de la Segunda Guerra Mundial. Stalin se había comprometido con los Aliados a declararle la guerra a Japón y abrir un nuevo frente en el Este una vez Alemania hubiese sido derrotada, dándole además la oportunidad de conseguir parte del pastel en la zona tras la presumible e inminente derrota japonesa. Más de un millón y medio de soldados del Ejército Rojo se internaron en Manchuria por el Este, Norte y Oeste simultáneamente, formando un gigantesco movimiento de pinza.

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El Ejército de Kwantung, encargado de la defensa de Manchuria, estaba muy debilitado tras haber cedido gran parte de su material y mejores hombres para combatir en la guerra del Pacífico a medida que los estadounidenses se iban acercando a las islas principales de Japón. Aunque hubo algunos puntos aislados donde la resistencia fue encarnizada, en general fue escasa y mal organizada, con las novatas y mal equipadas fuerzas japonesas siendo arrolladas por la enorme superioridad soviética. La rendición formal de Japón el 15 de agosto fue recibida de forma confusa en Manchuria y no significó el alto el fuego inmediato, quedando bolsas de resistencia que seguían luchando denodadamente. Para el 20 de agosto, cuando el ejército de Kwantung ya había dado órdenes de no seguir combatiendo, los soviéticos habían alcanzado las principales ciudades (Harbin, Changchun, Mukden) y controlaban prácticamente todo el territorio de lo que habían sido los estados títeres de Manchukuo y Menjiang. Los soviéticos habían capturado más de medio millón de prisioneros de guerra que serían enviados a Siberia a los campos de trabajo y, los que sobrevivieron, posteriormente repatriados durante el siguiente lustro.  Pero los soldados no eran los únicos japoneses que vivían en Manchukuo en grandes cantidades: había decenas de miles de colonos esparcidos por todo el país en el momento de la rendición de Japón.

Japón pensaba establecerse en Manchuria de forma permanente y, al igual que había hecho en otros lugares como Hokkaido varias décadas antes, quiso “japonizarla” no solo culturalmente, sino también incrementando considerablemente el número de ciudadanos japoneses. Así, poco después de que se estableciese oficialmente Manchukuo en 1932, se puso en marcha un programa estatal destinado a enviar colonos al continente llamado “Millones a Manchuria”. La idea era reclutar campesinos de las empobrecidas zonas rurales japonesas y ofrecerles grandes incentivos (tierra cultivable en propiedad, mano de obra local barata, exención del servicio militar a los hombres…) para que se estableciesen en Manchukuo. Las cuotas gubernamentales se llenaban con familias del mismo pueblo, que iban todas juntas a la misma zona para “recrear” su aldea japonesa en suelo manchuriano, dándoles incluso el mismo nombre que habían tenido en Japón. Suzuko, abuela de mi amigo Genya y la persona central de mi (espero que) futuro libro, se fue a Manchuria en marzo de 1940 junto con otros 1173 vecinos de Yasuoka, su pueblo natal en la prefectura de Nagano.

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Poster de propaganda para enlistar colonos (¡A Manchuria! Apúntate en tu ayuntamiento)

Volvemos a agosto de 1945. Cuándo Japón se rinde y Manchukuo se derrumba cual castillo de naipes, tanto el ejército japonés como (lo que queda de) el estado abandonan a su suerte a los muchísimos miles de campesinos que vivían en Manchukuo. La información es confusa, no hay directrices de ningún tipo ni se organizan rutas de evacuación. Los colonos que quedaban eran en su inmensa mayoría ancianos, mujeres y niños, ya que los hombres en edad de combatir habían sido llamados a filas a pesar de la pretérita promesa de estar exentos. En Dabalang, donde vivía Suzuko, se reúnen 3000 japoneses que deciden partir hacia Fangzhen, una ciudad junto al rio Songhua con una importante guarnición del ejército y desde la que, en teoría, salían barcos con destino a Japón que los podrían repatriar. La marcha fue penosa y caótica, siendo hostigados constantemente por milicias y bandidos locales y con mucha gente muriendo cada día que pasaba. Finalmente, cuando llegan a Fangzhen a principios de septiembre, se encuentran con que los soldados japoneses se han rendido, no hay manera de volver a Japón y el ejército soviético ha montado campos de concentración para acoger a los japoneses, que siguen llegando sin parar. Suzuko pasará el gélido invierno del 45-46 allí en condiciones durísimas.

De todos los destinos a los que pensaba ir en mi segundo viaje a Manchuria, Fangzhen era, con mucha diferencia, el reto más difícil que se me presentaba. El año anterior Genya, Cris y yo teníamos planeado ir, pero al final no hubo tiempo y pasamos los días juntos entre Dabalang y Huanan con su familia. Fangzhen, a más de 210 kilómetros hacia el este de Harbin, rio abajo, es una pequeña ciudad en una zona remota a la que no llega el tren y, en principio, no hay ninguna razón particular por la que ir. Intentar no sólo llegar, sino además encontrar las cosas que pretendía ver sin hablar chino, se antojaba una tarea bastante complicada. Las probabilidades de que todo saliese bien aumentaron exponencialmente cuando, estando aun con Ainhoa y Rita en Lüshunkou, me ayudaron (¡muchas gracias otra vez!) escribiendo en un par de hojas todas las frases que potencialmente podía necesitar durante la aventura, para así solo tener que enseñarlas. Ya en Harbin, tuve un fascinante momento tecnológico cuando la chica de recepción y el botones del hotel (que no hablaban ni una palabra de inglés) fueron capaces de darme instrucciones precisas y aclararme la mayoría de mis dudas usando una aplicación traductora de su teléfono que funcionaba sorprendentemente bien.

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El papel mágico para llegar a Fangzhen

El sábado 11 de junio me levanté temprano, me subí en el autobús de línea número 6 y me bajé al llegar a la última parada: una estación de autobuses de rutas regionales al este de la ciudad. En la ventanilla enseñé mi papel mágico con el dedo apuntando a “Fangzhen”, la cajera me dio un billete para un autobús que salía media hora más tarde (53 yuanes) y me dio a entender que me sentara donde me pudiera ver para avisarme cuando tocase subir. En el autobús (bastante nuevo y limpio) era el único occidental (enorme sorpresa) y el resto de pasajeros me miraban con curiosidad, sonriéndome y saludándome con una leve inclinación de cabeza. Al poco de salir nos metimos en la autopista y me llamó la atención que la garita del peaje tenia la fachada de edificio clásico ruso, coronada por la típica cúpula ortodoxa: Harbin siempre tiene presente sus orígenes. El viaje, sin incidentes, duró unas dos horas y media por una autopista en muy buen estado y se me pasó volando.

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Fangzhen se convirtió en la tela de araña donde se iban quedando atrapados los colonos japoneses de la zona que iban llegando desde que se supo de la invasión soviética. Una vez allí descubrían que su ruta de huida acababa en el rio Songhua y que el ansiado barco que les llevaría de vuelta a casa no iba a aparecer. La cada vez más inminente llegada del Ejército Rojo y lo incierto de su futuro hizo que cientos de mujeres japonesas, desesperadas, se suicidasen lanzándose al rio y desapareciendo arrastradas por la corriente. Algunas lo hicieron llevándose consigo a sus hijos, otras muchas dejaron a sus bebés en la orilla con la esperanza de que familias chinas de la zona se los quedasen. En el campo y tras tantos años de guerras, los hijos siempre eran bienvenidos en las familias y parejas campesinas locales, mientras que era mucho más difícil que aceptasen quedarse también con la madre, con lo que éstas decidieron sacrificarse para que sus hijos tuviesen una oportunidad de sobrevivir.

En el invierno de 1945-46 miles de mujeres y niños japoneses murieron en Fangzhen de frio, hambre y enfermedades, hacinadas en el campo de refugiados en condiciones durísimas. Muchas de ellas fueron obligadas a acostarse con los soldados soviéticos, por lo que prefirieron casarse con campesinos chinos para huir de allí. Los colonos sufrieron desproporcionalmente los efectos del colapso de Manchukuo. Aunque apenas representaban el 20% de todos los japoneses viviendo en el estado títere en 1945, supusieron la mitad de las muertes totales japonesas que se produjeron en Manchuria durante la campaña y el año siguiente a la derrota. Al cabo de un año empezaron las repatriaciones de los supervivientes, pero en el caos de la derrota y la guerra civil china hubo muchísimos miles que andaban desperdigados por los confines de Manchuria y que no pudieron volver hasta 1953. Incluso después de esta segunda repatriación aún quedaron unas 30.000 japonesas y sus hijos, que por diferentes motivos no volvieron a Japón hasta mediados de la década de los 70 o incluso más tarde. Recibieron el nombre de zanryu-hojin, “los que se quedaron abandonados”, y Suzuko fue uno de ellos. Tras sobrevivir al invierno de milagro, decidió volver a Dabalang justo antes de la primavera de 1946 y se quedó allí a vivir hasta que volvió a Japón en 1982.

En 1963 una de las mujeres japonesas que se había quedado en Fangzhen se topó con huesos humanos mientras trabajaba en el campo con el arado. Era una gigantesca fosa común con los cuerpos de unos 4.500 colonos japoneses que habían muerto al final de la Segunda Guerra Mundial.  Los restos fueron exhumados, incinerados y se erigió un monumento en su memoria, ya que como dijo el premier chino Zhou Enlai “los colonos también fueron victimas del imperialismo japonés”. En los 80 se construyó un cementerio que también sirviese de memorial en el que se depositaron las cenizas que se habían encontrado de japoneses que perecieron en el noreste de China. Éste, llamado utópicamente “Cementerio de la Amistad Chino-Japonesa”, es un lugar único en todo el país por razones obvias y fue la principal razón que me llevó a Fangzhen.

Al llegar a la estación de autobuses de Fangzhen apareció el primer contratiempo: estaba situada a las afueras de la ciudad y alrededor no había prácticamente nada, con lo que me dejaba desde el principio a merced de los taxistas, que vinieron hacia mí como moscas a la miel. Volví a sacar el papel mágico y señalé “Zhongri youhao yuanlin”, el nombre en chino del cementerio. Uno de los taxistas me metió en el asiento trasero para negociar y quedamos en 50 yuanes por llevarme, esperar un rato y traerme de vuelta. Le hice una foto a la estación por si el taxista se piraba (aunque pensaba pagarle a la vuelta) poder pedirle a alguien que me llevase de vuelta.

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La estación de autobuses de Fangzhen

El cementerio está en una zona rural arbolada lejos del centro urbano, a unos pocos kilómetros de la estación de autobuses. Según nos acercábamos por estrechas carreteras secundarias empezó a llover con fuerza. Al llegar me encontré con que la puerta de acceso al cementerio estaba cerrada con una gruesa cadena. Había un señor limpiando el acceso por fuera y le hice gestos a ver si podía abrirme la puerta, pero dijo que no con la cabeza, me dio una breve explicación en chino y siguió a lo suyo. Bastante decepcionado, me puse a rodear el perímetro del cementerio bajo la lluvia ya que al ser pequeño se puede ver prácticamente todo desde fuera. Estando en el lado opuesto a la entrada y con las zapatillas metidas hasta los tobillos en el barro decidí que ya que había ido hasta allí para verlo que menos que jugármela: salté la alambrada de espino de poco más de un metro de alto y me colé dentro.

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La entrada al cementerio

El interior es más bien sencillo y sin florituras, muy acorde con el entorno y lo que conmemora. Hay una docena de estelas, monolitos y urnas de varios tamaños y formas y no todo ellos se referían a los colonos. Uno grande y rectangular tiene una lista de padres y madres chinas que habían adoptado huérfanos de guerra japoneses y otro es sobre un agricultor japonés que quiso poner su grano de arena para reparar el daño causado y , tras visitar la zona en 1980, se quedó a vivir aquí  enseñando a los campesinos locales técnicas especiales para plantar arroz. (gracias a Yuan Yao por la traducción)

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Si el cementerio hubiese estado abierto mi idea era haberme quedado un buen rato intentando conectar con el lugar y descifrar su karma, por decirlo de alguna manera. En lugar de eso lo tuve que recorrer apresuradamente mientras tomaba unas pocas fotos y me empapaba. Desde su apertura han tenido problemas ocasionales de vandalismo y no era buena idea que me pillasen dentro sin ser capaz de comunicarme con nadie. Además, en mi papel mágico no venía nada parecido a “¿a quién tengo que sobornar para que me saquen de la cárcel?”.

De vuelta en el taxi pensé que merecía la pena llegar un poco más lejos. En su libro “In Manchuria”, Michael Meyer menciona el nombre actual del sitio donde estaba el muelle en el que los colonos esperaron en vano y donde ocurrieron los suicidios en masa: Yihantongxiang. Sin tenerlo muy claro a pesar de haber confirmado en google maps que estaba junto al rio, se lo mostré al taxista. Asintió con una mirada inequívoca que decía “si tú me pagas, yo te llevo, pero no tengo ni idea de por qué quieres ir a semejante agujero”. Y la verdad es que lo era: un muelle desierto y semi abandonado con  pilares de cemento roídos por el agua, hierros oxidados y barcos destartalados flotando o varados. El rio, amplio y turbio, bajaba perezosamente pero con aire amenazador.  Cuando nos íbamos vi a un par de pescadores ancianos que salían a mirarme con curiosidad. Eché muchísimo de menos a Cris y a Genya. Con ellos allí les hubiésemos preguntado si sabían algo de la oscura historia del lugar.

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El rio Songhua a su paso por Yihantongxiang, el lugar donde las mujeres japonesas se suicidaron en masa

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Una vez vistas las dos cosas que me habían llevado a Fangzhen y aunque apenas llevaba allí hora y pico, tuve la imperiosa necesidad de volver a mi adorado Harbin (la civilización) lo antes posible. En el camino de vuelta el taxista me decía constantemente “no bus”, “no bus” mezclado con parrafadas en chino, pero no le presté demasiada atención pensando que me quería liar para que volviese en taxi. Cuando me acerque a la taquilla el taxista vino detrás mía y puso cara de “te lo dije chaval” cuando la chica repetía “No Harbin” media docena de veces. Tocaba negociar el viaje de vuelta en taxi porque la perspectiva de ir al centro de Fangzhen y buscar hotel me deprimía bastante. Afortunadamente el precio que propusieron era razonable (al menos en términos europeos): 300 yuanes (40€).

Para mi inmensa suerte iba a compartir el taxi con otro pasajero, un japonés que hablaba chino con fluidez y se defendía en inglés. Nakamura-san me contó que vivía y trabajaba desde hacía años en Hong-Kong. Había oído hablar de que el único cementerio con restos de japoneses en toda China estaba en Fangzhen y en un arrebato había decidido hacer un viaje relámpago para verlo. Sus 7 horas de trayecto en cada sentido para estar poco más de 24 horas (llegó el día anterior y se iba ese mismo día) me hizo sentirme mejor respecto a estar allí, aunque fue una autentica pena no haber coincidido al llegar. El también se había colado dentro del cementerio y desde aquí le doy las gracias por prestarme algunas de sus fotos (domo arigato gozaimasu!) y por su ayuda en el viaje de vuelta.

Al pasar con el taxi por el centro de la ciudad a recoger al tercer pasajero (una señora china), pude reconocer algunos carteles en japonés, lo que significa que los descendientes de los colonos han dejado su huella. Cada agosto, durante el festival en el que se limpian las tumbas y se recuerdan a los antepasados, vienen desde Japón familiares de gente enterrada en el cementerio para presentarles sus respetos. El día que yo estuve era el final de unos días de fiesta local y por eso se habían acabado los billetes de vuelta a Harbin y el bus de ida iba tan lleno. El viaje de vuelta se me hizo eterno: el taxista decidió ir por las carreteras secundarias para ahorrarse el peaje, con lo que tardamos cerca de 4 horas entre la lluvia torrencial, el tráfico y los atascos. Tuvimos un par de sustos en plan frenazos in extremis y pensé que, irónicamente, lo mismo acababa enterrado en el cementerio de los japoneses. Al llegar a Harbin me sentí agotado y muy feliz de estar de vuelta, parecía que me había ido varios días y no solo unas horas.

Visto en perspectiva y en cuanto a logros, la visita a Fangzhen fue decepcionante y no tuve demasiada suerte, sobre todo si la comparo con el maravilloso viaje al pasado de Suzuko que fueron los días en Dabalang el año anterior. Por otra parte, fue un sitio muy importante en su vida y al que había que ir aunque en el fondo supiera que no iba a sacar demasiado en claro o aprovecharlo tanto como si hubiese ido acompañado. Ahora me alegro muchísimo de haber ido, y creo que Yoda estaría orgulloso de mi. Fue un punto y final adecuado para mis aventuras buscando el fantasma de Manchukuo y un buen lugar donde terminar mis crónicas manchurianas.

Zàijiàn Manzhōu!

Nuevas Crónicas Manchurianas (1): Dalian

Nuevas Crónicas Manchurianas (2): Lüshunkou / Port Arthur

Nuevas Crónicas Manchurianas (3): Harbin de nuevo

Nuevas Crónicas Manchurianas (4): La UNIT 731

Todos los posts sobre China

 

6 comentarios en “Nuevas Crónicas Manchurianas (y 5): Fangzhen

    • Los colonos japoneses fueron abandonados por el ejercito y el gobierno a su suerte. De hecho fue un tema muy conflictivo en Japon durante decadas por varias cosas que contare en el libro y que no tuvo visibilidad real hasta mediados de los 80.

      Gracias por leer todos los ladrillos que publico sobre el tema 🙂 y este aun mas al ser un destino nada atractivo salvo por su carga historica.

      Un abrazo!

  1. Muy interesante la historia! Me has entretenido mi viaje en bus con la lectura. ¿el libro será una novela? ¿de protagonista la abuela de tu amigo, nos enteramos de su historia y de porqué decidió quedarse?? Que intriga je je je

    • Muchas gracias! No, no es una novela. Es su biografia mezclada con la historia de Manchukuo, y un poco de la de Japon claro. Alli contare su vida desde su nacimiento hasta que vuelve a Japon en los 80, incluyendo lo que vi en mis viajes por alli. Un abrazo

  2. ¿Por qué consideras decepcionante tu viaje a Fangzhen? En mi opinión es una experiencia única y con el paso del tiempo le darás una perspectiva adecuada. Me ha recordado en cierta manera a cuando decidí ir a darme un baño al mar de Aral, un agujero inmundo donde las probabilidades de pillarse una enfermedad son elevadas. Pero me alegro mucho de haber ido, experiencias de este tipo permanecen para siempre.

    Excelente crónica, ya estoy deseando leer el libro.

    • Yo estoy encantado de haber ido y, como dices, fue una experiencia unica. Pero lo considero decepcionante porque podia haber dado muchisimo mas de si. Si hubiese ido con mis amigos o alguien que hablase chino podia haber entrevistado gente, hacer preguntas, investigar mas…pero eso no quita para que fuese algo que realmente queria hacer y que disfrute muchisimo. Gracias por el comentario, un abrazo Floren.

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