Nuevas Crónicas Manchurianas (3): Harbin de nuevo

Harbin

Fechas: del 9 al 12 de junio de 2016.

De todas las ciudades de Manchuria/Dongbei que vi el año pasado, Harbin fue la que más me sorprendió y la más bonita con diferencia. Yo ya la conocía por su mundialmente famoso festival de hielo que todos los años atrae a miles de turistas en pleno invierno, pero no me esperaba la magnitud y belleza de su esplendorosa herencia rusa. Los muchos edificios art-nouveau y art-déco de la calle Zhongyang (magníficamente conservados/restaurados) y la catedral ortodoxa de Santa Sofía (ahora un museo con cientos de deliciosas fotografías antiguas) justifican de sobra una visita a la ciudad en primavera o verano, que aquí en invierno hace un frio legendario. De todas maneras todo eso ya lo conté en detalle en este post de las primeras Crónicas Manchurianas y ahora toca centrarse en las cosas nuevas que vi este año en mi segunda visita a la ciudad.

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La catedral ortodoxa de Santa Sofia

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El interior de la catedral

Harbin me había dejado dos espinas clavadas, una grande y una pequeña. La pequeña fue el no haber podido dormir en el antiguo hotel Yamato, hoy llamado Longmen Dasha. Resulta que hay otro hotel justo al lado con un nombre muy parecido (Longmen a secas) y reservé allí por error el año pasado. El otro Longmen es nuevo, no tiene relación ninguna con los Yamato y es totalmente insípido. Al hacer la reserva y ver el precio, mucho más elevado, ya me quedó claro que esta vez no me había equivocado e iba a dormir en el auténtico. El viaje en tren de alta velocidad desde Dalian duró 4 horas y media y me dejó en Harbin West, bastante lejos de la ciudad y aún sin metro (sigue en construcción). Pregunté en información si había autobús hasta el centro y me llevaron a una minivan (10 yuanes) en la que tuve que esperar un rato hasta que se llenase antes de poder salir. Una vez llegué a las inmediaciones de la estación central de trenes en el corazón de la ciudad, todo era terra conocida y me sentí como en casa. La espina grande fue el no poder visitar la UNIT 731, pero eso lo voy a contar en el siguiente post.

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El puente Songpu sobre el rio Songhua visto desde el paseo fluvial de Harbin

Si el Yamato de Dalian es una abrumadora mole neoclásica y los de Shenyang y Changchung edificios con un punto de excentricidad modernista, el de Harbin transmite clase pura. A primera vista es un edificio discreto de dos plantas y en forma de V con una fachada poco llamativa  en comparación con los otros, pero cuando pasas por su elegante puerta giratoria te trasladas 100 años atrás, a la Manchuria fronteriza y bastarda de la primera mitad del siglo XX. Construido en 1901 cuando los rusos estaban transformando Harbin de una aldea de pescadores en una gran metrópoli (el San Petesburgo de oriente), los japoneses lo ampliaron y redecoraron en 1936, dándole el aspecto actual. El interior apenas ha cambiado desde entonces, conservando la decoración, muebles, vidrieras, mármol, maderas nobles y alfombras de la época. Los salones mantienen la elegancia de antaño, con sus enormes lámparas de araña y el artesonado del techo. Las habitaciones me parecieron más lujosas y mejor conservadas que las de los otros Yamato. Las suites tienen placas mencionando los ilustres huéspedes que las ocuparon en sus años dorados como Pujie, el hermano de Puyi el último emperador de China, o Zhan Xuelian, el caudillo que era el señor de Manchuria. El desayuno fue también a juego: un enorme buffet de comida asiática de al menos 20 platos diferentes, el mejor que he tomado en mis 4 viajes a China.

Yamato Harbin

El Yamato en los 30

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Todos los días que estuve en Harbin fui a pasear a la calle Zhongyang, centro neurálgico del turismo local y siempre ambientadísima. En ella está un famoso restaurante de dumplings que ya había probado el año pasado y del que me hice asiduo: DongFang JiaoZi Wang (El Reino de los Dumplings Orientales). Estando comiendo allí mi último día en la ciudad, cuando me encaminé hacia la puerta para irme se me acercó una de las camareras (que ya me conocían) y me hizo señas ostensibles para que no saliese. “Hay que ver que aprecio me han cogido en apenas unos días, no quieren que me vaya”, pensé henchido de orgullo. Al subir las escaleras y llegar a la puerta me encontré con que estaba cayendo una furiosa tormenta veraniega. La calle estaba completamente inundada con más de una cuarta de agua, de ahí que la camarera me hubiese advertido de que no era buen momento para ir a pasear. Tras esperar media hora, una vez hubo amainado la lluvia pero con la calle aun convertida en un rio, decidí quitarme los zapatos y los calcetines, pedirle fervorosamente a Mao que ninguno de sus súbditos hubiese roto una botella y me fui andado descalzo hasta llegar a una zona menos encharcada y poder calzarme. Por cierto, la Harbin 1900 es la mejor cerveza (de largo) que he probado en China (la Harbin normal o la Snow, muy populares, son aguachirri).

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En canoa por la calle Zhongyang

Esa misma noche entré en el McDonalds a por mi ración diaria de helado de té de menta y oreo y escuché a dos chicas sentadas en una mesa hablando español. Me auto invité a sentarme y mi sorpresa fue mayúscula el decirme una de ellas (Ana) que era de Huelva, mi tierra natal, y la otra (Nuria) de Galicia, el otro lugar que me ha marcado. Si me las hubiese encontrado el año pasado probablemente les hubiese roto las costillas de un abrazo porque cuando llegué a Harbin llevaba ya casi una semana sin hablar con nadie. Ambas trabajaban de profesoras de español en una universidad de Harbin y nos estuvimos contando las razones que nos habían hecho encontrarnos en Manchuria mientras dábamos un paseo. Desde aquí les mando un saludo y les agradezco que me acogiesen durante un rato, imperdonable el no haberme acordado de hacernos una foto juntos.

Mi última tarde en Harbin me animé a cruzar el imponente rio Songhua para ir Sun Island. Situada justo enfrente del paseo fluvial del centro de la ciudad, alberga un enorme parque con diversas atracciones y zonas recreativas. El barco público se coge junto al Monumento al Control de las Inundaciones (al final de la calle Zhongyang) y cuesta apenas 2 yuanes (aunque te intentan vender primero tickets de 10 yuanes para barcos privados). La travesía apenas dura 5-10 minutos y nada más bajarte en la otra orilla te sorprende lo que en la China actual es un lujo: silencio total por la (casi) ausencia de tráfico. El parque está muy cuidado y con muchas indicaciones en inglés. Entre la abundante vegetación se pueden ver bonitas dachas rusas de veraneo del primer tercio del siglo XX, así como un elegante teatro ahora abandonado aunque aún en buen estado. También hay los habituales monumentos a la agresión japonesa al noreste de China y a los esforzados miembros de la resistencia comunista. La verdad es que el paseo me encantó. Tuve una especie de éxtasis de relajación total y paz absoluta, y fui consciente (por si no me había quedado claro ya) de lo tremendamente ruidosas que son las urbes chinas. Se tarda un buen rato en circunvalar la isla y es un sitio perfecto para alquilar una bicicleta.

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Dacha rusa abandonada en Sun Island

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El teatro ruso de Sun Island

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Monumento a los resistentes manchurianos (comunistas por supuesto) contra la agresión japonesa

Tan extasiado estaba que se me pasó la hora del ultimo barco de vuelta (18:30 más o menos) y tuve que volver en el teleférico que cruza el rio. Sale (y llega) de/a una réplica kitsch de un castillo alemán y cuesta 50 yuanes. Las cabinas van muy altas y las vistas son impresionantes, pero si tienes tanto vértigo como yo te pasas todo el tiempo (y tarda sus buenos 15 minutos en cruzar) deseando que aquello no se pare o que no vengan ráfagas de viento.

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Cruzando el Songhua en teleférico

Llegué sano y salvo a la otra orilla y me despedí de mi amada Harbin en el mencionado Monumento al Control de las Inundaciones viendo un espectáculo de chorros de agua y luces al son de una empalagosa canción patriótica de la que solo entendía las cienes de veces que repetían Zhōngguó! Zhōngguó! (¡China! ¡China!). Curiosamente, antes de meterme en el metro, lo último que escuché por la megafonía fue un clásico pasodoble torero, aunque no creo que nadie lo identificase con España. So long Harbin, fue maravilloso verte de nuevo pero creo que esta será la última vez.

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So long, Harbin, un placer

Nuevas Crónicas Manchurianas (1): Dalian

Nuevas Crónicas Manchurianas (2): Lüshunkou / Port Arthur

Nuevas Crónicas Manchurianas (4): La UNIT 731

Nuevas Crónicas Manchurianas (y 5): Fangzhen

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4 comentarios en “Nuevas Crónicas Manchurianas (3): Harbin de nuevo

      • Las escenas en el palacio de Puyi en Changchun durante la epoca de Manchukuo tambien. Esas fueron las que mas me emocionaron cuando la vi de nuevo al volver del viaje. La vida de Puyi es muy interesante. Tambien se puede visitar su villa en Tienstsin

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