Crónicas Manchurianas (2): De Londres a Shenyang, ¿Cómo se va uno a Manchuria?

Viernes 12 y sábado 13 de junio de 2015

En el vuelo de Londres a Beijing

Bueno, pues ya ha llegado el día. Del cuarto en un rincón oscuro, pero de su dueño no olvidada, yacía mi vieja mochila. Cuando le he dicho que esta vez sí que se venía y que no la iba a dejar en casa, he notado como se emocionaba. Llevamos viajando juntos desde 1998 y ha sido mi más fiel compañera en más de 50 países, me alegra mucho estar juntos on the road otra vez. Sakura (su némesis) estaba bastante menos entusiasmada con eso de que su padre se fuese sin ella, así que tuve que convencerla (sobornarla más bien) con un Chupa-Chups para que se hiciese unas fotos de despedida conmigo. Este es mi primer viaje sin mi hija desde que nació y se me hace muy raro. Ha llorado un poco cuando me he ido, pero parece que el caramelo-con-palo ha hecho milagros y se ha calmado enseguida.
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El trayecto en metro ha sido inesperadamente musical. En la estación de Osterley se ha subido un señor ya mayorcete de tupida melena plateada, buena planta y con una guitarra al cuello. Ha empezado a tocar clásicos de Johnny Cash con muchas tablas y aún más gracia. Entre canción y canción mostraba indudables dotes para la comedia (“acabo de volver de una gira muy exitosa por la District Line. Todo vendido. Pero prefiero al público entusiasta de la Picadilly Line, sois los mejores”, “os puedo asegurar que no hay más pedigüeños de aquí hasta el final de la línea, así que podéis  darme a mi todo lo que llevéis suelto sin preocuparos”, “si no tenéis dinero suelto acepto tarjetas de crédito, o cheques de viaje, o euros, yenes, dólares (así hasta como 20 divisas)”. Se ha bajado en Hounslow West entre aplausos de la gente y con un buen y merecido botín.

¿Quieres disfrutar volando? Ni Business Class ni leches; pégate 3 años de avión en avión con un niño pequeño y luego prueba a montarte solo. Una maravilla. Una gozada.  El paraíso. Y aun mejor porque me han dado un upgrade a Word Traveller  Plus de jratis. ¿Cómo que el vuelo solo dura 10 horas? ¡Quiero más! Para rematarlo, me he puesto a ver el cuarto partido de la final de la NBA que había descargado por la mañana. Como un señor entre cerveza y cerveza. Era el tío más feliz de todo el 747, y eso que iba lleno.

Una vez acabado el partido, tuve la suerte de ver “American Sniper” y darme cuenta lo mucho que me ha maltratado la vida al no dejarme ser un gran patriota americano nacido en Texas, el estado supremo del ser humano según Clint Eastwood. Padrazo, marido perfecto, AMIGO con mayúsculas y terror de moros malosos y salvajes que osan enfrentarse a los yankees en lugar de recibir a Mr Marshall cantando. Una pena lo que sufría el chaval porque se había dejado una docena de iraquíes por matar. No se puede tener todo.

Esperando en el aeropuerto de Beijing

El vuelo en general ha sido impecable. Apenas se ha movido y hemos llegado con puntualidad inglesa (9:29 AM). No he dormido más que un par de horas, así que toca apretar los dientes para aguantar y acostarme a una hora razonable para ir matando el jetlag. La nueva terminal del aeropuerto de Beijing, construida para los Juegos Olímpicos de 2008 (estuve en 2007 y no la conocía), me pareció apabullante. De grande, de moderna y de bonita. El trámite de entrada en el país, recogida de maletas y facturar para el vuelo domestico fue muy rápido y eficiente. Conocí en la cola a dos chicas españolas muy agradables que venían a pasar 10 días a la capital a visitar a un primo suyo que vive aquí. Me alegré de hablar un poco de español antes de tirar hacia el noreste yo solo. También fue enternecedor ir al baño y ver caras conocidas

Mi amigo Toto

Mi amigo Toto

Desde el hotel Liaoning en Shenyang

Todo lo que tuvo de bueno el primer vuelo lo ha tenido de malo el Beijing-Shenyang. Hemos salido hora y media tarde, incluyendo 40 minutos de espera ya dentro del avión (un Boeing 737-800 de Air China muy nuevo y casi lleno). Nada más despegar han anunciado turbulencias fuertes durante todo el trayecto y que no íbamos a poder quitarnos los cinturones. Justo lo que quieres oír cuando has esperado hasta el último momento para decidirte si ibas en tren o en avión. Al final no ha sido para tanto, pero han repetido el anuncio cada 15 minutos y no había manera de relajarse. El vuelo, que era de una hora, ha tardado 20 minutos más por el rodeo que hemos dado para no comernos lo peor de las turbulencias.

El aeropuerto de Shenyang tenía todos los paneles en inglés y chino. Recoger la maleta y encontrar el autobús que lleva al centro (15.5 yuanes, unos 45 minutos) ha sido fácil y muy rápido. La autopista que une la ciudad y el aeropuerto es nueva y está muy cuidada, con parterres cargados de flores y setos a cada lado. Durante los preparativos del viaje solía repetir en broma que, en China, un pueblo de mala muerte tiene medio millón de habitantes, y una ciudad que casi ni sale en el mapa, 2 millones. Pues de exageración, nada. Shenyang es una ciudad enorme (más de 6 minolles de chinos oiga) que supera a prácticamente todas las capitales europeas.

A medida que te vas acercando al centro se ven grupos de edificios de viviendas altísimos formando colmenas, cada una de un color, casi siempre en tonos ocres. Muchos son nuevos y también muchos están en construcción. Hay miles y miles de grúas, grúas por todas partes. La sensación es de prosperidad acelerada, Shengyan podría ser un buen ejemplo del turbodesarrollismo chino. Ya metidos en la ciudad (que es aún más grande de lo que pensaba) aparecen centros comerciales gigantescos y con aspecto de ser bastante recientes. Puedes ver todas las cadenas de comida, ropa y electrónica habituales en occidente. Pero no sólo tienen las cosas al alcance del populacho occidental, también las del supuesto 1%: concesionarios de Maseratti, Rolls Royce, Bentley, Ferrari…

Aparte de un skyline impresionante, me sorprende ver mucha arquitectura vanguardista, con edificios de aspecto futurista y rompedor, incluyendo uno que podría ser el Madison Dodecaedro Garden en la siguiente temporada de Futurama. Me fijo que los paneles de las autopistas también están en inglés. Podría uno pensar, por las fachadas y los edificios de la parte más moderna, que está en Japón, aunque al bajarte del autobús el hechizo se rompe inmediatamente (esos olores, esa suciedad). Viendo todo esto se me pasan un par de cosas por la cabeza: si Mao se pudiera dar un paseo por la actual Shenyang se sentiría mucho más extraño y extranjero que yo, aparte de preguntarse quién había ganado la guerra. Y si la viesen los japoneses de los 30, se sorprenderían de que el progreso no les necesitaba a ellos para llegar a esta zona, aunque quizás tardase un poco más.

Al bajarme del autobús y ponerme a buscar el hotel, llega el momento más complicado. Cuesta situarse en el mapa, sobre todo porque el autobús no me ha dejado en la estación de tren, sino a 15 minutos andando, y me pierdo un par de veces. Menos mal que los nombres de las calles están traducidos, porque nadie de los que me intentan ayudar (incluso entrando en otros hoteles) habla ni una palabra de inglés. Después de una hora dando vueltas doy con la calle y llego al hotel Liaoning. De todas formas, que difícil es buscar sitios concretos en las mega urbes asiáticas.

Los hoteles en los que me voy a quedar son parte intrínseca del viaje. Lo más preciado que Japón tenía en Manchuria (aun antes de que lo convirtiesen en Manchukuo) era el tren. La South Manchurian Railway (Mantetsu para los japoneses) era la mayor y más rentable compañía en todo el país. Como parte de ella construyeron una cadena de hoteles en las principales ciudades por las que pasaba el tren, los Yamato. Los hoteles Yamato aún existen, con nombres diferentes pero manteniendo el edificio construido por los japoneses, y son los que he elegido para quedarme. El de Shenyang se llama Liaoning, y es de un estilo difícil de clasificar, con aire art-noveau pero más excéntrico. A este estilo que los arquitectos y planificadores japoneses desarrollaron en Manchukuo, lo llamaron Rising Asia. La fachada del hotel está un poco afeada por la publicidad (Coors Light, nada menos) y unas gigantescas antenas parabólicas, pero en esencia se mantiene igual que en las viejas fotos en blanco y negro. El interior del hotel ha cambiado poco, con techos artesonados, lámparas tipo candelabro y mármol de varios colores. Todo un acierto.

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El hotel Liaoning de día

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Y el hotel Liaoning de noche

El hotel da a la interesante Plaza Zhongshan, famosa por tener en el centro la que fue (pero ya no es) la mayor estatua dedicada a Mao en toda China (y en el mundo, claro). Construida en plena Revolución Cultural y con el culto al Gran Timonel en su máximo apogeo, podría competir con cualquiera de la antigua Unión Soviética por el “monumento más comunista posible”. Su nombre oficial no le va a la zaga: “Larga vida a la victoria del pensamiento de Mao Zedong”. Desde un púlpito formado por enfebrecidos proletarios, un sonriente Mao parece dirigir el (caótico-suicida) tráfico de la plaza.

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La cena fue una muestra de lo que probablemente me espere durante el resto del viaje. Sin alejarme demasiado del hotel, me dirigí a una calle llena de restaurantes. Nadie hablaba ni una palabra de inglés. Hasta el quinto o sexto no entendieron “menu english?”, y en ese me metí. Traía fotos y el nombre del plato traducido, lo que me llegó para pedir “alitas de pollo al estilo de las lágrimas de la segunda concubina” (cubiertas con salsa de miel, hacían justicia a tan maravilloso nombre) y unos dumplings. Para pedir una cerveza, tuve que enseñarles las que tomaban en otra mesa. El precio de un banquete que no puede terminar fue de 86 yuanes (unos 11 euros).

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Las lágrimas de la segunda concubina, poesia en la cocina

Al volver ya de noche por la plaza, encontré un ambientazo inesperado. Aparte de familias paseando, había varios grupos de gente bailando. El más llamativo era uno de señoras mayores todas vestidas igual y haciendo coreografías. Otros hacían taichí a mil por hora al ritmo de algo que sonaba como bakalao. Salvando todas las distancias y, por supuesto, en escala y estilo completamente diferente, me recordó a la plaza Jema el Fnaa de Marrakech. Me senté un rato a disfrutarlo y, todo el que estaba por allí que sabía decir una simple palabra en inglés vino a saludarme (“welcome to China”, “welcome to Shenyang”, “enjoy China”). Lamentablemente no sabían decir nada más que eso y no me entendían dijese lo que dijese, pero fue una experiencia estupenda. A las 9 era incapaz de mantener los ojos abiertos y me quedé frito tras comprobar que el internet del hotel no sólo iba a pedales sino que estaba totalmente capado (no Google, no FB, no Gmail). Temo por las Crónicas Manchurianas.

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Crónicas Manchurianas (0): Prólogo al Proyecto Manchukuo

Crónicas Manchurianas (1): preparativos e itinerario del viaje

Crónicas Manchurianas (3): De Mukden a Shenyang

Crónicas Manchurianas (4): Un día con el último (o el primer) emperador

Crónicas Manchurianas (5): A la caza de edificios en Changchun y Harbin

Cronicas Manchurianas (6): La experiencia Dabalang

Crónicas Manchurianas (y 7): Epilogo. 8 cosas que aprendí viajando por el norte de China

9 comentarios en “Crónicas Manchurianas (2): De Londres a Shenyang, ¿Cómo se va uno a Manchuria?

  1. Bueno que bien ya estamos on the road!!! A destacar que ya sabes que soy muy de pequeños lujos: me ha picado el upgrade…a mi nunca me lo hacen 😦 Esas lagrimas de concubina con miel tienen que estar de rechupete y como me flipa el ambiente que has encontrado en el pequeño pueblo 😉 Saludos y esperando el resto de las crónicas!!

  2. Cómo estoy disfrutando de tus crónicas, Nacho!! La primera impresión es que te sientes como Paco Martínez Soria en “La ciudad no es para mi” 😛 Y cómo lían estos chinos, eh??!! Sigue disfrutando de tu viaje y seguiré tus crónicas en la medida de lo posible! Un abrazo!

  3. Gracias a todos/as por los comentarios! Perdonad que no dé respuestas individuales, pero internet wn China es un infierno, con todo capado y escribiendo y publicando posts desde la app de la tableta…
    Abrazos!! Y mañana…más…

  4. Muy buena historia! Estuve estudiando y trabajando en Dongbei durante los dos ultimos anyos hasta hace escasos meses (6 meses en Changchun y el resto en Shenyang, aunque tambien viaje a Dalian, Harbin…) y tu articulo me ha traido gratos recuerdos. Dongbei es una zona dura, de clima extremo en invierno, sacudida por la contaminacion pero con unas ciudades y unas gentes que abren su corazon. Todavia tengo muy buenos amigos alla. Cierto es que si no hablas chino es dificil vivir y moverse alli (yo por suerte me defiendo bastante bien). Enhorabuena por los articulos!!!

    • Gracias Jorge!
      La verdad es que hubiese estado muy bien vernos allí y que me hicieses de guía 🙂
      Como ya he comentado, mi chino es inexistente y a veces eso hacia las cosas muy difíciles, aunque por otra parte aumentaba el nivel de aventura.
      La gente de la familia de Genya que conocí en Dongbei me trataron como a uno más de la familia, no me sorprende que hayas dejado amigos allí.
      Muchas gracias por todos los comentarios que has dejado. Las Crónicas Manchurianas reciben pocas visitas y me ha hecho mucha ilusión que te hayan gustado.
      Saludos!

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