Crónicas de Yasuoka (I)

Sexto y tercero. O tercero y sexto. Mi tercer viaje de investigación para el Proyecto Manchukuo iba a ser también mi sexto viaje a Japón, destino que no visitaba desde 2014. El objetivo principal del que probablemente sea mi último viaje relacionado con el libro era ir a Yasuoka, pueblo natal de Suzuko. El plan allí consistía en entrevistar a la parte japonesa de su familia, visitar el museo de los colonos de Manchukuo y participar en el encuentro anual de supervivientes, aparte de conocer el pueblo en sí. Antes de ir a Yasuoka iba a tener unos cuantos días en Tokyo para visitar la tumba de Suzuko (fallecida a los 96 años el pasado mes de febrero) y de paso ver amigos/as y hacer algo de turismo “normal”. Un viaje tan variado como interesante. Tocaba cerrar el círculo.

Salí de Heathrow el 26 de mayo a media mañana en un Boeing 777 de British Airways con destino Tokyo Haneda. En un avión lleno de japonesas se me sentó al lado un tío de Iraq, para que luego digáis que no tengo suerte. El señor, que para ser justos era muy agradable, iba por primera vez a Japón y estaba bastante perdido. Al darse cuenta que yo era veterano me preguntó bastantes cosas, a lo que se le unió un chico british, también novato, que iba en el asiento contiguo. Tras un buen rato resolviendo dudas y dando consejos, me preguntaron la razón de mi nuevo viaje y les conté por encima (si, por encima, lo prometo) lo del libro, mostrándose ambos educadamente interesados pero sin propensión a profundizar. Un rato después vino a verme una azafata y me dijo algo así: “Hola señor Enepi, ¿qué tal se encuentra usted hoy? Perdone que no haya venido a saludarle antes, ha sido un vuelo muy ocupado. Quería decirle lo encantadísimos que estamos de tenerle a bordo con nosotros y esperamos que todo esté yendo a su completa satisfacción. Cualquier cosa que necesite por favor no dude en decírmelo. Disfrute del vuelo y es un auténtico placer que vuele con nosotros”.

La razón para el agasajo era que, gracias a un viaje anterior a Buenos Aires con mi empresa, me habían subido a categoría de Bronce en el programa de BA y, por lo que se ve, te suelen dar un saludo personalizado en el siguiente vuelo que haces con ellos. Cuando se fue la azafata mis compañeros de fila me estaban mirando con la boca abierta y el iraquí me dijo: “Entonces, ¿eres un escritor famoso en España?”. Y sí, lo confieso, mea culpa, no me pude contener. Un ataque de vanidad y uno mucho más grande de ganas de cachondeo pudieron conmigo y, con mi mejor cara de póker, respondí: “Bueno, sí, para que negarlo, soy bastante famoso”. Siguieron felicitaciones efusivas, media docena de selfies, miradas de respeto y más preguntas sobre el proyecto; menos mal que ya quedaba poco para aterrizar. Espero que no se me juzgue duramente, que la culpa es de BA que me lo puso a huevo.

Me estaba esperando mi primo Pablo, residente en Tokyo desde hace un par de años y al que me costó reconocer a primera vista al haberse hecho un pelado de 1000 yenes clavado al de Tommy Shelby en Peaky Blinders. Los primeros días aparqué las cosas del libro y estuve aclimatándome, dando paseos por la ciudad (Nakameguro, Shibuya, Ebisu…), de picnic con Pablo y mis amigos/as que viven allí e incluso pasando un fantástico día en Kamakura haciendo el Daibatsu Trail (gracias a Viajar Code: Veronica por los consejos) y viendo el Gran Buda. Pero eso ya lo contaré en algún otro post, porque yo había ido a lo que había ido y tocaba meterse en faena.

Picnic y tomodachis en Tokyo

La faena empezó entrevistando a Sakura, nieta de Suzuko, hermana de Genya y tocaya de mi hija. Nos invitó a cenar a su casa en el barrio de Ichinoe, al este de la ciudad, el mismo donde vive la familia de Genya y vivió Suzuko desde que se mudaron a Tokyo. El punto de vista de Sakura era muy interesante para mí porque su relación con Suzuko había sido bastante tirante durante los años que convivieron. Aunque al principio Sakura estaba un poco insegura sobre qué contar, poco a poco fue encontrándose más cómoda y al final la charla fluyó con naturalidad y muchas risas. Me dio algunos detalles muy interesantes, incluida una anécdota divertidísima sobre su hermano que me guardo para el libro cual Canal Plus codificado. Para el resto de los días que estuve en Tokyo me mudé a la casa de la familia de Genya que, como siempre, se portaron conmigo de maravilla y me acogieron como a uno más. En plan actor del método dormí en la que había sido la habitación de Suzuko, apoyando la cabeza donde lo hacia ella. Desgraciadamente no se me apareció en sueños (algo que en la cultura japonesa es un buen signo ya que los espíritus son protectores, no algo de lo que asustarse), aunque sabiendo todas las preguntas que le hubiese hecho lo mismo no se atrevió. Además, acompañado de Genya y Cris, recorrí las calles del barrio que solía frecuentar cuando llevaba de paseo a su adorado perro Rippu, con mención especial a la zona junto al rio Shinnaka.

El rio Shinnaka a su paso por el barrio de Ichinoe

Antes de dejar Tokyo para irnos a Yasuoka tuve tiempo de hacer una visita relacionada tangencialmente con el libro: Yasukuni. El Santuario Imperial de Yasukuni es muy conocido al ser, probablemente, el lugar más polémico de Japón. Su fama en occidente le viene porque suele salir con cierta frecuencia en las noticias ya que, cada vez que un primer ministro japonés lo visita de manera oficial, China protesta ruidosamente (también de manera oficial) y se producen manifestaciones “espontaneas” en las calles, tensándose de inmediato la situación entre ambos países. ¿Qué tiene Yasukuni que exalta los ánimos de esa manera?

Veamos. Yasukuni fue fundado en 1869 por el emperador Meiji para honrar y conmemorar a aquellos que diesen su vida luchando el Imperio (es decir, por él). El “problema” es que las guerras de conquista llevadas a cabo por Japón en los 30 y 40 (las invasiones de China y Manchuria y todas las que ocurrieron dentro de la Segunda Guerra Mundial) fueron oficialmente a mayor gloria del emperador y en su nombre. Por ello todos los que murieron en esas guerras están enterrados o conmemorados en Yasukuni, incluidos más de 1000 criminales de guerra, 14 de ellos de Clase A, es decir, la crem de la crem del militarismo japonés. Así, Yasukuni se ha convertido en el principal lugar de peregrinaje para los nostálgicos de la era imperial y donde la ultraderecha celebra mítines y eventos.

Los últimos meses de su vida, Suzuko desarrolló demencia senil, lo que le hacía tener episodios de regresión a su juventud. De un día para otro empezó a cantar canciones patrióticas de los 30, especialmente una que hablaba sobre Yasukuni. Cris y Genya la llevaron de visita porque dijo que le haría ilusión, y me pareció una buena excusa para visitarlo yo también, algo que había tenido en mente desde que empecé con el libro.

Me bajé en la estación de metro de Kudanshita y tras caminar 5 minutos llegué al enorme torii metálico que marca la entrada al santuario. El sol caía a plomo sobre la extensa explanada flanqueada por árboles y linternas de piedra que conduce a la estatua de Ōmura Masujirō, “padre” del Ejército Imperial Japonés. Alrededor de ella es donde se celebran los actos “patrióticos”, profusamente adornados con banderas imperiales del sol naciente. Pasando un segundo torii y una majestuosa puerta de madera de ciprés adornada con un par de crisantemos imperiales, se llega al Haiden, el hall principal donde se reza. Al pasar por delante los visitantes inclinaban la cabeza con respeto y luego muchos de ellos echaban monedas y juntaban las palmas mientras decían oraciones. Justo detrás está el Honden, el edificio sagrado, cerrado al público general, que contiene los nombres y datos personales de los 2,466,532 hombres, mujeres y niños caídos por el emperador.

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El detalle en el que se notaba que no era un santuario cualquiera eran unos carteles (en japonés e inglés) que explicaban que no se podía hacer preguntas a la gente que estaba rezando y que, para poder pasar a rezar en las salas interiores del recinto, tenías que pedir autorización y cita previa. Es decir, protegido dentro de lo posible contra periodistas y curiosos, no vayan a hacer preguntas impertinentes. El complejo es muy amplio y contiene una veintena de edificios, incluido un museo militar con un Zero restaurado en el atrio de entrada que se puede ver sin pagar. Junto a la entrada del museo hay una serie de estatuas y memoriales que honran desde a los kamikazes hasta al único juez que no condenó a los acusados en los juicios celebrados tras la guerra. Aunque el complejo en sí no me pareció nada del otro mundo a nivel arquitectónico, había muy poca gente y la visita fue tranquila y agradable. Quizás lo más bonito es un encantador jardín japonés (faltaría más) situado en la parte más alejada de la entrada.

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Al salir redondeé el día visitando un museo cercano llamado Showa kan, que muestra cómo era la vida cotidiana en Japón desde 1935 a 1955, es decir, bajo el auge militarista, el periodo de guerra y la posguerra/ocupación norteamericana. Ocupaba las plantas quinta y sexta de un edificio y estaban expuestos todo tipo de utensilios del hogar, muchas fotografías, material escolar y militar y hasta te podias meter en un micro refugio antiaéreo en el que sonaban las sirenas. La exposición no era demasiado grande y no había demasiada información en inglés, pero a mí me resultó muy interesante ver muchas de las cosas sobre las que llevo leyendo desde hace bastante tiempo.

Probablemente, el momento más emocionante de los días que pasé en Tokyo fue la visita a la tumba de Suzuko. Está enterrada en un pequeño y agradable cementerio en el barrio de Ichinoe, a poca distancia de la casa de la familia de Genya. La tumba tiene un monolito de mármol gris oscuro con el nombre de la familia (Sugaguchi) y en un lateral una lápida con el nombre de Suzuko. Lo primero que hicimos fue lavar la tumba con cuidado, echando agua con un cazo parecido al que hay en la entrada de templos y santuarios. Le pusimos flores frescas, una botellita de té y, tras presentarle mis respetos, quemé una barritas de incienso en su honor, prometiéndole que haría todo lo posible por escribir un buen libro. Ahora sí, era hora de ir a Yasuoka, uno de los puntos cardinales del libro junto con Manchuria. Pero eso lo cuento en el siguiente post. No se vayan todavía, aún hay más.

La tumba de Suzuko

Presentándole mis respetos

Sigue en Crónicas de Yasuoka (y II)

Todos los posts sobre el Proyecto Manchukuo

Todos los posts sobre  Japón

3 comentarios en “Crónicas de Yasuoka (I)

  1. Muchas gracias por la mención! Me alegra que disfrutaras del Daibutsu trail 😉
    Y que emotiva tuvo que ser la visita al cementerio. Seguro que lograrás tu objetivo y será un libro muy bueno. Ya sabes que tienes en mi una de tus primeras lectoras!

    P.d: panzada a reír con lo de BA xD pa verles la cara…

    • Gracias a ti por la ayuda, util y precisa como siempre! 🙂

      Espero que el libro salga bien, al menos lo estoy disfrutando enormemente, que es de lo que se trata.

      Lo de BA me daba un poco de verguenza tanto haberlo hecho como contarlo, pero la verdad es que me rei un monton 🙂

      un abrazo!

  2. Eres un narrador nato. Toda la historia se lee de un tirón, aderezada con alguna que otra batallita pero siempre yendo al grano en lo primordial. Y dejas un cierto aire de misterio para la siguiente entrega, como tiene que ser.

    El libro promete, ya lo sabes.

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