Holanda: Oda a Utrecht

Hay ciudades que pasan a ser una referencia en tu vida por elección, mientras que otras lo hacen por una mezcla de destino y casualidad. En mi caso Roma o Londres entrarían en la primera categoría y Utrecht o Nara en la segunda. En Utrecht (pronunciado utrejjjjjjjjjt) pasé unos meses gracias a mi primer trabajo en verano de 2001 y se ganó instantáneamente y para siempre un lugar en mi corazón. Habitualmente olvidada por los turistas y rara vez en los puestos de honor de las listas de lo mejor de Holanda, tras recorrer la mayor parte del país yo pondría a Utrecht solo por detrás de Ámsterdam en mi lista personal. ¿Será el corazón el que habla? Acabo de volver hace apenas unos días (abril de 2015) de un viaje en plan remember y me ratifico en lo dicho. Es hora de presentarle mis respetos y escribir un post que debería llevar publicado mucho tiempo.

¿Pesadilla más recurrente? La de darte cuenta que estás desnudo o en ropa interior delante de una multitud que te está mirando. ¿Y para un viajero? Llegar al aeropuerto y que te digan que no tienes billete. Así empecé mi vida laboral, con un ataque de nervios y sudores fríos mientras la chica de KLM buscaba y buscaba sin encontrar mi billete, reservado semanas atrás por mi futura empresa, CMG WDS.

Había sido víctima de un error muy común que sufrimos los españoles (y latinos), posteriormente repetido hasta la saciedad en mi vida londinense: confundir el primer apellido con el segundo nombre (middle name) y poner el segundo apellido como el primero (y único, family name). Al estar el billete emitido con mi segundo apellido no aparecía por ninguna parte y tuve que comprar uno nuevo sobre la marcha, ya que la hora del despegue se acercaba. Recuerdo que el sablazo fue de 63.000 pesetas de la época, aunque luego la empresa me lo reembolsó sin problema y ellos se entendieron con KLM.

A pesar del atribulado comienzo, los 3 meses siguientes fueron una experiencia inolvidable, incluyendo algunas movidas surrealistas con los vecinos que ya conté ampliamente en este otro post. Aunque las oficinas principales de CMG estaban en un pueblo insípido llamado Nieuwegein, tuvieron la deferencia (y yo la buena suerte) de alquilarme una típica buhardilla holandesa en pleno centro histórico de Utrecht, concretamente en el número 27 de Schoolstraat, junto a Wilhelmina Park. Era un apartamento coqueto y encantador, con un dormitorio y una cocina-salón.

Curiosamente, cada que vez que le comentaba a alguien que me iba unos meses a Utrecht, todo el mundo, sin excepción, me respondía acto seguido: “¡Ah! Donde el Tratado”. Más curioso aún  es que si les preguntaba en que había consistido dicho tratado, prácticamente ninguno acertaba. Aquí puedes comprobar si tu respuesta hubiese sido correcta. Con razón la gente en España se ha querido olvidar del acuerdo alcanzado: no sólo perdimos Gibraltar, Menorca, Nápoles y un montón más de sitios, sino que además nos encasquetaron a los Borbones. Exitazo total, vamos.

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Un paseo por Utrecht

Utrecht es la cuarta ciudad más grande de Holanda, con unos 330.000 habitantes. Hasta el siglo XVI fue la ciudad más importante y poblada del país, momento en el que pasó el testigo a Ámsterdam. Su añeja  universidad es la más grande del país e imprime un carácter joven, dinámico y cultural a la ciudad. Su principal reclamo turístico es el magnífico centro histórico, compacto y surcado por callejuelas empedradas.

La principal arteria del centro, tanto a nivel monumental como de ambiente, es Oudegracht, el Canal Viejo. Tan antiguo como la ciudad, recorre el casco histórico de punta a punta, dividiéndolo en dos mitades casi idénticas de tamaño. A él se asoman muchas de las mejores casas de Utrecht, algunas con varios siglos a sus espaldas, otras más modernas; todas elegantes y cuidadas.  Lo más llamativo de Oudegracht es que tiene dos alturas, con los antiguos muelles siendo ahora terrazas al nivel del rio. Junto a éstas están las bóvedas de ladrillo que servían de almacenes y en las que ahora hay restaurantes, bares y también negocios particulares.

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La construcción que domina Utrecht es su famosa e imponente torre, el Dom Toren. Construida en estilo gótico entre 1321 y 1382, alcanza los 112.5 metros  y es el más alto de todos los campanarios de Holanda. Recomiendo gastarse el dinero en subir; aparte de que las vistas son tremendas (se llega a ver Ámsterdam y Róterdam en un día claro), por dentro es muy bonita. El día que subí venía en el grupo una abuela rusa de 82 años que subió sin pestañear los 465 escalones. Al llegar arriba no solo se llevó una calurosa ovación, sino que le dejaron tocar la campana mayor a golpe de mazo.

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Aparte de ser el símbolo de la ciudad, el Dom es celebrado por las melodías de su carillón. Las más de 50 campanas que lo componen tocan una serenata distinta cada hora del día, también durante la noche. En una de mis posteriores estancias (la empresa me solía mandar un par de semanas cada 6 meses), me dieron una buhardilla pegada al Dom. Al ver el piso estaba entusiasmado (muy bonito, imposible más céntrico, casi podía tocar la torre desde la ventana), pero resultó ser un caramelo envenenado. No pude pegar ojo los primeros días, hasta que finalmente conseguí acostumbrarme a las campanas de los coj… sonando toda la noche.

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Pegado al Dom está el otro edificio más emblemático de la ciudad, la catedral de St Martin’s o Domkerk. Comenzada en 1254 y terminada más de tres siglos después, tras la reforma pasó a ser un templo protestante en 1580 y así sigue. Utrecht ha sido desde siempre el centro del poder religioso holandés (tanto católico como protestante) y hay otras iglesias importantes (Pieterskerk, Janskerk) y un convento (Catharijneconvent). En este último hay uno de los museos más famosos de la ciudad y se puede pasar a ver un pequeño claustro sin tener que pagar. Paralelo a Oudegracht y de menor tamaño hay otro canal, este llamado Nieuwegracht (Canal Nuevo). Es menos espectacular que su hermano mayor pero también tiene casas bonitas, aparte de estar siempre bastante más tranquilo. Delimitando el centro histórico hay un tercer canal, éste bastante más ancho y flanqueado por árboles. Se puede alquilar una barca de pedales y recorrerlo.

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A pesar de su insigne historia y la belleza de su centro histórico, es un edificio moderno de Utrecht el que ha sido designado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, la casa Rietveld Schröder. Construida en 1924 por el arquitecto Gerrit Rietveld, fue incluida en la lista en el año 2000. Está fuera del centro histórico pero se llega en pocos minutos dando un paseo (a unos 10 minutos de Wilhelmina Park).

Lo básico de Utrecht se puede ver bien en medio día. Si no se tiene mucho tiempo lo mejor es recorrer Oudegracht de un extremo a otro parándose a ver el Dom y la catedral, que están pegados a él. Para los que os animéis a verlo con calma y os quedéis un día entero (o más), la ciudad os recompensará sobradamente, ya que tiene muchos rincones con encanto por descubrir, así como infinidad de cafés y restaurantes preciosos. Además merece mucho la pena dar un paseo por la noche y ver Utrecht iluminado. La oficina de turismo organiza paseos guiados nocturnos, lo podéis ver aquí. Una buena forma de explorar la ciudad a fondo y en poco tiempo es alquilando una bicicleta. Hay un sitio para alquilar junto a la estación central de tren, pero además lo puedes hacer en casi todos los hoteles y hostales. El Tour de Francia 2015 sale de Utrecht, una excusa perfecta para ir a conocer la ciudad.

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Utrecht con niños

Aunque quizás no sea tan conocida en España, la conejita Miffy es una auténtica estrella en sitios como Japón o el Reino Unido. Dick Bruna publicó el primero de los libros infantiles protagonizados por Miffy, su familia y sus amigos en 1955. Como Bruna nació (y aún vive) en Utrecht, es aquí donde han abierto una casa museo dedicada a sus creaciones, con Miffy como principal protagonista. Bruna anunció en 2014 que se jubilaba, declinando vender los derechos de su personaje más famoso, con lo que no habrá (al menos por ahora) continuación de sus historias. Aquí tenéis la web oficial del museo, una visita muy recomendable para ir con los niños.

Izumi y Sakura con Miffy (Nijntje en dutch)

Izumi y Sakura con Miffy (Nijntje en dutch)

Comer

En los meses que pasé en 2001, como la empresa consideraba que estaba en formación, me pagaban desayuno, comida y cena. Eso hizo que probase muchos de los restaurantes y cafés de la ciudad. Una gozada culinaria, aunque empecé a ganar peso a un ritmo peligroso. Al final llegué a un acuerdo con mi jefa para que la empresa me pagase las cuentas del supermercado y alguna comida ocasional fuera de casa, un win-win de manual. De los sitios de aquella época recuerdo varios con cariño y que siguen abiertos: las fajitas del Havana, la carne a la parrilla del Gauchos y el simpático De Beleving, en el que las camareras eran alumnas de una escuela de música y hacían números musicales bastante currados entre plato y plato. Un poco friki pero muy divertido. En todos ellos (y en general por norma en Holanda) la comida tardaba muchísimo tiempo en llegar. No he vuelto a probar ninguno desde entonces, así que no se si seguirán en buena forma.

Una vez invitamos a comer a la secretaria que cuidaba de los extranjeros novatos (la adorable Marjolain) y le dijimos que queríamos comer en un sitio típico holandés. Nos llevó a De Oude Muntkelder, un restaurante muy conocido especializado en pancakes (pannenkoeken). Está al principio de Oudegracht, en la parte de abajo, junto al rio. Muy recomendable, tanto por la comida como por el sitio (siempre repito cada vez que voy a Utrecht). Suele tener mucho éxito entre los más pequeños.

Hay varios restaurantes griegos en la ciudad, todos bastante buenos. El que más me gusta se llama Sirtaki, cerca del Dom. En plan comida rápida para llevar, el mejor gyros (equivalente griego al kebab) de los que probé es en un puestecillo justo enfrente del Sirtaki. Cambiando de estilo, hay un buen restaurante japonés de estilo teppanyaki llamado Konnichi Wa. Comimos un menú rico y amplio por 35€.

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Beber y… algo más

Las 2 cervecerías más carismáticas y populares de Utrecht están en Oudegratch, bastante cerca la una de la otra.

Mi favorita es Oudaen, situada en un imponente castillo cuyos orígenes se remontan nada más y nada menos que al siglo XIII. No sólo el edificio es magnífico: la cerveza que venden es de su propia cosecha y he de decir que les sale muy bien. Es un buen lugar para iniciarse (o doctorarse) en la cerveza blanca (witbier en holandés), el mismo estilo que la conocida Hoeggarden. Los vasos, en forma de cáliz y con el escudo de armas del castillo, son un regalo perfecto para algún amigo cervecero. Los venden en la tienda de la entrada. En el Oudaen también se puede comer, pero la comida no la he probado.

La imponente fachada del Oudaen

La imponente fachada del Oudaen

La otra es el Winkel van Sinkel, cuyo nombre viene de una canción infantil holandesa. Es fácilmente reconocible por las columnas en forma de cariátides que sostienen su fachada de color crema. El interior es sorprendentemente amplio y con cierto aire kitsch. Precisamente en el WvS aprendí una curiosa costumbre holandesa: al sentarse en una terraza todos lo hacen mirando hacia la calle, aunque eso suponga darle la espalda a algunos de los que van contigo. Cuando me senté de cara a ellos me dijeron en el estilo franco y directo marca de la casa: “ya te veo el careto todo el día en la oficina, ahora quiero ver a la gente que pasa por la calle, así que date la vuelta”. Con el tiempo te acostumbras y acabé cogiéndole el gusto.

El Winkel van Sinkel y su cariátides

El Winkel van Sinkel y su cariátides

Otra cervecería que merece la pena probar es el Café Olivier, una antigua iglesia reconvertida a pub-restaurante (para que luego digan que la humanidad no progresa). El único problema es que hay mucha reverberación y si hay mucha gente se vuelve muy ruidosa.

Ámsterdam no es el único sitio de Holanda donde hay los famosos coffeshops. En el centro de Utrecht hay uno llamado Andersom. Está en Oudegracht, cerca del Dom Toren, imposible no olerlo. Antes también había una smartshop (las tiendas donde venden champiñones  alucinógenos, que son legales), pero han debido cerrarla porque no la vi esta última vez.

Por cierto, para los que creáis que ir a un sitio de estos es lo más psicotrópico que podéis hacer en Holanda, os reto a que probéis a hacer la declaración de la renta en holandés (Belastingdienst). Eso sí que es droga dura. Como mi contrato era local (con sueldo en guilders), tuve que hacerla al dejar el país, menos mal que fue solo una vez. De ella aprendí que si en Holanda vas a trabajar en bicicleta más de un 70% de los días, tu jefe te firma un papel y te corresponde una exención fiscal.

Hablando de beber, otra costumbre holandesa es que, cuando alguno del grupo ve que los vasos están casi vacíos, va automáticamente a la barra a pedir otra ronda. El resultado fue que, milagrosamente, mi vaso siempre estaba lleno durante las horas que estuvimos de juerga, lo que me costó una de las peores borracheras de mi vida. Tardé (y a pesar de mi lamentable estado juraría que no exagero) como 20 minutos en subir los tropecientos microescalones hasta el último piso donde me aguardaba mi confortable buhardilla. Al día siguiente tenía que dar una presentación a unos jefes que, cuando vieron mi estado post fiesta, se rieron a carcajadas y me mandaron para casa, mientras comentaban el poco aguante que teníamos los mediterráneos a la hora de beber.

Alojamiento

Aparte del par de apartamentos en los que me alojé, he usado 2 hoteles en posteriores visitas. Casi todas las veces me he quedado en el NH Utrecht (4*), una torre junto a la estación central de trenes y el palacio de congresos (Jaarbeurs). Las habitaciones están bien de tamaño, limpias, el servicio es muy agradable, tienen WiFi gratis y si te toca una habitación de las altas las vistas son estupendas.  Recomendable. El otro es el Apollo Hotel City Centre (4*), aún más céntrico, cerca de donde comienza Oudegracht. Buenas habitaciones, limpio y cuidado, también recomendable.

Cuándo ir y cómo llegar

La ciudad luce más durante la primavera y el verano, más o menos de finales de abril a finales de septiembre. Los inviernos suelen ser fríos, húmedos  y lluviosos.

El aeropuerto más cercano es el de Ámsterdam, Schiphol (pronunciado esjipjol). Desde allí hay trenes directos a Utrecht Centraal que tardan poco más de media hora y cuestan menos de 10€. Hay trenes entre Utrecht y Ámsterdam las 24 horas del día, aquí tenéis horarios y precios de todos los trenes holandeses.

Para los que llevéis coche, es mejor dejarlo aparcado en las afueras y no intentar meterse en el centro con él. Por una parte aparcar es difícil y caro. Por otra, conducir en una ciudad holandesa  si no se está acostumbrado, puede ser una experiencia bastante agobiante por las miles de bicicletas que salen de todas partes. Cuando la empresa me dio el coche, TODOS mis compañeros de trabajo me dijeron: “conduce con mucho cuidado y, pase lo que pase, jamás atropelles a un ciclista. Salvo que 3 personas (no valen las que vayan en el coche contigo, claro) testifiquen que fue culpa del ciclista, siempre y por defecto será culpa tuya”. Me pregunto si la ley sigue igual o se ha suavizado.

Entre las bicis y los tranvías mis primeros días al volante en Utrecht fueron muy tensos. Una vez me confundí y me metí en una zona exclusiva de tranvías, algo así como la parada principal junto al Jaarbeurs. Los conductores me miraban entre sorprendidos y divertidos y tardé un buen rato en conseguir salir de allí, esperando que me multase un policía en cualquier momento.  Otro aviso para conductores: Utrecht tiene una circunvalación poco convencional. Para mantenerte en ella tienes que coger salidas continuamente, y si sigues recto te sales, justo al contrario que en el resto de las que conozco, sea España o el Reino Unido. Este singular detalle hizo que me perdiese varias veces los primeros días, menos mal que la gasolina la pagaba la empresa.

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Gracias a Gonzalo Ávila por cederme algunas de sus fotos para el post

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