Principios de agosto de 2004. ¿Cuáles son las probabilidades de que, exactamente 5 minutos antes de llamar a Charlie para informarle que me separaba, él me llamase para decirme lo mismo? En aquella sorprendente y chocante conversación decidimos que el recuperar la soltería a la vez tras relaciones largas merecía un viaje mochilero juntos. The show must go on.

Charlie me dijo que decidiese yo el destino atendiendo a dos premisas básicas: evitar en lo posible aglomeraciones veraniegas y que no fuese demasiado caro. Atlas en mano y con el modo explorador conectado, pensé que una o más de las Repúblicas Bálticas podía ser un destino perfecto. El buscador de vuelos me lo confirmó mostrando una buena oferta a Helsinki, separada de Estonia por un corto trayecto en ferry.

Hoy en día Tallinn es una ciudad muy conocida entre viajeros y no tan viajeros, con Riga a cierta distancia pero también con un sitio en el mapa. En 2004 en España ambos países eran bastante terra ignota a nivel turístico. Acababan de entrar en la Unión Europea y eso les había dado algo de visibilidad, pero al comentar mi futuro destino sólo escuchaba referencias a Eurovisión (¡ugh! ¡el horror!) y varias veces la pregunta “¿no te da miedo ir, si la guerra acaba de terminar hace nada?” por aquello (supongo) de que Balcanes y Báltico tienen las 3 primeras letras iguales.

Mi segunda visita a Tallinn fue 10 años y toda una vida más tarde. En abril de 2014 mi familia se animó a acompañarnos en la visita anual a Japón (éramos 6 personas en total incluida mi hija de 2 años) y decidimos pasar unos días entre Helsinki y Tallinn aprovechando la escala del vuelo a Osaka con Finnair.

Felices (y hechos unos chavales) en el Olde Hansa en 2004

Felices (y hechos unos chavales) en el Olde Hansa en 2004

Volvamos a 2004. El viaje a Helsinki fue vía París. Mientras esperábamos la conexión Charlie tuvo una idea de las suyas. Compró una postal de la torre Eiffel y se la mandó a una de sus amigas contando que se había peleado conmigo y que se quedaba vagando por La Ciudad del Amor en plan bohemio los 10 días del viaje. El caso es que se olvidó de la broma por completo y al volver se quedó de piedra porque sus amigos se habían tragado la historia y estaban bastante preocupados…

Tras aterrizar nos tuvimos que dar una buena carrera hasta el puerto para llegar a tiempo de coger el último ferry del día a Tallinn. El barco de Nordic Jet, moderno, limpio y caro, iba lleno de finlandeses que hacían el viaje de ida y vuelta para comprar alcohol (mucho más barato en Estonia). De paso aprovechaban para beber como locos en el ferry también. La terminal de pasajeros de Tallinn era pequeña y algo cutre. Del puerto hasta las murallas que delimitan el centro fue un paseo corto cruzando un descampado de aspecto descuidado.

[Salto a 2014] Se nota que Tallinn ha ido ganando en importancia turística con los años. Me dio la sensación de que había bastante más oferta en cuanto a compañías y trayectos para el ferry desde Helsinki. Sigue siendo caro (50€ ida y vuelta con Linda Line), pero al menos han puesto una tarifa-descuento para ir y volver en el día. Los finlandeses comprando alcohol a saco seguían allí. Supongo que no serían los mismos ya que los otros deben haberla palmado de cirrosis en la década que ha pasado. Curiosamente la terminal y el paseo hasta el centro siguen igual de desangelados. No entiendo como no se esfuerzan un poco para que tu primera impresión de una ciudad tan bonita sea mejor.

La primera impresión del centro histórico de Tallinn a la luz del atardecer fue magnífica. Muy bonito, bien cuidado, coqueto y animadísimo. Fuimos a la oficina de turismo a buscar alojamiento y nos dijeron que fin de semana y verano son una combinación letal en Tallinn: no cabía un alfiler en el centro. Al final nos encontraron sitio en el Akademika Hostel, a un cuarto de hora en tranvía. Tras haber probado algún albergue exsoviético en el Interrail, éste fue una sorpresa positiva: instalaciones bastante nuevas, limpio y barato (15€ habitación doble). Tras descansar un rato, al volver al centro comprobamos que la noche y la iluminación le sientan realmente bien a la capital de Estonia.

Tallinn, 2004

Tallinn, 2004

Cuando estamos buscando sitio para cenar, Charlie me echa la bronca. Me dice que ya no somos estudiantes y que nada de racanear en países que, por no mucho dinero, comes como un rey. Hay que darse alegrías pal cuerpo y decidimos meternos en el sitio más turístico, típico y carismático del centro de Tallinn: el Olde Hansa. Éste es un restaurante medieval junto a la plaza central (Raekoja Plats) con mobiliario rustiquísimo, camareros vestidos como Erroll Flynn en “Robin Hood” y camareras ataviadas de mesoneras clásicas. La cena, a base de jabalí (modo Obélix ON) y regada a base de cerveza con miel, fue épica. El precio muy razonable (12€ de la época por un fiestón)  y rematamos la faena haciéndonos amigos de la camarera (Anna) para irnos de cervezas cuando saliese de trabajar.

 [Salto a 2014]: El Olde Hansa no sólo sigue en el mismo sitio, sino que se ha convertido hasta cierto punto en un emblema de Tallinn. Lo recomiendan en todas las webs y guías y sale en esas listas de lo que no te puedes perder. Sin embargo la segunda vez fue decepcionante por diversas razones: estaba llenísimo de gente y estuvimos muy apretados, comodidad cero si vas con un bebé o niño pequeño, tardaron mucho en servirnos la comida y no estaba demasiado bien rematada. Además los precios se han disparado (26€ por un plato principal). Siempre guardará un lugar en mi memoria culinaria, pero en la segunda visita fue un 5 “pelao”. Aquí os dejo otra opinión sobre el restaurante de una bloguera de fiar.

Izumi y Sakura en la puerta del Olde Hansa en 2014

Izumi y Sakura en la puerta del Olde Hansa en 2014

La elección del sitio para tomar la primera copa fue una de las razones para la continua persistencia de Tallinn en mis neuronas.  En el club latino Havana, que sin ser japiagüar tenían como estupenda costumbre ponerte dos copas por el precio de una, conocimos a dos chicas, Katlin y Tiia. Iban juntas a una  escuela de baile y debe de haber sido el dinero mejor invertido de toda su vida. Dadas mis limitaciones para el tema, me defendí en la pista como pude ante tanto despliegue de calidad. Tras un par de horas de diversión total quedamos al día siguiente a la misma hora en el mismo sitio.

Acabamos la noche en el disco-pub Kolumbus Kristosomus para ver a Anna, que nos dejó de piedra con toda una exhibición de conocimiento de la cultura española… ¡y hasta bailaba sevillanas! Nos contó que en unos meses se iba a Madrid de Erasmus y había hecho un esfuerzo para ponerse al tanto de todo.

De vuelta al albergue pensé que, curiosamente, las 3 chicas que habíamos conocido hasta ese momento hablaban un español estupendo. ¿Sería algo normal por aquellos lares? Había muchos turistas italianos pero apenas spanish. La respuesta de las 3 fue idéntica: “Estonia es un país pequeño y hay que hablar cuántos más idiomas mejor para abrirte puertas”. Más adelante pudimos comprobar de primera mano que Tallinn es poco menos que un ecosistema aislado en ese aspecto, en el resto de Estonia no siempre se hablaba ni inglés básico, y de español olvídate. Disquisiciones idiomáticas aparte, a pesar del cansacio por lo tarde que era y la intensidad de la jornada, me fui a la cama con una sonrisa para enmarcar.

[Salto a 2014] Abril y el principio de la primavera no son una época tan generosa como el verano con Tallinn. Hacia un día desapacible y frio, con apenas 7 u 8 grados y lluvia intermitente. Aunque no se puede decir que estuviese vacío, había bastante menos gente por el centro. Por una parte estaba bien que hubiese menos gente, pero le faltaba el saborcillo que le daba el bullicio animado de los días estivales. A pesar del clima y otras consideraciones, la primera impresión de Tallin sigue siendo magnífica. La oficina de turismo es el doble de grande y estaba muy bien montada. Me pregunto si el Havana sigue abierto, no tuve ocasión de comprobarlo.

El ayuntamiento, 2014

El ayuntamiento, 2014

El día siguiente lo pasamos recorriendo el centro histórico de la ciudad a conciencia. Incluso después de la gratísima primera impresión, Tallinn superó nuestras expectativas. Raekoja Plats es pequeña pero rivaliza en belleza con prácticamente cualquier plaza medieval de Europa. Edificios, iglesias y casas de diferentes estilos (góticos y hanseáticos principalmentey muy bien conservados, se mezclan de manera elegante y grácil entre estrechas calles adoquinadas. Paseamos por las magníficas murallas y admiramos las vistas desde Toompea, la parte alta de la ciudad.  No creo que merezca la pena pararse en cada uno de los nombres e historias de los edificios, están en cualquier guía.

Vista de Tallinn desde Toompea, 2004

Vista de Tallinn desde Toompea, 2004

Al ser sábado había muchos turistas, incluyendo los inevitables grandes grupos de los cruceros. La mayoría eran italianos, finlandeses y alemanes, aunque oímos algo de español de vez en cuando. Para acabar de rematar el ambientazo nos damos de bruces con el primer desfile del orgullo gay en la historia de Estonia que sale desde Raekoja Plats a primera hora de la tarde. La comitiva es muy escasa (150 personas como mucho) pero muy colorida y entusiasta.  Muchos turistas se animan a hacer tramos con los locales y a bailar desenfadadamente.

 [Salto a 2014] Ni que decir tiene que Tallinn sigue siendo igual de bonita aunque luciese algo menos por la lluvia. Fue ver otra cara de la ciudad, algo menos “perfecta” pero con el mismo encanto. Y bueno, era francamente agradable pasear con mucha menos gente. Y de cruceristas ni rastro (afortunadamente). Me fijé que habían puesto paneles en inglés en muchos de los edificios e iglesias, explicando un poco de su historia y con un plano del interior de la casa en 3D para poder “verla” desde fuera. El centro histórico, al ser pequeño y recogido, me pareció un destino ideal para ir con bebés o niños  pequeños. Además, han puesto uno de esos trenecitos que te da un buen paseo alrededor del centro y fue el momento favorito del día para mi hija Sakura. Como me acordaba bastante bien de la ciudad, aproveché para pararme a apreciar los detalles: escudos heráldicos, pomos medievales, imponentes puertas con remaches de hierro y viejas vigas de madera entre otras cosas.

Tallinn 2004

Tallinn 2004

Tras una pausa-siesta de 3 horas en el hostel volvimos al centro. Para nuestra sorpresa estaba todo bastante muerto. Katlin nos explicó más tarde que el día grande de Tallinn la nuit son los viernes. Paramos a tomar una cerveza en el pub irlandés Molly Malone pero estaba atiborrado de turistas y estudiantes extranjeros, así que salimos por patas lo antes posible. Ya en nuestro adorado Havana, Katlin y Tiia nos presentaron a un grupo de amigos suyos españoles que estaban viviendo temporalmente en Tallinn por trabajo. Cuando les comentamos que aquello era el paraíso terrenal, se miraron los unos a los otros y nos dijeron al unísono “venid en pleno invierno y a ver si pensáis lo mismo. Que aquí el invierno es muy duro y se hace muuuuuuuy largo”. Aun así Charlie no acaba de descartar los planes de mudarse aquí esbozados al calor de la estupenda noche anterior. Nos ponemos de acuerdo en hacer una fiesta-despedida la noche que nos queda en Tallinn a la vuelta y, después de otra batalla legendaria en la pista de baile caigo rendido en la cama a las 4am.

Raekoja Plats, 2014

Raekoja Plats, 2014

Llega el tercer día en Tallinn cuando originalmente habíamos programado una tarde y una mañana. Tras dar un largo y magnifico paseo de varias horas por el centro saboreando la ciudad, Tiia nos recoge en su coche para ver el Tallinn algo menos turístico. Nos lleva a la playa de Pirita, a lo largo de cuyo paseo marítimo hay un impecable carril bici y nos propone alquilar unos patines en línea. Pasamos un par de horas disfrutando del olor del mar y de la brisa en la cara mientras patinamos. Charlie y Tiia patinan muy bien y hacen hasta figuras. Yo me limito a no abrirme la cabeza y pasarlo bien. Completamos la tarde parando en el famoso auditorio de música de la ciudad (Tallinn Song Bowl) y nos tomamos el aperitivo en un bonito bar con forma de casco de barco invertido. Aun siendo domingo apenas vemos gente, ni locales ni turistas.

Concentrado pero disfrutando en Pirita, 2004

Concentrado pero disfrutando en Pirita, 2004

Por la noche nos vamos a cenar a otro de los sitios famosos-turísticos de la ciudad: el Peppersack. Situado en un precioso edificio medieval también en pleno centro, es algo menos llamativo que el Olde Hansa pero me quedo con la sensación de que la comida (solomillo a la pimienta) es aún mejor. Para bajar el fiestón nos vamos a dar un largo paseo nocturno por la ciudad y Tiia nos enseña sus rincones favoritos, generalmente en callejones algo apartados y no siempre apreciables a simple vista. Nos deja en el albergue a las 2am y estamos reventados, pero ha sido otro día estupendo.

Al levantarnos al día siguiente fuimos directamente a alquilar el coche (con Budget) y empezamos el tour por Estonia y Letonia: Tartu, el lago Peipsi, Sigulda, Riga, Jūrmala, Cēsis y la isla de Saaremaa.

[Salto a 2014] El día se pasa volando. Cuando nos dan las 7 y es hora de volver a Helsinki me da la sensación de que nos hemos dejado bastantes cosas por ver, o simplemente que la otra vez lo había visto todo muchísimo mejor. Tallinn necesita al menos día y medio intenso o dos para hacerle justicia. Me sigue pareciendo una ciudad con encanto y carisma, pero creo que el verano le hace ganar muchos enteros. ¿Deberíamos evitar volver a lugares concretos cuyas coordenadas espacio-temporales los hicieron únicos en nuestro universo viajero? Mi respuesta es no, pero ¿qué opináis vosotros?.

Una semana después y al caer la tarde estamos de nuevo en Tallinn con una vaga y agradable sensación de familiaridad, como volver a casa. Charlie tiene otra gran idea: alquilamos la sauna privada del Hotel Olümpia, el mejor de la ciudad. Está en el piso 26 y desde sus enormes cristaleras se ven a vista de pájaro los tejados rojos y los pináculos de las iglesias. Además de la sauna tiene una piscina y una enorme pantalla de plasma (cuando eso aún era algo en esta vida) en la que vemos las olimpiadas. Una gozada. ¿El precio del capricho? 19€ por cabeza (600 EKK en total) por una hora y media. Invitamos a las chicas pero curiosamente no vino ninguna…

Repetimos cena en el Peppersack (otro éxito) y cerramos el círculo yendo al Havana. Para nuestra alegría se ha animado todo el mundo (españoles y estonias) y pasamos un rato magnífico contándoles nuestras aventuras bálticas. Bailamos hasta las agujetas y nos despedimos de todos deseándonos suerte y que se vuelvan a cruzar nuestros caminos en alguna parte. Dejamos Tallinn pensando que siempre será un sitio especial para nosotros.

Las murallas de Tallinn, 2004

Las murallas de Tallinn, 2004

Epílogo: volví a ver a Anna varias veces cuando estuvo en Madrid de Erasmus y mantuvimos el contacto bastante tiempo con Katlin y Tiia. Anna puso mi nombre y mi correo electrónico en la web de turismo de Estonia en español como “buen conocedor del país” y me escribieron una docena de viajeros durante el año que se mantuvo allí. Como principal (y casi única) fuente de información usamos la guía Lonely Planet (en inglés, no la había en español aún) y nos fue muy muy útil. Al volver les escribí un detallado correo con comentarios, sugerencias, fallos y aciertos. No sólo pusieron mi nombre en la parte de “Gracias a nuestros lectores” de la siguiente guía, sino que me regalaron una a elegir y me la mandaron puntualmente al poco tiempo. Le cogí el gustillo a eso de ver mi nombre en LP y lo he vuelto a hacer en varias ocasiones (ahora regalan capítulos en PDF, no libros enteros).

Epílogo 2: después de semejante ladrillo, no me resisto a acabar el post con una anécdota que aún se recuerda en mi familia:

Al pagar la última noche en el Peppersack y ciertamente conmovido por el aspecto físico (y la simpatía también, claro) de la camarera que nos atendió, me olvidé (por primera y única vez) la tarjeta de crédito en el restaurante. Me di cuenta al día siguiente cuando ya estábamos en Helsinki. Como lo primero era cancelarla por si acaso, le mandé un sms a mi madre diciendo textualmente “He perdido la visa. Necesito teléfono de emergencia”.

Mi familia, que en ese momento estaba reunida en la playa tranquilamente, se vieron sobresaltados por un grito de mi madre: “¡Ay! ¡Ay! ¡Que dice Nacho que ha perdido la vista! ¡Se ha quedado ciego!”.

En defensa de mi madre he de decir que me había operado de miopía en ambos ojos 3 años antes, con lo que no era una noticia tan imposible. Cuando estaba empezando a cundir el pánico, mi padre volvió a leer el mensaje desfaziendo el entuerto ante el alivio (y luego jolgorio) generalizado. Mi madre me dijo que durante días tuvo el susto en el cuerpo porque por un momento creyó que su hijo se había quedado ciego en algún lugar del extranjero.