Egipto, 1997: el año que viajamos peligrosamente. Primera Parte

“May you live in interesting times”  (supuesta maldición popular china)

“¿Nacho, has visto las noticias? ¿Qué vamos a hacer?”

La pregunta me la hacía mi madre al teléfono. Era el 18 de septiembre de 1997 y en la tele estaban contando que acababan de asesinar a 10 personas en la puerta del Museo Egipcio de El Cairo a plena luz del día. Un grupo de hombres había atacado un autobús lleno de turistas en el aparcamiento del museo. De los 10 fallecidos 9 eran turistas alemanes y el otro su conductor egipcio. Otras 26 personas, casi todas turistas, resultaron heridas de diversa gravedad.

A medida que pasaban los días e iba apareciendo más información en la prensa y la televisión, se iba viendo que desde el principio la versión oficial no concordaba con la de los testigos. Las autoridades egipcias sostenían desde el primer momento que no era un ataque organizado de terroristas islámicos contra turistas, sino un acto desesperado de dos hermanos con problemas mentales.

Sin embargo, los supervivientes y otros presentes hablaban de entre 3 y 5 atacantes, una acción planeada y coordinada y gritos constantes de “Alá es grande”. Los hermanos fueron capturados por la policía y condenados a muerte apenas 6 semanas más tarde. Durante el juicio tuvieron una actitud desenfadada y hasta festiva, incluyendo vítores y rezos al conocer la sentencia. Se supo entonces que uno de ellos (Saber Abu El-Ulla) había asesinado a 3 turistas en 1993 en un hotel de El Cairo, siendo enviado a una institución mental de la que salió un par de años después entre rumores de pagos de sobornos por parte de su padre.

Los ataques contra turistas no eran exactamente una novedad en Egipto. El sector más extremo del islamismo egipcio declaró la guerra santa al gobierno de Hosni Mubarak en 1992 y, en un edicto del 30 de septiembre de ese año, advirtió expresamente a los turistas que no fueran al país. Desde entonces unos 1200 egipcios y 28 turistas habían fallecido en diferentes atentados. En España tuvieron triste eco por la muerte del niño de 9 años  Pablo Usán en agosto de 1994.

Pero en cierta manera el ataque fue una sorpresa. Había pasado casi un año y medio desde el último atentado dirigido contra turistas y, al menos en la superficie, todo parecía estar más tranquilo. Ese último ataque había sido el peor hasta la fecha (17 turistas griegos fueron acribillados a balazos en la puerta de su hotel, junto a las pirámides) y el gobierno egipcio (una dictadura encubierta) tomó medidas drásticas para evitar futuros atentados.

Los islamistas pretendían derrocar el gobierno a base de privar al país de una de sus principales fuentes de ingresos: el turismo. La afluencia de turistas extranjeros había tocado fondo en 1993 pero se había recuperado considerablemente desde entonces (de 2.5 a 4 millones de visitantes) y la perspectiva era que se duplicaría ese número antes de que acabase la década.

¿Ir o no ir? Mi madre, mi hermano y yo salíamos en 12 días y el viaje estaba contratado y pagado. Los días siguientes seguí las (pocas) noticias sobre Egipto todo lo que pude y parecía que era un hecho aislado. Mi prima María José, que trabajaba en la agencia de viajes, nos dijo que no estaba habiendo cancelaciones masivas como unos años atrás. Además, en teoría, justo después de un atentado suele ser el momento más seguro ya que las medidas de seguridad se extreman. Así que decidimos ir y no recuerdo haberle dado demasiadas vueltas. En la época pre internet era mucho más difícil acceder a la información y conseguir algo más de perspectiva. Me pregunto si teniendo más presente el historial de atentados previos y leyendo otras noticias en medios extranjeros hubiésemos cambiado de opinión.

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El vuelo de Madrid a El Cairo fue con EgyptAir en un nuevo y flamante Boeing 777, que apenas llevaban un par de años en servicio en aquella época. Fue la primera vez que vi el despegue a través de las cámaras del avión y también la primera vez que pude seguir el vuelo por el GPS. Me pareció maravilloso. Debido al intenso tráfico en el aeropuerto de El Cairo tuvimos que dar vueltas durante algo más de media hora antes de aterrizar. Mi madre, a la que nunca le ha entusiasmado volar, se puso “un poco” nerviosa y me dejó el brazo con los dedos marcados cual mango del Scalextric.

Nos quedamos en el Sheraton Cairo. Dada mi poca experiencia con hoteles de ese estilo, me impresionó bastante el tamaño del lobby, que parecía una catedral. Y de las grandes. Las habitaciones estaban bien, pero ya andaban pidiendo una renovación a gritos. Dado que otra gente del grupo comentaron que sus hoteles eran muy bonitos por fuera pero que las habitaciones tenían  goteras como las cataratas de Iguazú, la verdad es que no tuvimos queja.

Al día siguiente hicimos la primera visita del viaje. Y era una de esas que llevaba toda la vida esperando: las legendarias pirámides de Guiza. En el autobús camino a la explanada de las pirámides tuve mi primer encontronazo con los viajes organizados. El guía (un tío gamberro y cachondo llamado Aiman) dijo por  el micrófono que, dada la edad media y condición física del grupo, íbamos a entrar en la pirámide de Kefrén en lugar de en la de Keops, cuyo acceso era más complicado. Aun estando de acuerdo en que algunos miembros del grupo podrían haber estado expuestos en la famosa Sala de las Momias sin que nadie notara nada raro (de verdad que no es por ti, Mamá), me acerqué a Aiman y le dije que Guillermo y yo íbamos a entrar en la Gran Pirámide sí o sí. Tras un poco de tira y afloja accedió a nuestra petición mientras mi madre decidió ir a la de Kefrén.

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La Gran Pirámide

A la pirámide se entra por el llamado Túnel de los Ladrones, un agujero abierto a cuchillo en la cara norte ya en la época faraónica y reabierto en el 820 d.C (la entrada original está sellada por bloques de piedra). Es un tópico mil veces usado, pero mientras recorría los estrechos y mal iluminados pasadizos pensaba que era increíble estar allí dentro, un sueño cumplido. Me sorprendió la absoluta desnudez interior de la pirámide, quizás influenciado por las muchas veces que leí de pequeño “Astérix y Cleopatra”, en el que las paredes aparecen profusamente decoradas con jeroglíficos. Lo mismo se puede decir de la Cámara del Rey, una habitación completamente lisa de granito cuyo único contenido, aparte de aire viciado, es un sarcófago roto. Por el módico precio de un dólar, el vigilante me dejó hacerme una foto dentro posando como la momia de Keops. Si el faraón finalmente consiguió reencarnarse y pasar a otra vida, debe de estar rascándose la cabeza constantemente viendo que cualquier matao se puede echar un rato en el lugar más sagrado de su imponente tumba.

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La entrada por el Túnel de los Ladrones

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Dentro de la Cámara del Rey

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Haciendo de Keops

Nos volvimos a unir al grupo en la puerta de la pirámide de Kefrén (pagué la novatada viajera esperándoles fuera un buen rato en lugar de entrar y ver lo que pudiese) y recorrimos el resto de la soberbia explanada de Guiza. Me gustó muchísimo y me pareció que había tantas cosas que ver que dedicarle poco más que una mañana era imperdonable: la elegante Esfinge, el resto de pirámides, las tumbas de los nobles, las excavaciones activas centradas en saber más de la vida de los obreros que las construyeron…todo con una mística que quizás solo había sentido hasta ese momento en el Foro Romano.

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La elegancia de la Esfinge

Por eso, cuando Aiman dijo que era hora de irse a comer pero que primero pasaríamos por una tienda de ¿papiros? ¿perfumes? ¿alabastro? tuvimos nuestro segundo encontronazo. Le dije que me apuntase la dirección en un papel y que yo iría luego en taxi al restaurante. Esta vez se negó de manera tajante y fue él quien ganó el duelo. A pesar de que desde que llegamos nos había repetido sin parar que en Egipto no había ya problemas de terrorismo, reconoció que estaba incómodo con la idea de que fuese a mi aire estando, por así decirlo, a su cargo. Fue la primera grieta que noté entre la versión oficial del Ministro de Turismo (“el incidente no puede ser considerado como un ataque premeditado contra los turistas. Es el acto de un loco que podía haber pasado en cualquier parte el cualquier momento”) y una realidad bastante más difusa. Mientras rumiaba mi descontento en la entrada de la tienda, me prometí a mí mismo que volvería a Guiza a pasear hasta hartarme, algo que aún no he hecho (sería interesante preguntarle a otros viajeros las autopromesas que no han cumplido).

El enfado se me pasó instantáneamente en cuanto llegamos al lugar de la siguiente visita: la necrópolis de Saqqara. En ella está la famosa pirámide escalonada de Zoser (o Djoser), la más antigua de todas las construidas en Egipto y otra foto clásica de los libros de Historia que cobraba vida. Construida alrededor del 2660 a.C por el legendario visir real Imhotep, fue la primera estructura monumental hecha de piedra (las anteriores eran de ladrillos de barro) y uno de los hitos arquitectónicos más importantes de la Historia. Al igual que en Guiza, me sorprendió que en lugar de ser un edificio perdido en medio de las arenas (como parece por las fotos), era parte de un fastuoso complejo mortuorio con edificios, patios, columnatas y otras tumbas que justifican la visita por sí mismos. Éramos los únicos visitantes y esa tranquilidad ayudó a que la visita fuese estupenda.

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La pirámide escalonada de Zoser en Saqqara

La historia (novelada y para turistas claramente pero interesante) de la pirámide escalonada nos la contaron más o menos así: Zoser era el más poderoso de todos los faraones que habían reinado hasta ese momento e Imhotep el más capaz de los visires. Por ello el rey quiso una tumba como ninguna otra construida hasta la fecha y que durase toda la eternidad. Tras construir la mastaba más grande nunca hecha, Imhotep pensó que aún no reflejaba la grandeza de su señor ni el cénit de sus habilidades, con lo que procedió a construir otra mastaba encima de ella. Repitió eso mismo 4 veces más hasta acumular 6 enormes mastabas una encima de la otra. Esta vez si había creado algo nunca visto y a la altura de la importancia de su faraón. Como premio, el faraón le concedió el ser deificado tras su muerte, algo inaudito para alguien de sangre no real, siendo adorado como el dios egipcio de la medicina y la sabiduría durante siglos.

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La columnata en la necrópolis de Saqqara

Las necrópolis de Guiza y Saqqara fueron declaradas Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1979 con el nombre genérico de “Menfis y su necrópolis”. Hace un par de meses salió en la prensa que debido al defectuoso proceso de restauración (al que no ayuda la falta de dinero por los turbulenta época en la se haya Egipto actualmente), la pirámide estaba en riesgo de colapso. Esperemos que dure al menos otros 4500 años más.

5 comentarios en “Egipto, 1997: el año que viajamos peligrosamente. Primera Parte

  1. A mí Giza me gustó, me gustó mucho pero no me sorprendió demasiado. Supongo que había oído hablar tanto de ese lugar que esperaba todo lo que me encontré allí. Saqqara (y Dahshur), donde prácticamente estábamos solos, ya fue otra cosa. Aunque creo que los mejores recuerdos que tengo de Egipto son de El Cairo, una ciudad de la que no esperaba nada y me resultó cautivadora.

    • A mi fue la Gran Piramide la que (como has expresado perfectamente) “me gustó, me gustó mucho pero no me sorprendió demasiado”. Aunque si que pense que era increible estar alli.

      Pero la explanada de Guiza en conjunto si que me sorprendio, porque me parecio mucho mas que las famosas 3 piramides a su aire en una llanura desertica.

      Saqqara, coincido contigo, fue mas intimo y cercano.

      Saludos!

    • Curiosamente mi momento especial del viaje, y uno de los mejores de mi vida viajera fue tambien Abu simbel…tanto la primera vez que lo vi como el tener el templo para mi solo un buen rato durante la tarde noche…

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