Recuerdos de una semana en Galápagos (I)

Muy pocos lugares en todo el planeta han conseguido colarse en el imaginario popular como el paradigma de sitio remoto o la definición misma de uno de los confines del mundo como las Islas Galápagos. Desde que Darwin las puso en el mapa y en la Historia, las Galápagos (cuya denominación oficial es Archipiélago de Colón) tienen un aura auténticamente legendaria para cualquier viajero.

Hablando con otra gente que ha ido a Galápagos, sobre todo desde Europa y Asia, te suelen contar que fue la culminación de un sueño. Un viaje que habían pensado, madurado y planeado desde hacía muchísimo tiempo. Podría ponerme existencial y dramático y decir lo mismo, pero la verdad es que la oportunidad de ir a Galápagos se presentó de  manera fortuita y no era un destino que estuviese en mi lista de prioridades.

Pero si recuerdo bien, el manual del buen viajero dice en su primera página que cuando se presenta una buena oportunidad hay que aprovecharla sin pensar demasiado ¿no? Así que cuando a mediados de 2005 Marta me dijo que su hermano Jesús iba a estar un par de meses en Galápagos a partir de agosto con una beca de investigación, tomamos la decisión de ir en minutos y sin darle demasiadas vueltas a si era la mejor época del año o algún otro detalle por el estilo.

Iguana en Santa Cruz (Foto por Pietro Belli)

Íbamos a ser un grupo de cuatro: Marta, Pietro, Pablo y yo. Pablo y yo no viajábamos juntos desde la inolvidable experiencia del Interrail del 97 y era un aliciente más. El plan: ir a Ecuador 15 días a principios de septiembre. Una semana en la parte continental con coche alquilado y otra semana en Galápagos, más un día visitando Bogotá aprovechando la escala. Compramos los billetes a finales de mayo y, entre unas cosas y otras, apenas preparamos nada durante los meses siguientes ya que teníamos las excusa perfecta: “como el hermano de Marta estará allí seguro que lo sabrá todo y más”. Ese fue el mantra de la (escasa) preparación, sobre todo cuando nos daba pereza.

Después de una semana en Huelva disfrutando de la playa fui a Madrid, punto de encuentro del grupo. El vuelo fue en un Boeing 767 de Avianca hasta Bogotá y tras una escala corta embarcamos en un MD-83 que nos dejó en Quito en un par de horas. Ecuador hizo el número 32 en mi lista de países visitados. Los días en Ecuador continental fueron fantásticos y el país es mucho más bonito de lo que esperábamos, pero ese un tema para otro post. Los días pasaron volando y casi sin darnos cuenta llegó el sábado 10 de septiembre, fecha marcada en el calendario desde hacía meses para poner rumbo a las Galápagos.

DÍA 1:

El día empezó con algo que se iba a convertir en una constante durante el viaje: un pedazo de madrugón. El vuelo era con TAME y antes del viaje había leído que estaban renovando la flota con Embraer brasileños. Pero lo que nos encontramos al ir a embarcar fue un vetusto Boeing 727 con pinta de llevar activo desde los tiempos de Lindbergh. Era la primera vez que me montaba en uno y me temo que al menos los primeros minutos de vuelo no los olvidaré nunca. No sé si fue, o me pareció, el despegue más a cámara lenta de todos los que había hecho en mi vida y me intranquilicé (claro eufemismo de otra cosa) un poco (otro eufemismo). Además, Quito está sobre una enorme plataforma rocosa en la ladera del volcán Pichincha y, literalmente, se acaba al poco de despegar, dejándote suspendido sobre un enorme vacio que se te mete en el estómago.

Camino de Guayaquil donde hacíamos escala, vimos el imponente pico del Chimborazo emergiendo entre las nubes. El despegue desde Guayaquil fue menos impactante y tras dos horas de plácido vuelo aterrizamos en la isla de San Cristóbal, la más oriental de las Galápagos. Normalmente se vuela al aeropuerto de la isla de Baltra, pero estaba cerrado por reformas. El aeropuerto era muy pequeño y el sistema de recogida de equipajes un tanto rupestre: llegó un camión cargado con las maletas y las volcó en el suelo para que los pasajeros, abriéndonos paso a codazos, luchásemos en medio del caos por encontrar nuestro equipaje en el enorme montón. Una vez con las mochilas en nuestro poder pasamos por inmigracion dónde, tras abonar la nada despreciable cifra de US$100 en metálico, entramos oficialmente en las Galápagos. Cojimos un taxi hasta Puerto Baquerizo Moreno y empezamos a preguntar por barcos que nos llevasen hasta Puerto Ayora, en la isla de Santa Cruz, que iba a ser nuestra base de operaciones.

El barco (más bien una lancha algo cutre) en el que hicimos el viaje se llamaba Margrego. De hecho “Capitanía a Margrego” se convirtó en una de las frases fetiche del viaje cuando creíamos que algo no tenía buena pinta o que iba a salir mal. Pagamos una pasta (US$30) por un trayecto que nos dijeron que iba a llevar un par de horas y que acabaron siendo más de 4. El capitán del barco le dijo a la capitanía del puerto que éramos 11 pasajeros, pero yo recuerdo contar 21 para ser exactos. El mar estaba muy picado y el viaje se hizo durillo, sobre todo para Marta y Pablo que se marearon y no dejaron de vomitar. Mención especial para el pobre Pablo que se metió en un bucle infinito de vomitonas y que llegó blanco como la leche. Curiosamente fue el único de los muchos viajes que hicimos en barco que le sentó mal. El pestazo a gasoil dentro de la cabina era sofocante y apenas una hora después de salir ya estábamos tan empapados que nos despreocupamos de intentar no mojarnos. Pero también hubo momentos preciosos como cuando un grupo de delfines nos acompañaron durante unos minutos saltando a ambos lados del barco.

Llegamos y besamos tierra firme cuales máximos pontífices y (esta vez no es un chiste religioso) Jesús nos estaba esperando. Él y los otros compañeros de la universidad estaban instalados en la casa de Jaime Llanes “el arreglabotes”, que era amplia, bonita y estaba bien cuidada. Los taxis eran todos camionetas tipo pick-up que cobraban tarifa plana de un dólar independientemente del destino (si era dentro del pueblo) y el número de pasajeros. Mucho más enteros y repuestos después de una comida de 3 platos por sólo 2 dólares en una tasca, decidimos que nada mejor que empezar visitando una de las joyas de la isla: la Estación Científica Charles Darwin y sus más insignes residentes, las tortugas Galápagos que dan nombre al archipiélago.

Galápagos en la Estación Darwin (Foto por Pietro Belli)

El primer contacto con uno de ellos fue genial. Al principio éramos un poco tímidos y guardábamos las distancias. Luego ya nos fuimos acercando más, los tocamos y acariciamos y nos sacamos fotos. Las tortugas gigantes parecían tener un millón de años de lo arrugadas que estaban y sus movimientos eran pausados y perezosos. Dado el principio de conservación de la energía no me extraña que vivan tantos años, apenas gastan. El más famoso de todos era el entonces aún vivo Lonesome George. Último especimen de su subespecie, era un símbolo para los conservacionistas. Intentaron sin suerte que se reprodujese y murió hace apenas unos meses, llevándose consigo sus secretos. La estación en sí y el trabajo de conservación e investigación que hacen me pareció muy interesante. Nos contaron con detalle sus actividades, especialmente la cría de especies (tortugas, iguanas sobre todo) que luego dejan en libertad para que se reintegren a su hábitat natural cuando crezcan.

De vuelta a casa con una enorme sonrisa en la cara y olvidado el duro rato del barco, empezamos a preguntar en las diferentes agencias por opciones para hacer excursiones los días siguientes. Al acabar nos sentamos a cenar con todo el grupo, con los veteranos contándonos los sitios donde habían estado y sus preferencias. Dado que en la casa había mucha gente entre residentes y visitantes, Pablo y yo cogimos una habitación en el Hostal Salinas ($14 por persona). Mi último pensamiento justo antes de caer rendido después de un día tan intenso fue darme cuenta que sí, era verdad, estaba en Galápagos.

DÍA 2:

La primera excursión iba a ser a Santa Fe, una isla deshabitada al sureste de Santa Cruz y casi a medio camino de San Cristóbal. Para variar madrugamos y a las 7 de la mañana estábamos desayunando en el bar del puerto mientras el pueblo aún se estaba desperezando. El barco en el que íbamos a ir se llamaba Nelson como su dueño y aprendimos una de las primeras lecciones sobre transporte marítimo en las Galápagos: el precio es  el mismo tanto si el barco es nuevo y lustroso como una paterilla desvencijada. El Nelson era mucho más moderno y potente que el infausto Margrego (2 motores de 150 CV en lugar de 2 de 75 CV) y, literalmente, volaba sobre las olas. Y no sé si eso influyó o no, pero a pesar de los saltos y botes no hubo mareos y todo fueron sonrisas y suspiros de alivio.

En apenas hora y poco llegamos a Santa Fe que, como todas las islas del archipiélago que están deshabitadas y son reservas naturales, sólo se pueden visitar de manera organizada y con guía (eso nos dijeron al menos). Hicimos un desembarco mojado (saltar del barco al agua básicamente) en una pequeña playa en la que nos recibieron decenas de leones marinos. Todo un espectáculo. Mientras sacábamos fotos, los homenajeados ni se inmutaban; salvo cuando te acercabas a alguna hembra con crías y el llamado macho dominante salía disparado hacia ti con cara y sonidos guturales de pocos amigos.

Leones marinos en Santa Fe (Foto por Pablo Méndez)

Seguimos hacia el interior de la isla por un camino marcado y hacia un cerro que la domina. Mientras, nos iban contando detalles sobre la isla (por ejemplo que geológicamente es una de las más antiguas del archipiélago) y nos iban mostrando las diferentes especies endémicas de flora y fauna. Entre ellas la llamada iguana terrestre de Santa Fe es la que más me llamó la atención: grande (¡hasta 1 metro!) y de color terroso, casi de camuflaje. La vegetación es de clima seco, con cactus gigantes y palosantos. El paseo duró algo más de una hora y el tiempo estuvo bastante inestable, con nubes densas y plomizas que descargaban algún chispeo ocasional.

Y acabado el paseo llegó el momento de una de las cosas que tenía más ganas: el snorkel. Empezamos en la misma bahía a la que habíamos llegado con el barco. Éramos unos 12 e íbamos nadando más o menos en fila hasta el punto de recogida. Entre las rocas veíamos peces de distintos colores y tamaños, rayas que se enterraban en la arena al vernos y nos pasaban cerca leones marinos juguetones que nadaban con mucha más elegancia de la que se movían en tierra. 40 minutos duró el primer chapuzón y tras descansar un poco nos volvimos a tirar al agua cerca de un saliente rocoso de la isla, bastante más en mar abierto. En esta zona había más peces y eran más grandes, me lo estaba pasando de maravilla.

Un par de iguanas terrestres de Santa Fe

De repente giré la cabeza y me quedé helado: a pocos metros y viniendo hacia mi vi un tiburón enorme, y no precisamente uno de arrecife. Marta, Pietro y Pablo lo vieron también. Nos quedamos los 4 paralizados y maravillados. Miedo y fascinación. Primero le vimos de frente mientras se acercaba, ignorándonos (afortunadamente). Luego de perfil mientras nos rodeaba a cámara lenta y el corazón me latía desbocado. Es difícil decir cuánto medía, pero seguro que al menos más dos metros. Una vez pasado el shock me sentí indefenso y aperitivo fácil. Nadé lo más rápido que era capaz en dirección contraria hacia la que se desplazaba el bisho. Toda la escena no creo que durase más de un minuto, dos como mucho; pero es de esas cosas que no se me/nos olvidarán. Entiendo que al que haya nadado con tiburones en sitios como Australia le parecerá poco menos que una niñería, pero yo nunca había visto un tiburón “de verdad” pasar rozándome. Verlo tan cerca y mientras hacía snorkel no entraba en el guión y me impresionó mucho.

Al volver al barco nos dijeron que casi seguro que era un tiburón toro. Normalmente no se acercan tanto a la costa de las islas, pero que tampoco era algo demasiado raro. Como tienen mucha comida (es decir, otros animales a los que comerse) no atacan a los humanos en esta zona, a pesar de ser una de las especies más agresivas de escualos.

Aún me tiré una tercera vez y resultó ser la mejor de todas tiburón aparte: grandes bancos de peces que se movían en sincronía perfecta como respondiendo a un silbato militar, muchos peces de colores junto a las rocas, plantas que se mecían al vaiven de la corriente, enormes estrellas de mar, erizos gigantes… Estuve casi una hora y arrugado como un garbanzo volví al barco con una de las sonrisas mas grandes que recuerdo. De vuelta a Santa Cruz aún nos dio para ver a dos tortugas grandes copulando (según el guía, yo sólo las veía muy cerquita una de la otra) y me tiré una vez más, sumergiéndome para verlas nadar y alejarse poco a poco, supongo que con el punto algo cortado. No susprise el tiburón fue el centro de todas las conversaciones y repetíamos la historia una y otra vez sin cansarnos. Regresamos a las 4 de la tarde, el día había abierto y hacía un solecito muy agradable.

Cogimos un taxi y nos fuimos a la playa de los Alemanes, una cala rodeada de manglares con arena fina y llena de corales. En los alrededores había un hotel y varias casas grandes. Junto a la playa estaba una formación denominada las Grietas, que era eso mismo: unas grietas en las rocas en las que se filtra el agua dulce y se junta con la del mar, formando una poza de agua transparente y estrecha (40 metros de largo por 3-4 de ancho).

Las grietas en Santa Cruz

El maravilloso primer día completo en Galapagos terminó con una espectacular barbacoa nocturna en el jardin de la casa mientras comentábamos las mejores jugadas del día. A las 10 de la noche ya no podía ni levantar los parpados y me fui a dormir con esa sensación de plenitud que dejan los días que sientes como únicos.

DIA 3:

El plan para el tercer día era un poco más tranquilo: explorar Santa Cruz y por la tarde irnos a otra isla, Isabela. Nos quedamos en cama hasta un poco mas tarde de lo habitual y, tras un desayuno relajado, pillamos un taxi para ir a ver los Gemelos. Los Gemelos son dos cráteres casi contiguos que se formaron al colapsarse el techo de una cámara de magma. Están en pleno centro de la isla y en las llamadas tierras altas, a unos cientos de metros de altitud. A medida que ibamos subiendo en el taxi la vegetación se volvía más densa por el microclima tropical. Fue un poco una sorpresa, porque la imagen que tenía de las Galápagos era de islas volcánicas áridas, un poco como Santa Fe.

Entramos en la zona que es parque natural protegido y caminamos por un sendero que llevaba alrededor del cráter más grande de los Gemelos. Había nubes bajas alrededor nuestra que dejaban una lluvia finísima (la llamada Garua) que se pegaba a la ropa. No se podía bajar al interior de los cráteres, dónde había bosques de escalesias, uno de los más conocidos ejemplos de planta endémica de las Galápagos ya que hay hasta 14 especies diferentes en las islas adaptadas a sus respectivos entornos.

La siguente parada fue la reserva de tortugas de “El Chato”. La reserva es un espacio abierto en una zona pantanosa y muy verde, aún en la parte alta de la isla. Nos dijeron que hay unas 4000 tortugas en estado salvaje en la reserva y zonas contiguas. Vimos muchas tortugas gigantes moviéndose lentamente a través del fango o descansando en las charcas. Algunas de las tortugas llegan a pesar 300 kilos. Tenían algunos caparazones vacios en una caseta y me sorprendió que la columna vertebral estuviese soldada a la parte de arriba del caparazón.

Galápagos en la reserva El Chato

La última parada del dia en Santa Cruz fue para ver uno de los túneles de lava de la isla. Exacavado de manera natural, tiene 600 metros de largo con el ancho y la altura variables. En la parte más amplia parecía hecho por una tuneladora, se podía ir en grupo andando en paralelo, mientras que en otras zonas había que ir de uno en uno y agachándose.

En el túnel de lava

Regresamos a Puerto Ayora en el taxi y llegó la hora de irnos a Isabela. Esta vez la lancha tenía un nombre inusualmente profundo, Doctor Freud, y por desgracia sólo dos motores de 75 CV, con lo que sabíamos que nos esperaba una travesía el doble de larga de lo que nos dijesen. Y otra vez se hizo eterna, con el barco hasta los topes pero sin mareos. Lo de los capitanes de barco de Galápagos con la aritmética básica debe ser un problema común y no sólo el del Margrego, porque el capitán dijo al puerto que éramos 12 adultos más dos niños y yo conté 22 personas en total. El mar estaba agitado y la entrada al puerto de Puerto Villamil fue una locura, intentando esquivar olas enormes y rocas por todas partes. El capitán no tuvo mejor idea que decirnos todo orgulloso que la aproximación era una maniobra peligrosa pero que teníamos mucha suerte de que él estuviese al mando. Yo hubiese preferido al capitan Kirk la verdad, pero al final entramos sin incidentes y tuvimos que aguantar más pavoneo del capitán mientras lo fulminábamos con la mirada.

Isabela es la más grande de las Islas Galápagos pero apenas tiene unos 2000 habitantes, casi todos viviendo en la capital Puerto Villamil. La impresión que nos llevamos al llegar fue estupenda, quizás mucho más parecido a la imagen previa del Galapagos remoto que teniamos en mente: agua turquesa y transparente en la bahía de entrada, un puerto pequeño con barcos de vela y pesqueros, calles de arena y tierra, casas de madera. Y todo muy calmado y tranquilo. Claramente mucho menos turístico que Puerto Ayora y Santa Cruz.

Nos contaron que Isabela estaba haciendo un gran esfuerzo por atraer parte del cada vez mayor número de turistas que van a las Galápagos, y la verdad es que el trato y las facilidades fueron excelentes. Nos recogieron en el puerto y nos dio la bienvenida Antonio Gil, que parecía ser una especie de padrino en la isla. Nos llevaron directamente a uno de sus bungalows (estaban construyendo más alrededor para aumentar la capacidad hotelera) pero declinamos amablemente porque queríamos decidir por nosotros mismos. Acabamos en un hotel precioso llamado La Ballena Azul que tenía las habitaciones/casitas al borde mismo de la playa. Apenas había nadie (creo que éramos los únicos clientes pero no estoy seguro del todo) y el ambiente era muy relajado.

Dimos un paseo para familiriarizarnos con el pueblo (no llevó demasiado) y por apenas $10 nos dimos un fiestón en forma de estupenda parrillada de marisco en el restaurante La Choza. Como no había demasiado que hacer por la noche y además estaba reventado, me fui temprano a la cama dónde me quedé dormido con el mar casi entrando por la rendija de la puerta y sonando como si la habitación estuviese llena de olas.

Aquí la segunda parte

7 comentarios en “Recuerdos de una semana en Galápagos (I)

    • A ver si hay suerte y puedes ir en un futuro proximo. Mi unica pega es que aun no podia bucear. Me pregunto si volvere de nuevo para hacer la opcion crucero por las islas mas lejanas. Gracias por comentario y un abrazo

  1. Excelente historia muchachos. Me ayudado a imaginar como es Galápagos en una semana. Las fotografías son hermosas, y los animales tan naturales; me encanta la idea de poder compartir con ellos en su hábitad.
    Un dato muy interesante para todas las operadoras de turismo y Ecuador.
    Un afectuoso saludo.
    Atentamente

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