viene de la primera parte

DÍA 4:

Mecido por las olas y la tranquilidad de Isabela conseguí dormir más y mejor que ningún otro día del viaje. Desayunamos como señores en La Ballena Azul y a las 7:30 nos vinieron a buscar para empezar la excursión. El plan del día prometía mucho: subir a caballo hasta el cráter del volcán Sierra Negra. Éramos un grupo de 11 personas entre ecuatorianos del continente y turistas extranjeros. Nos subieron en una camioneta y tardamos unos 45 minutos en llegar a un ranchito dónde estaban los caballos. Nos asignaron un caballo a cada uno y nos dijeron que daba igual si éramos buenos jinetes o no: los equinos se sabían el camino de memoria con lo que lo único que teníamos que hacer era intentar no caernos. Cuando nos estaban dando los caballos y ante nuestra sorpresa, el padre de una familia ecuatoriana que venía en la excursión dijo con voz tronante: “¡ a mí denme el más bravo nomás que yo crio caballos allá en Cuenca!”. Dicho esto saltó sobre el caballo que le dieron como uno de esos que doblan escenas peligrosas en las pelis del oeste y lo puso al galope de un lado a otro. El pobre caballo que estaba tan tranquilo probablemente esperando turistas medio empanados como nosotros, iba con la lengua fuera y tenía una cara de “vaya suerte la mía” que no se le quitó en todo el día. Hizo más kilómetros que el resto de jacos juntos.

El resplandeciente sol que lucía cuando empezamos a cabalgar desapareció al poco de ponernos en marcha y meternos en la zona de microclima tropical. Desde ese momento y mientras subíamos por la ladera del volcán tuvimos lluvia y viento, lo que hizo el paseo bastante incómodo. Los caballos resbalaban continuamente en el fango y había que agarrarse fuerte. El momento más divertido fue cuando el caballo de Pietro tuvo la ocurrencia de darle un mordisco a Marta en la pierna y ella le echó una bronca tremenda (a Pietro, no al caballo) como si hubiese sido culpa suya. La cara de perplejidad del pobre Pietro (el hombre que no susurraba a los caballos) era un poema mientras Pablo y yo intentábamos aguantar la risa.

Cráter del Sierra Negra

Cráter del Sierra Negra

A la hora y media de parsimoniosa cabalgata llegamos al borde del cráter: 1124 metros de altitud. Ya habíamos atravesado las nubes bajas y volvía a lucir el sol. La enorme caldera (unos 9 x 7 kilómetros) tenía en su interior vegetación abundante cubierta por una espesa neblina sobre la que aparecía intermitentemente un arcoíris bien definido. Seguimos bordeando el perímetro y desmontamos al llegar a la zona del llamado Volcán Chico. Allí, y rodeados de un espectacular paisaje lunar ya que había varias capas de lava reciente, nuestro guía Joseph (que como el resto de la gente de Isabela fueron muy agradables y se esforzaban denodadamente por hacer la vida más fácil a los visitantes) nos explicó con detalle los orígenes geológicos del volcán y de la isla. Las vistas del océano eran impresionantes y daba una sensación de tranquilidad total. A instancias de Joseph metimos las manos en el interior de los huecos que dejaban las rocas y estaban calientes. Nos dijeron que era porque probablemente se estuviese gestando la próxima erupción (la última había sido 16 años antes) y que tardaría entre unos cuantos meses a un par de años. Se ve que el volcán tenía prisa porque apenas unas semanas más tarde el Sierra Negra reventó dejando imágenes espectaculares.

Volcán Chico

Volcán Chico

La vuelta se hizo larguísima entre el frío, la lluvia, el cansancio y la falta de costumbre de ir a caballo, que para colmo seguían resbalando contantemente. Llegamos a la camioneta jurando que el próximo volcán lo subíamos a pie o cargando nosotros al caballo y a media tarde estábamos de vuelta en la zona del puerto. La segunda parte de la excursión consistió en cruzar en una lancha hasta una laguna de color turquesa intenso rodeada de manglares. En la laguna desembocaba un canal natural de piedra de apenas un par de metros de ancho llamado “la senda de las tintoreras” dónde  había decenas de tiburones de arrecife de punta blanca yendo y viniendo relajadamente. En las paredes de roca se apiñaban multitud de iguanas marinas (más pequeñas que las terrestres y de color oscuro) unas encima de otras para darse calor.  En la desierta playa de arena fina retozaban unos pocos leones marinos. A pesar de que el día estaba desapacible y bastante fresco nos decidimos a tirarnos al agua para hacer snorkel. Aparte de los ya mencionados tiburones de arrecife había rayas, tortugas y peces de diversos tamaños aunque la visibilidad era muy escasa y no se podían apreciar bien. Duramos poco. En el trayecto de vuelta paramos frente a un islote enfrente del puerto en el que había una colonia de pingüinos de las Galápagos, endémico de las islas y la única especie de pingüino que vive al norte del Ecuador, y los estuvimos observando un rato entre tiritones de frio.

Para la cena nos apetecía darnos un homenaje y preguntamos en La Ballena Azul por el mejor sitio para comer una langosta a la parrilla. El amable señor nos respondió: “aquí mismo, no les decepcionaremos”. Decidimos quedarnos y fue un éxito clamoroso, una de las mejores que he tomado nunca y por el módico precio de $15. A las ocho y media de la tarde era incapaz de mantener los ojos abiertos y me quedé dormido casi sin enterarme.

DÍA 5:

Nos despedimos de Isabela con otro madrugón escalofriante (a las 5 am ya estábamos en pie) y nos subimos a la lancha que para nuestra alegría tenía 2 motores de 150 CV. El capitán nos dijo que el mar estaba muy bravo y que nos agarrásemos bien. La lancha iba a toda velocidad y pegando unos saltos descomunales en los que notábamos cómo a veces nos quedábamos suspendidos en el aire sin tocar el agua durante unos segundos. Dado que estábamos ya hechos unos lobos de mar a esas alturas no hubo mareos a bordo y ni siquiera nos importó que entrase agua por todas partes. Sin embargo lo que más recuerdo del viaje fue como me impresionaron los peces voladores. Era increíble verlos planear fuera del agua mucho más rato y más alto de lo que me hubiese imaginado. Un espectáculo precioso.

Al llegar a Puerto Ayora 3 horas más tarde (no quiero ni imaginarme cuánto hubiésemos tardado en una de las otras lanchas con la mitad de potencia) la entrada al puerto estaba cubierta de maderas y trozos desperdigados de lo que había sido hasta hace poco un barco. El temporal había estrellado contra las rocas y despedazado el que era el barco más viejo de todos los que quedaban en las Galápagos. Tenía unos 100 años y llevaba en servicio en las islas desde los 60. En el momento del accidente había 16 personas a bordo que tras saltar al agua habían conseguido llegar a la orilla sanas y salvas. El puerto estaba lleno de gente comentando el suceso y bastante apenados por el viejo compañero de travesías mientras algunos de los del pueblo se afanaban en recuperar lo salvable. Al llegar a casa nosotros también tuvimos una pequeña tragedia: no habíamos sellado bien las bolsas y las mochilas y se nos había empapado TODO: pasaportes, carteras, libros, ropa…

Decidimos tomarnos el día con tranquilidad y pasarlo de relax en la playa de Tortuga Bay. Compramos unos exquisitos ceviches de pulpo (mi descubrimiento culinario particular, los hubiese tomado a diario de desayuno, comida y cena) en un local del puerto y nos pusimos en camino. Tras registrarnos en la caseta para entrar en la zona natural protegida, primero pasamos por la playa de aguas abiertas. El mar rugía enrabietado y las grandes olas y la resaca eran bonitas de ver pero no invitaban a intentar darse un baño. Seguimos caminando y al cabo de 20 minutos llegamos a una cala protegida del viento y con el agua en calma. Tenía forma de media luna con espesos manglares rodeándola y no había nadie. Junto a los manglares vimos multitud de tiburones de arrecife e iguanas marinas caóticamente apiladas como en Isabela.

Iguanas Marinas

Otra tapa de ceviche por favor!

Otra tapa de ceviche por favor!

Después de un buen rato de relax, al ir a comer, nos encontramos con que una rata de campo se había metido, literalmente, en una de las cajas de ceviche y se lo estaba comiendo tranquilamente. Lo curioso es que la tía no nos tenía miedo ninguno. Se alejaba unos metros cuándo intentábamos asustarla pero se quedaba al lado esperando a que nos despistásemos otra vez y poder seguir con el almuerzo. El problema de tener sólo la mitad de la comida lo solucionó Pablo al decir que el ver una rata zampándose nuestro ceviche le había quitado el apetito. Yo me lo comí con el mismo gusto de siempre (el que no había tocado el roedor, claro, que uno tiene sus límites). Al rato apareció un chico de Nueva Zelanda que nos contó que llevaba desde hacía muchos años trabajando 6 meses al año de autónomo (era administrador de IT) y los otros 6 meses viajando solo. Pasamos un rato muy agradable charlando con él mientras nos deleitaba con sus múltiples aventuras y nos daba (un poco) de envidia.

Por cierto, ya voy por el quinto día y aún no he mencionado a los llamativos, simpáticos, omnipresentes y famosísimos boobies o piqueros de patas azules. Es  uno de los animales más emblemáticos de Galápagos (se estima que la mitad de todos lo que hay en el mundo están aquí) y una de las estrellas del merchandising local. Los vimos en islotes y en zonas rocosas de la costa de casi todas las islas . Y hace honor a su nombre: sus patas son de un azul tan perfecto que realmente parece que se les pintaron a propósito para los turistas como nos decían algunos de los lugareños.

Los famosos boobies

Los famosos boobies

Por la noche ingerimos una rápida hamburguesa para cenar y dimos un paseo viendo alguna tienda que otra. En una de ellas me dio un apretón incontenible (mirar en la frase anterior el contenido de la cena) y le pregunté a la dependienta si tenían baño. Dudando me dijo: “si, pero es sólo para el personal”. Antes de que acabase la frase yo ya había dicho “¡estupendo!” y estaba sentado en el retrete. Al acabar la insigne faena descubrí al ir a tirar de la cadena que no funcionaba. Asomé la cabeza por la puerta entreabierta e informé a la dependienta con mi mejor sonrisa del pequeño percance técnico . Cuando la chica iba hacia el baño con indisimulada cara de espanto nos miramos los unos a los otros y aprovechamos para salir por patas. No compramos nada por cierto, pedazo de negocio le hicimos. Mis compañeros de viaje aún me recuerdan el incidente después de tantos años, yo espero que la chica me haya perdonado. La carrera al escapar de la tienda y el enésimo madrugón nos pasaron factura y nos fuimos a la cama temprano cayendo rendidos como la noche anterior.

DÍA 6:

Nuevo día, nueva excursión y nuevo madrugón. A las 5 de la mañana en planta para pasar la jornada visitando otra de las islas: Bartolomé. Nos recogió un autobús a las 5:30 para llevarnos al norte de la isla por carretera y coger un barco en el estrecho que hay entre Santa Cruz y Baltra. Esta vez era más barco que lancha, con dos pisos y de mayor tamaño que los anteriores en los que habíamos ido. En el grupo éramos unos 20 de diferentes nacionalidades. El mar estaba en calma y la travesía fue tranquila y agradable. La única cosa digna de mención fue que al poco de dejar atrás las dos Daphnes (Mayor y Menor) vimos en la lejanía una orca, pero no nos pudimos acercar a observarla mejor. Al llegar a Bartolomé tras 3 horas de viaje el tiempo se había agriado un poco, con el cielo encapotado y rachas de viento.

Bartolomé es minúscula y muy bonita, con forma de caldera volcánica casi perfecta. El volcán está extinto y tiene las laderas salpicadas de los llamados cráteres secundarios o parásitos. La tierra era de diferentes colores y las tonalidades cambiaban cuando se filtraba algún rayo de sol entre las densas nubes. La vegetación era mínima, apenas algunos cactus de lava y arbustos aquí y allá. Cuando llegas a Galápagos en las agencias te dicen que Bartolomé es una de las visitas obligadas y la razón de ello es su famoso Pináculo, la imagen más conocida del archipiélago y la foto postal perfecta del viaje. Nos comentaron que en temporada alta suele ser uno de los sitios con más aglomeración de barcos pero ese día apenas éramos un par. Tras otro desembarco mojado subimos a lo alto del cráter en el que había un mirador. Las vistas eran fantásticas, con el Pináculo en primer plano y la isla de Santiago y el mar de fondo.

El Pinaculo desde el mirador de Bartolome

El Pináculo desde el mirador de Bartolomé

Iguana con el Pináculo de fondo (Foto por Pietro Belli)

Iguana con el Pináculo de fondo (Foto por Pietro Belli)

Bajamos del mirador y nos fuimos hasta las playas del estrecho istmo que conecta el Pináculo con la isla. El guía las llamó de manera un poco grandilocuente  “las bahías gemelas”, lo que no quita para que el sitio fuese precioso. Snorkel time! El grupo titubeó un poco pero Pablo y yo nos lanzamos al agua sin pensarlo mucho, los recuerdos de los días anteriores pesaban más que la rasca que hacía. El agua estaba bastante bastante fría, pero a cambio era cristalina y había muy buena visibilidad. Unas cuantas tortugas nadaban con parsimonia y elegancia en la parte poco profunda y las acompañamos durante un rato, contagiándonos de su tranquilidad. Había menos peces pero eran grandes y de colores vivos. Uno de los del grupo, Akira, tenía una cámara submarina y sacamos unas cuantas fotos bajo el agua que me hicieron mucha ilusión al ser la primera vez que conseguía llevarme un recuerdo de una jornada de snorkel.

Tortuga nadando

Desde una roca cercana nos observaban desinteresadamente un grupo de pingüinos y en la playa descansaban una docena de leones marinos. Éstos, una vez acostumbrados a nuestra presencia, se lanzaron al agua a juguetear con nosotros, nadando alrededor nuestra y a veces casi rozándonos. A pesar de tener que salirnos del agua cada poco por aquello de no congelarnos lo estábamos pasando tan bien que sin darnos cuenta dieron las 2 de la tarde y tocaba irse. Galápagos es uno de los sitios en los que realmente he sentido que siempre te deja con ganas de más. Durante el viaje de vuelta salió el sol, el mar estaba tranquilo y se estaba de lujo en la cubierta del barco mientras charlábamos agradablemente intercambiando impresiones con los otros del grupo. Me sentía feliz y relajado a pesar de las punzadas que me venían recordándome que el viaje se había acabado. Nos despedimos de Santa Cruz con pizzas, cervezas, una gran sonrisa y mucho agradecimiento.

Uno de los abundantes cangrejos zapaya (Foto por Pietro Belli)

Uno de los abundantes cangrejos zapaya (Foto por Pietro Belli)

DÍA 7 y epílogo:

Supongo que si el lector ha llegado a estas alturas del relato se podrá imaginar cómo empezó el día…  ¡madrugón! A las 5 arriba, que raro. Mientras me quitaba las legañas con una espátula me esforzaba por recordar otro viaje con tantos madrugones voluntarios seguidos y que además me lo hubiese pasado tan bien. Cuando despuntaba el alba nos subimos a la lancha Beleza, que nos sacó una sonrisa a todos al mostrarnos sus dos motores de 200 CV cada uno. El ultimo “paseo” en barco por las Galápagos duró 2 horas y media, tuvimos suerte y vino un grupo de delfines a despedirnos. Regresamos al punto de partida, Puerto Baquerizo Moreno en San Cristóbal, con tiempo  más que suficiente el vuelo de vuelta que salía a las 12:30. Desayunamos con tranquilidad y caminamos hacia el aeropuerto sin ninguna prisa. Llegué el primero al mostrador de TAME y me dijeron que habían cambiado el vuelo y que salía a las 11 (“se lo comunicamos ayer por email señor, ¿no lo leyeron?”). Como eran las 10:45 ya estaba cerrado y nos quedábamos en tierra.

Dado que no coger el vuelo suponía una catástrofe (perdíamos también el de vuelta a España y la posterior conexión a Londres) yo, que normalmente soy muy tranquilo, monté un pollo considerable y les dije que el avión no salía sin nosotros. Mientras, Pablo iba como el rayo a buscar a Marta y a Pietro que venían, literalmente, oliendo flores por el camino. Tras 5 minutos de acaloradas discusiones facturamos las maletas y salimos corriendo hacia el avión, al que llegamos cuando estaban retirando la escalerilla. Curiosamente un señor japonés con cara de despistado entró a la vez que nosotros y cuando estaba a punto de sentarse la azafata se dio cuenta de que su billete era para otro vuelo, así que trajeron la escalerilla de vuelta y lo mandaron de vuelta a la terminal, aunque cuando nos fuimos aún estaba allí en medio de la pista sin tener muy claro qué hacer. El vuelo fue tranquilo salvo porque aterrizamos mientras el cretino de delante hablaba por el móvil a pesar de los gritos de Pablo y míos para que lo apagase. Mientras bajábamos del casi jubilado 727 me preguntaba si volvería a Galápagos o no, algo que todavía sigo haciendo porque, como me dice Pablo a menudo: “parece mentira que fuésemos a Galápagos cuando aún no teníamos el PADI, hay que volver”.

Post dedicado a mis magníficos compañeros Pietro, Marta y Pablo por un viaje realmente inolvidable.

Pablo, Marta, yo, Pietro

Pablo, Marta, yo, Pietro