Submarinismo y Snorkel


viene de la primera parte

DÍA 4:

Mecido por las olas y la tranquilidad de Isabela conseguí dormir más y mejor que ningún otro día del viaje. Desayunamos como señores en La Ballena Azul y a las 7:30 nos vinieron a buscar para empezar la excursión. El plan del día prometía mucho: subir a caballo hasta el cráter del volcán Sierra Negra. Éramos un grupo de 11 personas entre ecuatorianos del continente y turistas extranjeros. Nos subieron en una camioneta y tardamos unos 45 minutos en llegar a un ranchito dónde estaban los caballos. Nos asignaron un caballo a cada uno y nos dijeron que daba igual si éramos buenos jinetes o no: los equinos se sabían el camino de memoria con lo que lo único que teníamos que hacer era intentar no caernos. Cuando nos estaban dando los caballos y ante nuestra sorpresa, el padre de una familia ecuatoriana que venía en la excursión dijo con voz tronante: “¡ a mí denme el más bravo nomás que yo crio caballos allá en Cuenca!”. Dicho esto saltó sobre el caballo que le dieron como uno de esos que doblan escenas peligrosas en las pelis del oeste y lo puso al galope de un lado a otro. El pobre caballo que estaba tan tranquilo probablemente esperando turistas medio empanados como nosotros, iba con la lengua fuera y tenía una cara de “vaya suerte la mía” que no se le quitó en todo el día. Hizo más kilómetros que el resto de jacos juntos.

El resplandeciente sol que lucía cuando empezamos a cabalgar desapareció al poco de ponernos en marcha y meternos en la zona de microclima tropical. Desde ese momento y mientras subíamos por la ladera del volcán tuvimos lluvia y viento, lo que hizo el paseo bastante incómodo. Los caballos resbalaban continuamente en el fango y había que agarrarse fuerte. El momento más divertido fue cuando el caballo de Pietro tuvo la ocurrencia de darle un mordisco a Marta en la pierna y ella le echó una bronca tremenda (a Pietro, no al caballo) como si hubiese sido culpa suya. La cara de perplejidad del pobre Pietro (el hombre que no susurraba a los caballos) era un poema mientras Pablo y yo intentábamos aguantar la risa.

Cráter del Sierra Negra

Cráter del Sierra Negra

A la hora y media de parsimoniosa cabalgata llegamos al borde del cráter: 1124 metros de altitud. Ya habíamos atravesado las nubes bajas y volvía a lucir el sol. La enorme caldera (unos 9 x 7 kilómetros) tenía en su interior vegetación abundante cubierta por una espesa neblina sobre la que aparecía intermitentemente un arcoíris bien definido. Seguimos bordeando el perímetro y desmontamos al llegar a la zona del llamado Volcán Chico. Allí, y rodeados de un espectacular paisaje lunar ya que había varias capas de lava reciente, nuestro guía Joseph (que como el resto de la gente de Isabela fueron muy agradables y se esforzaban denodadamente por hacer la vida más fácil a los visitantes) nos explicó con detalle los orígenes geológicos del volcán y de la isla. Las vistas del océano eran impresionantes y daba una sensación de tranquilidad total. A instancias de Joseph metimos las manos en el interior de los huecos que dejaban las rocas y estaban calientes. Nos dijeron que era porque probablemente se estuviese gestando la próxima erupción (la última había sido 16 años antes) y que tardaría entre unos cuantos meses a un par de años. Se ve que el volcán tenía prisa porque apenas unas semanas más tarde el Sierra Negra reventó dejando imágenes espectaculares.

Volcán Chico

Volcán Chico

La vuelta se hizo larguísima entre el frío, la lluvia, el cansancio y la falta de costumbre de ir a caballo, que para colmo seguían resbalando contantemente. Llegamos a la camioneta jurando que el próximo volcán lo subíamos a pie o cargando nosotros al caballo y a media tarde estábamos de vuelta en la zona del puerto. La segunda parte de la excursión consistió en cruzar en una lancha hasta una laguna de color turquesa intenso rodeada de manglares. En la laguna desembocaba un canal natural de piedra de apenas un par de metros de ancho llamado “la senda de las tintoreras” dónde  había decenas de tiburones de arrecife de punta blanca yendo y viniendo relajadamente. En las paredes de roca se apiñaban multitud de iguanas marinas (más pequeñas que las terrestres y de color oscuro) unas encima de otras para darse calor.  En la desierta playa de arena fina retozaban unos pocos leones marinos. A pesar de que el día estaba desapacible y bastante fresco nos decidimos a tirarnos al agua para hacer snorkel. Aparte de los ya mencionados tiburones de arrecife había rayas, tortugas y peces de diversos tamaños aunque la visibilidad era muy escasa y no se podían apreciar bien. Duramos poco. En el trayecto de vuelta paramos frente a un islote enfrente del puerto en el que había una colonia de pingüinos de las Galápagos, endémico de las islas y la única especie de pingüino que vive al norte del Ecuador, y los estuvimos observando un rato entre tiritones de frio.

Para la cena nos apetecía darnos un homenaje y preguntamos en La Ballena Azul por el mejor sitio para comer una langosta a la parrilla. El amable señor nos respondió: “aquí mismo, no les decepcionaremos”. Decidimos quedarnos y fue un éxito clamoroso, una de las mejores que he tomado nunca y por el módico precio de $15. A las ocho y media de la tarde era incapaz de mantener los ojos abiertos y me quedé dormido casi sin enterarme.

DÍA 5:

Nos despedimos de Isabela con otro madrugón escalofriante (a las 5 am ya estábamos en pie) y nos subimos a la lancha que para nuestra alegría tenía 2 motores de 150 CV. El capitán nos dijo que el mar estaba muy bravo y que nos agarrásemos bien. La lancha iba a toda velocidad y pegando unos saltos descomunales en los que notábamos cómo a veces nos quedábamos suspendidos en el aire sin tocar el agua durante unos segundos. Dado que estábamos ya hechos unos lobos de mar a esas alturas no hubo mareos a bordo y ni siquiera nos importó que entrase agua por todas partes. Sin embargo lo que más recuerdo del viaje fue como me impresionaron los peces voladores. Era increíble verlos planear fuera del agua mucho más rato y más alto de lo que me hubiese imaginado. Un espectáculo precioso.

Al llegar a Puerto Ayora 3 horas más tarde (no quiero ni imaginarme cuánto hubiésemos tardado en una de las otras lanchas con la mitad de potencia) la entrada al puerto estaba cubierta de maderas y trozos desperdigados de lo que había sido hasta hace poco un barco. El temporal había estrellado contra las rocas y despedazado el que era el barco más viejo de todos los que quedaban en las Galápagos. Tenía unos 100 años y llevaba en servicio en las islas desde los 60. En el momento del accidente había 16 personas a bordo que tras saltar al agua habían conseguido llegar a la orilla sanas y salvas. El puerto estaba lleno de gente comentando el suceso y bastante apenados por el viejo compañero de travesías mientras algunos de los del pueblo se afanaban en recuperar lo salvable. Al llegar a casa nosotros también tuvimos una pequeña tragedia: no habíamos sellado bien las bolsas y las mochilas y se nos había empapado TODO: pasaportes, carteras, libros, ropa…

Decidimos tomarnos el día con tranquilidad y pasarlo de relax en la playa de Tortuga Bay. Compramos unos exquisitos ceviches de pulpo (mi descubrimiento culinario particular, los hubiese tomado a diario de desayuno, comida y cena) en un local del puerto y nos pusimos en camino. Tras registrarnos en la caseta para entrar en la zona natural protegida, primero pasamos por la playa de aguas abiertas. El mar rugía enrabietado y las grandes olas y la resaca eran bonitas de ver pero no invitaban a intentar darse un baño. Seguimos caminando y al cabo de 20 minutos llegamos a una cala protegida del viento y con el agua en calma. Tenía forma de media luna con espesos manglares rodeándola y no había nadie. Junto a los manglares vimos multitud de tiburones de arrecife e iguanas marinas caóticamente apiladas como en Isabela.

Iguanas Marinas

Otra tapa de ceviche por favor!

Otra tapa de ceviche por favor!

Después de un buen rato de relax, al ir a comer, nos encontramos con que una rata de campo se había metido, literalmente, en una de las cajas de ceviche y se lo estaba comiendo tranquilamente. Lo curioso es que la tía no nos tenía miedo ninguno. Se alejaba unos metros cuándo intentábamos asustarla pero se quedaba al lado esperando a que nos despistásemos otra vez y poder seguir con el almuerzo. El problema de tener sólo la mitad de la comida lo solucionó Pablo al decir que el ver una rata zampándose nuestro ceviche le había quitado el apetito. Yo me lo comí con el mismo gusto de siempre (el que no había tocado el roedor, claro, que uno tiene sus límites). Al rato apareció un chico de Nueva Zelanda que nos contó que llevaba desde hacía muchos años trabajando 6 meses al año de autónomo (era administrador de IT) y los otros 6 meses viajando solo. Pasamos un rato muy agradable charlando con él mientras nos deleitaba con sus múltiples aventuras y nos daba (un poco) de envidia.

Por cierto, ya voy por el quinto día y aún no he mencionado a los llamativos, simpáticos, omnipresentes y famosísimos boobies o piqueros de patas azules. Es  uno de los animales más emblemáticos de Galápagos (se estima que la mitad de todos lo que hay en el mundo están aquí) y una de las estrellas del merchandising local. Los vimos en islotes y en zonas rocosas de la costa de casi todas las islas . Y hace honor a su nombre: sus patas son de un azul tan perfecto que realmente parece que se les pintaron a propósito para los turistas como nos decían algunos de los lugareños.

Los famosos boobies

Los famosos boobies

Por la noche ingerimos una rápida hamburguesa para cenar y dimos un paseo viendo alguna tienda que otra. En una de ellas me dio un apretón incontenible (mirar en la frase anterior el contenido de la cena) y le pregunté a la dependienta si tenían baño. Dudando me dijo: “si, pero es sólo para el personal”. Antes de que acabase la frase yo ya había dicho “¡estupendo!” y estaba sentado en el retrete. Al acabar la insigne faena descubrí al ir a tirar de la cadena que no funcionaba. Asomé la cabeza por la puerta entreabierta e informé a la dependienta con mi mejor sonrisa del pequeño percance técnico . Cuando la chica iba hacia el baño con indisimulada cara de espanto nos miramos los unos a los otros y aprovechamos para salir por patas. No compramos nada por cierto, pedazo de negocio le hicimos. Mis compañeros de viaje aún me recuerdan el incidente después de tantos años, yo espero que la chica me haya perdonado. La carrera al escapar de la tienda y el enésimo madrugón nos pasaron factura y nos fuimos a la cama temprano cayendo rendidos como la noche anterior.

DÍA 6:

Nuevo día, nueva excursión y nuevo madrugón. A las 5 de la mañana en planta para pasar la jornada visitando otra de las islas: Bartolomé. Nos recogió un autobús a las 5:30 para llevarnos al norte de la isla por carretera y coger un barco en el estrecho que hay entre Santa Cruz y Baltra. Esta vez era más barco que lancha, con dos pisos y de mayor tamaño que los anteriores en los que habíamos ido. En el grupo éramos unos 20 de diferentes nacionalidades. El mar estaba en calma y la travesía fue tranquila y agradable. La única cosa digna de mención fue que al poco de dejar atrás las dos Daphnes (Mayor y Menor) vimos en la lejanía una orca, pero no nos pudimos acercar a observarla mejor. Al llegar a Bartolomé tras 3 horas de viaje el tiempo se había agriado un poco, con el cielo encapotado y rachas de viento.

Bartolomé es minúscula y muy bonita, con forma de caldera volcánica casi perfecta. El volcán está extinto y tiene las laderas salpicadas de los llamados cráteres secundarios o parásitos. La tierra era de diferentes colores y las tonalidades cambiaban cuando se filtraba algún rayo de sol entre las densas nubes. La vegetación era mínima, apenas algunos cactus de lava y arbustos aquí y allá. Cuando llegas a Galápagos en las agencias te dicen que Bartolomé es una de las visitas obligadas y la razón de ello es su famoso Pináculo, la imagen más conocida del archipiélago y la foto postal perfecta del viaje. Nos comentaron que en temporada alta suele ser uno de los sitios con más aglomeración de barcos pero ese día apenas éramos un par. Tras otro desembarco mojado subimos a lo alto del cráter en el que había un mirador. Las vistas eran fantásticas, con el Pináculo en primer plano y la isla de Santiago y el mar de fondo.

El Pinaculo desde el mirador de Bartolome

El Pináculo desde el mirador de Bartolomé

Iguana con el Pináculo de fondo (Foto por Pietro Belli)

Iguana con el Pináculo de fondo (Foto por Pietro Belli)

Bajamos del mirador y nos fuimos hasta las playas del estrecho istmo que conecta el Pináculo con la isla. El guía las llamó de manera un poco grandilocuente  “las bahías gemelas”, lo que no quita para que el sitio fuese precioso. Snorkel time! El grupo titubeó un poco pero Pablo y yo nos lanzamos al agua sin pensarlo mucho, los recuerdos de los días anteriores pesaban más que la rasca que hacía. El agua estaba bastante bastante fría, pero a cambio era cristalina y había muy buena visibilidad. Unas cuantas tortugas nadaban con parsimonia y elegancia en la parte poco profunda y las acompañamos durante un rato, contagiándonos de su tranquilidad. Había menos peces pero eran grandes y de colores vivos. Uno de los del grupo, Akira, tenía una cámara submarina y sacamos unas cuantas fotos bajo el agua que me hicieron mucha ilusión al ser la primera vez que conseguía llevarme un recuerdo de una jornada de snorkel.

Tortuga nadando

Desde una roca cercana nos observaban desinteresadamente un grupo de pingüinos y en la playa descansaban una docena de leones marinos. Éstos, una vez acostumbrados a nuestra presencia, se lanzaron al agua a juguetear con nosotros, nadando alrededor nuestra y a veces casi rozándonos. A pesar de tener que salirnos del agua cada poco por aquello de no congelarnos lo estábamos pasando tan bien que sin darnos cuenta dieron las 2 de la tarde y tocaba irse. Galápagos es uno de los sitios en los que realmente he sentido que siempre te deja con ganas de más. Durante el viaje de vuelta salió el sol, el mar estaba tranquilo y se estaba de lujo en la cubierta del barco mientras charlábamos agradablemente intercambiando impresiones con los otros del grupo. Me sentía feliz y relajado a pesar de las punzadas que me venían recordándome que el viaje se había acabado. Nos despedimos de Santa Cruz con pizzas, cervezas, una gran sonrisa y mucho agradecimiento.

Uno de los abundantes cangrejos zapaya (Foto por Pietro Belli)

Uno de los abundantes cangrejos zapaya (Foto por Pietro Belli)

DÍA 7 y epílogo:

Supongo que si el lector ha llegado a estas alturas del relato se podrá imaginar cómo empezó el día…  ¡madrugón! A las 5 arriba, que raro. Mientras me quitaba las legañas con una espátula me esforzaba por recordar otro viaje con tantos madrugones voluntarios seguidos y que además me lo hubiese pasado tan bien. Cuando despuntaba el alba nos subimos a la lancha Beleza, que nos sacó una sonrisa a todos al mostrarnos sus dos motores de 200 CV cada uno. El ultimo “paseo” en barco por las Galápagos duró 2 horas y media, tuvimos suerte y vino un grupo de delfines a despedirnos. Regresamos al punto de partida, Puerto Baquerizo Moreno en San Cristóbal, con tiempo  más que suficiente el vuelo de vuelta que salía a las 12:30. Desayunamos con tranquilidad y caminamos hacia el aeropuerto sin ninguna prisa. Llegué el primero al mostrador de TAME y me dijeron que habían cambiado el vuelo y que salía a las 11 (“se lo comunicamos ayer por email señor, ¿no lo leyeron?”). Como eran las 10:45 ya estaba cerrado y nos quedábamos en tierra.

Dado que no coger el vuelo suponía una catástrofe (perdíamos también el de vuelta a España y la posterior conexión a Londres) yo, que normalmente soy muy tranquilo, monté un pollo considerable y les dije que el avión no salía sin nosotros. Mientras, Pablo iba como el rayo a buscar a Marta y a Pietro que venían, literalmente, oliendo flores por el camino. Tras 5 minutos de acaloradas discusiones facturamos las maletas y salimos corriendo hacia el avión, al que llegamos cuando estaban retirando la escalerilla. Curiosamente un señor japonés con cara de despistado entró a la vez que nosotros y cuando estaba a punto de sentarse la azafata se dio cuenta de que su billete era para otro vuelo, así que trajeron la escalerilla de vuelta y lo mandaron de vuelta a la terminal, aunque cuando nos fuimos aún estaba allí en medio de la pista sin tener muy claro qué hacer. El vuelo fue tranquilo salvo porque aterrizamos mientras el cretino de delante hablaba por el móvil a pesar de los gritos de Pablo y míos para que lo apagase. Mientras bajábamos del casi jubilado 727 me preguntaba si volvería a Galápagos o no, algo que todavía sigo haciendo porque, como me dice Pablo a menudo: “parece mentira que fuésemos a Galápagos cuando aún no teníamos el PADI, hay que volver”.

Post dedicado a mis magníficos compañeros Pietro, Marta y Pablo por un viaje realmente inolvidable.

Pablo, Marta, yo, Pietro

Pablo, Marta, yo, Pietro

Muy pocos lugares en todo el planeta han conseguido colarse en el imaginario popular como el paradigma de sitio remoto o la definición misma de uno de los confines del mundo como las Islas Galápagos. Desde que Darwin las puso en el mapa y en la Historia, las Galápagos (cuya denominación oficial es Archipiélago de Colón) tienen un aura auténticamente legendaria para cualquier viajero.

Hablando con otra gente que ha ido a Galápagos, sobre todo desde Europa y Asia, te suelen contar que fue la culminación de un sueño. Un viaje que habían pensado, madurado y planeado desde hacía muchísimo tiempo. Podría ponerme existencial y dramático y decir lo mismo pero la verdad es que la oportunidad de ir a Galápagos se presentó de  manera fortuita y no era un destino que tuviese en mente.

Pero si recuerdo bien el manual del buen viajero dice en su primera página que cuando se presenta una buena oportunidad hay que aprovecharla sin pensar demasiado, ¿no? Así que cuando a mediados de 2005 Marta me dijo que su hermano Jesús iba a estar un par de meses en Galápagos a partir de agosto con una beca de investigación, tomamos la decisión de ir en minutos y sin darle demasiadas vueltas a si era la mejor época del año o algún otro detalle por el estilo.

Iguana en Santa Cruz (Foto por Pietro Belli)

Íbamos a ser un grupo de cuatro: Marta, Pietro, Pablo y yo. Pablo y yo no viajábamos juntos desde la inolvidable experiencia del Interrail del 97 y era un aliciente más. El plan: ir a Ecuador 15 días a principios de septiembre pasando una semana en la parte continental con coche alquilado y otra semana en Galápagos, más un día visitando Bogotá aprovechando la escala. Compramos los billetes a finales de Mayo y entre unas cosas y otras apenas preparamos nada durante los meses siguientes ya que teníamos las excusa perfecta: “Como el hermano de Marta estará allí seguro que lo sabrá todo y más”. Ese fue el mantra de la (escasa) preparación, sobre todo cuando nos daba pereza.

Después de una semana en Huelva disfrutando de la playa fui a Madrid, punto de encuentro del grupo. El vuelo fue en un Boeing 767 de Avianca hasta Bogotá y tras una escala corta embarcamos en un MD-83 que nos dejó en Quito en un par de horas. Ecuador hizo el número 32 en mi lista de países visitados. Los días en Ecuador continental fueron fantásticos y el país es mucho más bonito de lo que esperábamos, pero ese un tema para otro post. Los días pasaron volando y casi sin darnos cuenta llegó el sábado 10 de Septiembre, fecha marcada en el calendario desde hacía meses para poner rumbo a las Galápagos.

DÍA 1:

El día empezó con algo que se iba a convertir en una constante durante el viaje, un pedazo de madrugón. El vuelo era con TAME y antes del viaje había leído que estaban renovando la flota con Embraer brasileños. Pero lo que nos encontramos al ir a embarcar fue un vetusto Boeing 727 con pinta de llevar activo desde los tiempos de Lindbergh. Era la primera vez que me montaba en uno y me temo que al menos los primeros minutos de vuelo no los olvidaré nunca. No sé si fue o me pareció el despegue más a cámara lenta de todos los que había hecho en mi vida y me intranquilicé (claro eufemismo de otra cosa) un poco. Además, Quito está sobre una enorme plataforma rocosa en la ladera del volcán Pichincha y, literalmente, se acaba al poco de despegar, dejándote suspendido sobre un enorme vacio que se te mete en el estómago.

Camino de Guayaquil donde hacíamos escala vimos el imponente pico del Chimborazo emergiendo entre las nubes. El despegue desde Guayaquil fue menos impactante y tras dos horas de plácido vuelo aterrizamos en la isla de San Cristóbal, la más oriental de las Galápagos. Normalmente se vuela al aeropuerto de la isla de Baltra pero estaba cerrado por reformas. El aeropuerto era muy pequeño y el sistema de recogida de equipajes un tanto rupestre: llegó un camión cargado con las maletas y las volcó en el suelo para que los pasajeros, abriéndonos paso a codazos, luchásemos en medio del caos por encontrar nuestro equipaje del enorme montón. Una vez con las mochilas en nuestro poder pasamos por inmigracion dónde, tras abonar la nada despreciable cifra de US$100 en metálico, entramos oficialmente en las Galápagos. Cojimos un taxi hasta Puerto Baquerizo Moreno y empezamos a preguntar por barcos que nos llevasen hasta Puerto Ayora, en la isla de Santa Cruz, que iba a ser nuestra base de operaciones.

El barco, más bien una lancha algo cutre, en la que hicimos el viaje se llamaba Margrego. De hecho “Capitanía a Margrego” se convirtó en una de las frases fetiche del viaje cuando creíamos que algo no tenía buena pinta o que iba a salir mal. Pagamos una pasta (US$30) por un trayecto que nos dijeron que iba a llevar un par de horas y que acabaron siendo más de 4. El capitán del barco le dijo a la capitanía del puerto que éramos 11 pasajeros pero yo recuerdo contar 21 para ser exactos. El mar estaba muy picado y el viaje se hizo durillo, sobre todo para Marta y Pablo que se marearon y no dejaron de vomitar. Mención especial para el pobre Pablo que se metió en un bucle infinito de vomitonas y que llegó blanco como la leche. Curiosamente fue el único de los muchos viajes que hicimos en barco que le sentó mal. El pestazo a gasoil dentro de la cabina era sofocante y apenas una hora después de salir ya estábamos tan empapados que nos despreocupamos de intentar no mojarnos. Pero también hubo momentos preciosos como cuando un grupo de delfines nos acompañaron durante unos minutos saltando a ambos lados del barco.

Llegamos y besamos tierra firme cuales máximos pontífices y Jesús nos estaba esperando. Él y los otros compañeros de la universidad estaban instalados en la casa de Jaime Llanes “el arreglabotes” que era amplia, bonita y estaba bien cuidada. Los taxis eran todos camionetas tipo pick-up que cobraban tarifa plana de un dólar independientemente del destino (si era dentro del pueblo) y el número de pasajeros. Mucho más enteros y repuestos después de una comida de 3 platos por sólo 2 dólares en una tasca decidimos que nada mejor que empezar visitando una de las joyas de la isla: la Estación Científica Charles Darwin y sus más insignes residentes, las tortugas Galápagos que dan nombre al archipiélago.

Galápagos en la Estación Darwin (Foto por Pietro Belli)

El primer contacto con uno de ellos fue genial. Al principio éramos un poco tímidos y guardábamos las distancias, luego ya nos fuimos acercando más, los tocamos y acariciamos y nos sacamos fotos. Las tortugas gigantes parecían tener un millón de años de lo arrugadas que estaban y sus movimientos eran pausados y perezosos. Dado el principio de conservación de la energía no me extraña que vivan tantos años, apenas gastan. El más famoso de todos era el entonces aún vivo Lonesome George. Último especimen de su subespecie era un símbolo para los conservacionistas. Intentaron que se reprodujese sin suerte y murió hace apenas unos meses llevándose consigo sus secretos. La estación en sí y el trabajo de conservación e investigación que hacen me pareció muy interesante. Nos contaron con detalle sus actividades, especialmente la cría de especies (tortugas, iguanas sobre todo)  que luego dejan en libertad para que se reintegren a su hábitat natural cuando crezcan.

De vuelta a casa con una enorme sonrisa en la cara y olvidado el duro rato del barco empezamos a preguntar en las diferentes agencias por opciones para hacer excursiones los días siguientes antes de sentarnos a cenar todo el grupo, con los veteranos contándonos los sitios donde habían estado y sus preferencias. Dado que en la casa había mucha gente entre residentes y visitantes Pablo y yo cogimos una habitación en el Hostal Salinas ($14 por persona). Mi último pensamiento justo antes de caer rendido después de un día tan intenso fue darme cuenta que sí, era verdad, estaba en Galápagos.

DÍA 2:

La primera excursión iba a ser a Santa Fe, una isla deshabitada al sureste de Santa Cruz y casi a medio camino de San Cristóbal. Para variar madrugamos y a las 7 de la mañana estábamos desayunando en el bar del puerto mientras el pueblo aún se estaba desperezando. El barco en el que íbamos a ir se llamaba Nelson como su dueño y aprendimos una de las primeras lecciones sobre transporte marítimo en las Galápagos: el precio es  el mismo tanto si el barco es nuevo y lustroso como una paterilla. El Nelson era mucho más moderno y potente que el infausto Margrego (2 motores de 150 CV en lugar de 2 de 75 CV) y literalmente volaba sobre las olas. Y no sé si eso influyó o no pero a pesar de los saltos y botes no hubo mareos y todo fueron sonrisas y suspiros de alivio.

En apenas hora y poco llegamos a Santa Fe que, como todas las islas del archipiélago que están deshabitadas y son reservas naturales, sólo se pueden visitar de manera organizada y con guía (eso nos dijeron al menos). Hicimos un desembarco mojado (saltar del barco al agua básicamente) en una pequeña playa en la que nos recibieron decenas de leones marinos. Todo un espectáculo. Mientras sacábamos fotos los homenajeados ni se inmutaban salvo cuando te acercabas a alguna hembra con crías y el llamado macho dominante salía disparado hacia ti con cara y sonidos guturales de pocos amigos.

Leones marinos en Santa Fe (Foto por Pablo Méndez)

Seguimos hacia el interior de la isla por un camino marcado y hacia un cerro que la domina mientras nos iban contando detalles sobre la isla (por ejemplo que geológicamente es una de las más antiguas del archipiélago) y nos iban mostrando las diferentes especies endémicas de flora y fauna. Entre ellas la llamada iguana terrestre de Santa Fe es la que más me llama la atención: grande (¡hasta 1 metro!) y de color terroso, casi de camuflaje. La vegetación es de clima seco, con cactus gigantes y palo santos. El paseo duró algo más de una hora y el tiempo estuvo bastante inestable, con nubes densas y plomizas que descargaban algún chispeo ocasional.

Y acabado el paseo llegó el momento de una de las cosas que tenía más ganas: el snorkel. Empezamos en la misma bahía a la que habíamos llegado con el barco. Éramos unos 12 e íbamos nadando más o menos en fila hasta el punto de recogida. Entre las rocas veíamos peces de distintos colores y tamaños, rayas que se enterraban en la arena al vernos y nos pasaban cerca leones marinos juguetones que nadaban con mucha más elegancia de la que se movían en tierra. 40 minutos duró el primer chapuzón y tras descansar un poco nos volvimos a tirar al agua cerca de un saliente rocoso de la isla bastante más en mar abierto. En esta zona había más peces y eran más grandes, me lo estaba pasando de maravilla.

Un par de iguanas terrestres de Santa Fe

De repente giré la cabeza y me quedé helado: a pocos metros y viniendo hacia mi vi un tiburón enorme y no precisamente uno de arrecife. Marta, Pietro y Pablo lo vieron también. Nos quedamos los 4 paralizados y maravillados. Miedo y fascinación. Primero le vimos de frente mientras se acercaba, ignorándonos (afortunadamente). Luego de perfil mientras nos rodeaba a cámara lenta y el corazón me latía desbocado. Es difícil decir cuánto medía pero seguro que al menos más dos metros. Una vez pasado el shock me sentí indefenso y aperitivo fácil y nadé lo más rápido posible en dirección contraria hacia la que nadaba el bisho. Toda la escena no creo que durase más de un minuto, dos como mucho pero es de esas cosas que no se me/nos olvidarán. Entiendo que al que haya nadado con tiburones en sitios como Australia le parecerá poco menos que una niñería, pero yo nunca había visto un tiburón “de verdad” pasar rozándome y verlo tan cerca y mientras hacía snorkel no entraba en el guión y me impresionó mucho.

Al volver al barco nos dijeron que casi seguro que era un tiburón toro. Normalmente no se acercan tanto a la costa de las islas pero que tampoco era algo demasiado raro. Como tienen mucha comida (es decir, otros animales a los que comerse) no atacan a los humanos en esta zona a pesar de ser una de las especies más agresivas de escualos.

Aún me tiré una tercera vez y resultó ser la mejor de todas tiburón aparte: grandes bancos de peces que se movían en sincronía perfecta como respondiendo a un silbato militar, muchos peces de colores junto a las rocas, plantas que se mecían al vaiven de la corriente, enormes estrellas de mar, erizos gigantes… estuve casi una hora y arrugado como un garbanzo volví al barco con una de las sonrisas mas grandes que recuerdo. De vuelta a Santa Cruz aún nos dio para ver a dos tortugas grandes copulando (según el guía, yo sólo las veía muy cerquita una de la otra) y me tiré una vez más, sumergiéndome para verlas nadar y alejarse poco a poco. No susprise el tiburón fue el centro de todas las conversaciones y repetíamos la historia una y otra vez sin cansarnos. Regresamos a las 4 de la tarde, el día había abierto y hacía un solecito muy agradable.

Las grietas en Santa Cruz

Cogimos un taxi y nos fuimos a la playa de los Alemanes, una cala rodeada de manglares con arena fina y llena de corales. En los alrededores había un hotel y varias casas grandes. Junto a la playa estaba una formación denominada las Grietas que era eso mismo: unas grietas en las rocas en las que se filtra el agua dulce y se junta con la del mar formando una poza de agua transparente y estrecha: 40 metros de largo por 3-4 de ancho.

El maravilloso primer día completo en Galapagos terminó con una espectacular barbacoa nocturna en el jardin de la casa mientras comentábamos las mejores jugadas del día. A las 10 de la noche ya no podía ni levantar los parpados y me fui a dormir con esa sensación de plenitud que dejan los días que sientes como únicos.

DIA 3:

El plan para el tercer día era un poco más tranquilo: explorar Santa Cruz y por la tarde irnos a otra isla, Isabela. Nos quedamos en cama hasta un poco mas tarde de lo habitual y tras un desayuno relajado pillamos un taxi para ir a ver los Gemelos. Los Gemelos son dos cráteres casi contiguos que se formaron al colapsarse el techo de una cámara de magma. Están en pleno centro de la isla y en las llamadas tierras altas, a unos cientos de metros de altitud. A medida que ibamos subiendo en el taxi la vegetación se volvía más densa por el microclima tropical. Fue un poco una sorpresa porque la imagen que tenía de las Galápagos era de islas volcánicas áridas, un poco como Santa Fe.

Entramos en la zona que es parque natural protegido y caminamos por un sendero que llevaba alrededor del cráter más grande de los Gemelos. Había nubes bajas alrededor nuestra que dejaban una lluvia finísima (la llamada Garua) que se pegaba a la ropa. No se podía bajar al interior de los cráteres, dónde había bosques de escalesias, uno de los más conocidos ejemplos de planta endémica de las Galápagos ya que hay hasta 14 especies diferentes en las islas adaptadas a sus respectivos entornos.

La siguente parada fue la reserva de tortugas de “El Chato”. La reserva es un espacio abierto en una zona pantanosa y muy verde, aún en la parte alta de la isla. Nos dijeron que hay unas 4000 tortugas en estado salvaje en la reserva y zonas contiguas. Vimos muchas tortugas gigantes moviéndose lentamente a través del fango o descansando en las charcas. Algunas de las tortugas llegan a pesar 300 kilos. Vimos algunos caparazones vacios  que tenían en una caseta y me sorprendió que la columna vertebral estuviese soldada a la parte de arriba del caparazón.

Galápagos en la reserva El Chato

La última parada del dia en Santa Cruz fue para ver uno de los túneles de lava de la isla. Exacavado de manera natural tiene 600 metros de largo con el ancho y la altura variables. En la parte más amplia parecía hecho por una tuneladora, se podía ir en grupo andando en paralelo, mientras que en otras zonas había que ir de uno en uno y agachándose.

En el túnel de lava

Regresamos a Puerto Ayora en el taxi y llegó la hora de irnos a Isabela. Esta vez la lancha tenía un nombre inusualmente profundo, Doctor Freud, y por desgracia sólo dos motores de 75 CV, con lo que sabíamos que nos esperaba una travesía el doble de larga de lo que nos dijesen. Y otra vez se hizo eterna, con el barco hasta los topes pero sin mareos. Lo de los capitanes de barco de Galápagos con la aritmética básica debe ser un problema común y no sólo el del Margrego porque el capitán dijo al puerto que éramos 12 adultos más dos niños y yo conté 22 personas en total. El mar estaba agitado y la entrada al puerto de Puerto Villamil fue una locura, intentando esquivar olas enormes y rocas por todas partes. El capitán no tuvo mejor idea que decirnos todo orgulloso que la aproximación era una maniobra peligrosa pero que teníamos mucha suerte de que él estuviese al mando. Yo hubiese preferido al capitan Kirk la verdad, pero al final entramos sin incidentes y tuvimos que aguantar más pavoneo del Capitan mientras lo fulminábamos con la mirada.

Isabela es la más grande de las Islas Galápagos pero apenas tiene unos 2000 habitantes, casi todos viviendo en la capital Puerto Villamil. La impresión que nos llevamos al llegar fue estupenda, quizás mucho más parecido a la imagen previa del Galapagos remoto que teniamos en mente: agua turquesa y transparente en la bahía de entrada, un puerto pequeño con barcos de vela y pesquros, calles de arena y tierra, casas de madera, y todo muy tranquilo. Claramente mucho menos turístico que Puerto Ayora y Santa Cruz.

Nos contaron que Isabela estaba haciendo un gran esfuerzo por atraer parte del cada vez mayor turismo que va a las Galápagos y la verdad es que el trato y las facilidades fueron excelentes. Nos recogieron en el puerto y nos dio la bienvenida Antonio Gil, que parecía ser una especie de padrino de la isla. Nos llevaron directamente a uno de sus bungalows (estaban construyendo más alrededor para aumentar la capacidad hotelera) pero declinamos amablemente porque queríamos decidir por nosotros mismos. Acabamos en un hotel precioso llamado La Ballena Azul que tenía las habitaciones/casitas al borde mismo de la playa. Apenas había nadie (creo que éramos los únicos clientes pero no estoy seguro del todo) y el ambiente era muy relajado.

Dimos un paseo para familiriarizarnos con el pueblo (no llevó demasiado) y por apenas $10 nos dimos un fiestón en forma de estupenda parrillada de marisco en el restaurante La Choza. Como no había demasiado que hacer por la noche y además estaba reventado me fui temprano a la cama dónde me quedé dormido con el mar casi entrando por la rendija de la puerta y sonando como si la habitación estuviese llena de olas.

Aquí la segunda parte

La primera vez que conocí a alguien que hubiese estado en Belice fue en 1999. Estaba en Puerto Iguazú, la ciudad argentina desde la que se suelen visitar las cataratas, y se había formado una reunión espontanea de viajeros alrededor de unas cervezas en el casi vacío pueblo. Un chico belga había visitado Belice apenas unas semanas antes  y dado que era un sitio al que nunca me había planteado ir y del que apenas sabía nada, la curiosidad me hizo preguntarle miles de cosas.

Nos contó que era un destino complejo, poco seguro, que había tomado el relevo de Panamá (tras la caída de Noriega) como punto de enlace en el viaje de la coca colombiana hasta los Estados Unidos, que había bastantes bandas de adolescentes armados y que la misma policía cerraba carreteras para que las avionetas que venían desde Colombia  pudiesen avituallarse y seguir camino sin que nadie las molestase. Como el destino a veces es muy caprichoso  nos volvimos a ver cruzándonos en el metro de Buenos Aires y me dijo ”tienes que ir a Belice, créate tu propia impresión”. Después de lo que me había contado no se me pasaba por la cabeza, pero le di a entender que seguro que lo haría.

En 2006, 7 años más tarde y una vida después, Belice era una opción real. Estábamos organizando un viaje a Guatemala y, gracias a internet, yo ya sabía muchas más cosas de las posibilidades del país como destino viajero: los Cayos, la segunda barrera de coral más grande del mundo, aguas cristalinas que ofrecían buceo y snorkel increíbles… Así que Belice parecía una escapada perfecta tras un par de semanas en Guatemala y nos decidimos a ir.

Las fronteras terrestres latinoamericanas son sitios porosos con cierto sabor a las pelis del oeste, pero si hay una frontera que yo haya pasado digna de película es la de Guatemala a Belice. Mucha desorganización, sobre todo en la parte de Guatemala, gente con fajos de billetes intentando cambiarte dinero pasando tranquilamente de un lado al otro…

La parte de Belice fue más seria y al funcionario que nos atendió no debimos caerle simpáticos (al menos yo) porque me hizo infinidad de preguntas con bastante mala cara. Al final nos dejó pasar tras apuntar la matrícula del coche a mano en mi pasaporte. Con el coche recién fumigado y con un seguro beliceño contratado nada más pasar la frontera por si las moscas enfilamos hacia el este con ganas de llegar cuanto antes a Belice City y desde allí a los cayos.

En 1961 un huracán arrasó Belice City y se decidió trasladar la capital y todos los órganos de gobierno a una ciudad en el centro del país lejos de la costa. Así nació Belmopán, acabada de construir en 1970 y que tardó un tiempo en ser la verdadera capital del país. Cuando la cruzamos apenas dio la sensación de ser más que un pueblo. Cruzar el país de Oeste a Este nos llevó menos de dos horas.

Cuando llegamos a Belice City acababa de caer una tormenta tropical furiosa y la ciudad no lucía su mejor aspecto:  calles encharcadas y oliendo a alcantarilla, basura desperdigada por todas partes… y mucha gente, sobre todo joven, sentada en grupos en los porches de las casas con pinta de no estar demasiado ocupados. Estábamos en un cruce mirando a ver dónde podíamos dejar el coche y se nos acercó un chico, camiseta de football y gorra hacia atrás, a preguntarnos “wasssup??”.

Y bueno, ya que estaba allí aprovechamos la ocasión para preguntarle si era mejor Cayo Caulker o Cayo Ambergris, duda que habíamos tenido desde el principio. En un inglés con un acento muy complicado dijo “Kiii Kaaa Kaa, go to Kiii Kaaa Kaaa”, lo que al poco reconocimos como Caye Caulker. De paso le preguntamos dónde dejar el coche, y señalando la esquina donde estaban sus amigos dijo: “allí mismo, no hay ningún problema”. Tras mirarnos los unos a los otros le dimos las gracias y decidimos aparcar el coche en algún otro sitio con más posibilidades de volver a verlo a la vuelta. Lo acabamos dejando en el aparcamiento del Radisson. Y de camino a la estación marítima vimos unas cuantas casas y edificios de madera de estilo colonial muy bonitos que mejoraron la difícil primera impresión que habíamos tenido de Belice City.

Cayo Ambregris (Foto por Pablo Méndez)

La lancha rápida que nos llevó era nueva y moderna y en 45 minutos llegamos a Cayo Caulker. Éste es una lengua de tierra de unos pocos kilómetros de largo (8) por apenas uno y medio de ancho con palmeras, arena fina y una laguna cristalina en la orilla que da al mar Caribe.  La primera impresion es que era un sitio muy tranquilo, con una sola calle de tierra y sin grandes construcciones, los hoteles eran muy sencillos, tipo bungalows o casas de madera grandes. El contraste con la parte continental era considerable, los cayos en Belice tienen una atmósfera mucho más relajada y turística.

Foto por Ana Viéitez

Al bajarnos en el embarcadero se nos acercó un señor ya de cierta edad y con el pelo con rastas y nos dijo que él conocía un hostal limpio y que nos harían buen precio. Como nos daba un poco igual metimos las bolsas en la carretilla que llevaba y nos fuimos con él. Las habitaciones eran básicas pero limpias y además estaban junto al mar, así que nos quedamos.

Después de cenar una de las especialidades locales, hamburguesa de langosta, nos pasamos por las agencias para preguntar por excursiones para hacer snorkel, junto con el buceo la actividad por la que se suele ir a los cayos. La Barrera del Arrecife de Coral de Belice es parte de la Barrera Mesoamericana, una de las más grandes del mundo.

Al levantarnos al día siguiente estaba diluviando y la moral de la tropa estaba bajo mínimos. Nos acercamos a ver a Mario, el guía, para que nos confirmara que no habría excursión, y nos dijo algo así como: “en una hora salimos, traeros bastante crema que si no os vais a quemar la espalda, va a hacer mucho sol”. Incredulidad por nuestra parte pero dicho y hecho, apenas una hora más tarde había un sol espectacular y el día prometía ser perfecto. Digamos que fue mi primera experiencia con el clima tropical.

Antes de salir quería mandar un correo y se me había hecho un poco tarde, así que fuí corriendo al cibercafé. Al cruzarme con el abuelo rasta que nos llevó al hostal me paró con cara de asustado y diciéndome: “¿qué haces, qué haces?”. Bastante sorprendido le dije que iba a mandar un correo antes de la excursión y me respondió: “en esta isla no se corre. Fíjate en mí, todo lo que tengo que hacer hoy es ir hasta el final de la calle y volver”. Un crack el tío. Supongo que simplemente no me había fijado en la señal.

En Cayo Caulker no hay prisas (Foto por Ana Viéitez)

El snorkel en Belice sigue siendo uno de los mejores que he hecho nunca. El agua es, posiblemente, la más transparente que he visto, parecía que estuvieses viendo a través de un cristal limpísimo. En la barrera de coral había infinidad de peces multicolores, rayas (vinieron en masa al oír el motor del barco porque el guía las alimentaba), tiburones de arrecife, muchísimas plantas marinas que se mecían suavemente al vaivén de la corriente…

Foto por Pablo Méndez

Pero uno de los mejores momentos fue en la laguna enfrente de Cayo Caulker al cruzarnos con un grupo de manatíes que nos pasaron por debajo con toda la tranquilidad del mundo. Mario nos dijo que no les molestáramos ni hiciésemos el amago de nadar hacia ellos, ya que te agarran, se van al fondo y no te sueltan hasta que te has ahogado. No se si será verdad, no dudo de él pero es algo que no he vuelto a escuchar o leer. Aun así nos impresionó lo suficiente para que no hubiese tentaciones de acercarnos más.

Durante el segundo día paramos en Cayo Ambergris, cuya capital, San Pedro, se supone que es la “isla bonita” de la canción de Madonna. Es bastante más grande que Cayo Caulker y también bastante más orientado al turismo (sin ser Cancún o nada de eso), así que nos alegramos de haber elegido CK.

Tras tres intensos días en los que casi no salimos del agua y en los que la única pena fue que Fran no consiguió ir a bucear al famoso Blue Hole por falta de gente, tocaba volver a Guatemala. El coche seguía dónde lo habíamos dejado y como no queríamos pasar la frontera demasiado tarde para no conducir mucho de noche intenté darme prisa.

Como suele ocurrir, cuanta más prisa tienes antes pillas atasco. Había una fila muy larga de coches y de gente andando siguiendo a un coche fúnebre, así que dí un volantazo y cuando estaba pasando a todo el mundo me paró un policía con un cabreo enorme. Me dijo que qué falta de respeto era esa, que aquello era un funeral, y que o seguíamos la fila para presentarle nuestros respetos al fallecido o se nos iba a caer el pelo. Así que vuelta a la cola y cuando la comitiva giró para entrar al cementerio salimos de allí a toda velocidad.

Un par de webs sobre Cayo Caulker:

http://www.cayecaulkerbelize.net/

http://www.gocayecaulker.com/

Todos las entradas sobre el Caribe

De entre todos los sitios para hacer submarinismo en el atolón de North Male quizás el más famoso sea Manta Point, situado al sureste de dicho atolón.

¿Qué es lo que lo hace tan especial? Es un balneario para las mantas gigantes, una “estación de limpieza” donde éstas van a que las rémoras, lábridos y otros peces limpiadores las “cuiden”. En uno de los más conocidos intercambios simbióticos, este tipo de peces se adhieren a otros de mayor tamaño y se alimentan de sus parásitos y tejidos muertos, utilizándolos a veces como “autobús” para recorrer distancias grandes sin esfuerzo.

(Gracias a Dive the World por dejarme utilizar su mapa)

Desde el hotel donde estaba (Angsana Ihuru, hice el buceo con ellos) tardamos unos 45 minutos en llegar a Manta Point. Había algunas nubes pero en general el día era muy agradable y con luz más que suficiente para que la visibilidad fuese buena. Durante el trayecto vimos un grupo grande de delfines que se acercaron al barco y nos acompañaron un rato. Pensando en los delfines siempre se me viene el tremendo documental The Cove a la cabeza.

La “estación de limpieza” es un promontorio de coral situado a unos 12 metros de profundidad y que tiene unos pocos metros de diámetro en la parte más alta. A partir de ahí las paredes del arrecife descienden suavemente hasta más de 30 metros. Las mantas nadan alrededor mientras dejan que los peces limpiadores que viven en el arrecife hagan su trabajo. Las sesiones de limpieza, que pueden llegar a durar más de 30 minutos, siguen una secuencia similar: las mantas dan un par de vueltas al arrecife para luego dejar paso a otras que hacen cola pacientemente y vuelven un poco más tarde, cuando es su turno de nuevo, a seguir con el “tratamiento”.

Éramos un grupo de 4 buceadores y una vez que estuvimos todos en el agua empezamos a descender poco a poco. No había más gente al ser temporada baja. Al empezar a bajar noté que la corriente era muy fuerte. Nos habían avisado de que no hay que molestar a las mantas o tratar de nadar hacia ellas ya que se asustan y tardan bastante en volver. Por tanto el plan era bastante sencillo: bajar hasta unos 16-17 metros y contemplarlo todo sin movernos mucho. La visibilidad era bastante buena pero no perfecta: las fuertes corrientes traen mucho plancton y otras partículas en suspensión y el agua estaba ligeramente turbia.

Una vez descendimos nos agarramos a una roca para poder estar lo más quietos posible sin que se nos llevara la corriente. La verdad es que no sabía muy bien que esperarme porque está claro que los animales no son una ciencia exacta, y aunque en teoría era buena época nunca se sabe si va a aparecer alguna manta o no.

Foto por Andrew Gillooly (www.andrewgillooly.com)

Ahí estoy yo agarrado a las rocas (www.andrewgillooly.com)

Pero el resultado superó cualquier expectativa. Nada más bajar vimos dos mantas acercarse con tranquilidad, pasar por encima nuestra proyectando su sombra y, girando lentamente, dejar que las rémoras se les adhiriesen. Era la primera vez que veía una manta mientras buceaba y son pura elegancia, planeando majestuosamente y con movimientos eficientes y fluidos.

Cuando conseguí desviar la vista de esas dos primeras mantas vi una fila de ellas que se acercaban y esperaban con paciencia su turno, suspendidas en el agua. Parecía una secuencia de aterrizaje en un aeropuerto. Tras dos o tres vueltas, las mantas dejaban paso a las que esperaban y volvían a ponerse en la cola para una nueva ronda. Era especialmente llamativo cuando abrían la extrañísima boca que tienen y los peces se metían dentro para, una vez limpiada la cavidad bucal, volver a salir al poco rato.

Foto por Andrew Gillooly (www.andrewgillooly.com)

Foto por Andrew Gillooly (www.andrewgillooly.com)

Llego un momento en que había tantas que era difícil saber hacia dónde mirar. Llegué a contar hasta 12 al mismo tiempo. No parecían tener miedo de nosotros, sino que nos ignoraban completamente, aunque a veces pasaban bastante cerca en el flujo de entrada-salida de los giros.

Estuvimos allí agarrados sin movernos y maravillados por el espectáculo unos 45 minutos, hasta que el aire se acabo y tuvimos que subir. Aparte de las mantas, había muchísimos otros peces y plantas en el arrecife, aunque era difícil quitar los ojos de las grandes protagonistas. A pesar de haber sido una inmersión muy pasiva me pareció fantástica, de las mejores que he hecho hasta ahora.

Nota: todas las fotos y videos de este post fueron tomadas por Andrew Gillooly (www.andrewgillooly.com), a quien le estoy muy agradecido por cedérmelas.

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