Asia


Cuenta la leyenda que los habitantes de lo que hoy es Vietnam estaban luchando contra los chinos, que querían invadirles desde el mar, y pidieron ayuda a los dioses. Éstos enviaron una familia de dragones que empezaron a escupir jade y otras piedras preciosas que al caer al agua se transformaron en las agujas de piedra e islas que llenan la bahía, formando una muralla que repelió al ejército invasor. Para proteger su tierra los defensores fundaron lo que se conocería como el país de Vietnam. Los dragones por su parte decidieron quedarse a vivir en la zona y al lugar donde la Madre Dragón bajó al mar se le llamó Bahia de Halong (la traducción literal seria bahía del dragón que desciende).

En Hanoi contratamos un tour con la agencia Handspan para estar dos días y una noche en un junco recorriendo la Bahía. Salimos temprano por la mañana en autobús desde Hanoi, los 150Kms del trayecto hasta la ciudad de Halong (desde cuyo puerto salen los barcos) iba a ser de unas 3 horas. A ambos lados de la carretera veíamos pasar campos de arroz con campesinos trabajando en ellos llevando el nón lá, el gorro tradicional vietnamita, en una de las imágenes mas icónicas de Vietnam y de buena parte del sudeste asiático. Los pueblos y ciudades parecían construidos a salto de mata, con casas de tamaños y colores aleatorios casi superponiéndose en algunas partes junto a carreteras o caminos de tierra fangosos. La vegetación era tropical, con una neblina matinal que aun no había levantado y que muchas veces se queda todo el día. Los espacios se hacían más amplios y con más arrozales a medida que recorríamos el estuario del Rio Rojo (Sông Hng en vietnamita) y nos acercábamos al Golfo de Tonkín.

Arrozales en el estuario del Rio Rojo (Foto por Aiko Yokozuka)

La Bahia de Halong es el destino turístico más importante de Vietnam y uno de las principales en todo el sudeste asiático y eso se refleja en el puerto de la ciudad de Halong: aspecto descuidado, ha crecido mucho en poco tiempo y bastante caótico en general. Lo primero que me llamó la atención fueron los muchísimos juncos anclados en la bahía, algunos junto a los muelles y pantalanes y muchos otros en grupos amarrados a unos cientos de metros de la orilla, descansando en las tranquilas aguas de la Bahía. Había tantos que casi bloqueaban la vista al mar abierto y a las islas. No vimos demasiado movimiento, supongo que por ser temporada baja, pero está claro que puede llegar a ser un hervidero en meses más concurridos como diciembre o enero.

Puerto de Halong desde nuestro barco (Foto por Francisco Amigo)

Nos subieron en una barca y en unos pocos minutos ya estábamos en nuestro junco. La verdad es que a primera vista mereció la pena habernos estirado un poco al contratar el tour (un poco o bastante, el tour con Handspan fue carillo comparado con otros): el barco era muy bonito, bastante nuevo (apreciable contraste con otros de los que vimos en el puerto), los camarotes estaban muy limpios y eran suficientemente amplios. El barco tenía capacidad para 20 personas pero solo íbamos 8. Apenas embarcamos nos sentaron a la mesa para la primera comida que nos sirvieron mientras nos adentrábamos en la bahía.

Nuestro Junco (Foto por Aiko Yokozuka)

Una vez has perdido de vista el puerto empiezas a sentir la magia y la energía de un lugar tan especial.  El junco navega bordeando y dejando atrás una aguja de piedra tras otra y te das cuenta de que están por todas partes hasta donde abarca la vista. De hecho hay más de 3000  islas esparcidas por la bahía aunque algunos vietnamitas aseguran que el número exacto es 1969, el año en el que falleció Ho Chi Minh. Cuando llevábamos poco tiempo navegando vimos uno de los pueblos flotantes. Hay cuatro en total en los que viven hasta 1600 personas. En el barco nos comentaron que en el más grande hay una escuela para que los niños no tengan que ir a tierra a diario. El pueblo estaba recostado contra una de las islas más grandes, utilizándola además como protección contra el viento y el mar. Los habitantes se alimentan de la pesca y de cultivos marinos, aunque ahora también venden souvenirs y bebidas a los turistas. Por alguna razón no me esperaba que hubiese gente que viviese en casas flotando en medio de la Bahia y aislada de la tierra y me sorprendió bastante.

Pueblo flotante (foto por Aiko Yokozuka)

Los icónicos islotes son en su mayoría formaciones kársticas moldeadas por el viento y la lluvia durante millones de años y algunos esconden en su interior enormes grutas. La siguiente parada fue en una de ellas, Hang Sung Sot, que tiene tres amplias cámaras con grandes columnas calcáreas y techos altos. Se visita siguiendo un camino de piedra con escalones y al coincidir algunos barcos a la vez había bastante gente. Desde la salida de esta gruta es donde se saca una de las mas típicas fotos de la Bahia de Halong (la que sale en el artículo de la Wikipedia en inglés por ejemplo).

Cueva de Hang Sung Sot

Antes de la puesta de sol paramos en la isla de Titop. Tenía una pequeña playa y un mirador en forma de templete en lo alto. Para llegar arriba había que subir un buen numero de escalones empinados pero mereció la pena. Las vistas eran sencillamente increíbles. Estábamos rodeados de agujas de piedra que emergían súbitamente del agua, completamente verticales y con acantilados con caídas de vértigo. Desde arriba además se podía apreciar con más claridad la densa vegetación que cubre las rocas y las aves sobrevolándolas.

Vistas desde el mirador de la isla de Titop

No lejos de allí el junco echó el ancla para pasar la noche. Mientras se ponía el sol nos dimos un baño memorable. A pesar de que había otros juncos en la zona el silencio era casi absoluto. Lo único con lo que no habíamos contado era con las enormes medusas que andaban por todas partes, así que mientras Fran y yo nos bañábamos, Izumi y Aiko nos avisaban desde la cubierta del barco si veían alguna acercarse demasiado para que saliésemos. Una vez habían pasado nos lanzábamos al agua otra vez. La puesta de sol fue preciosa, con el sol desapareciendo detrás de la cumbre de una de las islas.

La cena fue estupenda, como todas las comidas que nos sirvieron, a base de marisco (cangrejos, gambones) y pescado de muy buena calidad. Después de cenar subimos a la cubierta para ver las estrellas y saborear el sitio. Hacia calorcito y nos quedamos a dormir en las tumbonas mientras hablábamos y bebíamos. No bajamos a los camarotes hasta bien entrada la madrugada.

Al día siguiente reanudamos la navegación por una zona con gran densidad de islotes de diferentes tamaños, formas y alturas. Paramos en un grupo de islas que formaban un círculo cerrado alrededor de una laguna. Nos subimos en un bote y pasamos por una agujero en la roca que formaba una puerta de bordes desiguales y rugosos. Dentro un guía nos explico cosas sobre la formación de los conjuntos kársticos y sobre los planes de conservación de la zona ante la avalancha de turismo. Aun hubo tiempo para un baño más al volver y luego enfilamos el camino de vuelta al puerto mientras nos servían la última comida a bordo.

Entrada a la laguna (Foto por Aiko Yokozuka)

Si tuviese que escoger un solo sitio al que ir (o volver) en Vietnam sería sin duda Halong Bay. Me quedé con ganas de haber cogido un tour de 3 días sobre todo por poder pasar otra noche en el barco y bañándonos en algún punto tranquilo de la bahía.

Todas las entradas sobre Vietnam

“Aquel que no ha subido a la Gran Muralla no es un verdadero hombre” – Mao Zedong

El 11 de Agosto de 2007, el día en que según “Presidente Mao” me convertí en un verdadero hombre, ha sido uno de los mejores y más memorables momentos de mi vida viajera. Ir a la Gran Muralla era uno de mis sueños de viajero desde siempre. Pero la verdad es que no sabía exactamente que esperarme. Había visto fotos de la zona de la muralla en Badaling con hordas de turistas, así que no tenía claro si habría alguna parte de la muralla más o menos cerca de Beijing que fuese remota y con poca gente. En el albergue ofrecían dos posibilidades para visitarla, la ya mencionada zona de Badaling y la otra era hacer senderismo empezando en Jinsahnling y acabando en Simatai. A pesar de estar bastante más lejos me decidí por este ultimo sin dudarlo porque decían que era mucho más remoto y espectacular. Pero la gran jornada comenzó unas horas antes, concretamente la noche anterior…

Unos amigos chinos de Mei habían alquilado una sala de karaoke privada en un club-disco llamado Tango, así que después de cenar nos fuimos para allá. El local estaba junto al Parque del Templo de la Tierra y al llegar vimos en una esquina del parque un montón de pequeñas luces multicolores suspendidas en el aire. Nos acercamos y eran bombillas cogidas con clips a los hilos de un buen grupo de cometas. Las cometas no se veían en la oscuridad ni tampoco el cable y como algunas de las luces parpadeaban el efecto era el de un árbol de navidad gigante e invisible. Los dueños de las cometas las manejaban usando un carrete bastante grande que lo apoyaban en la cintura, como si fuesen pescadores de altura con un pez espada enganchado. Les preguntamos a qué altura tenían volando las cometas y nos contestaron que a 800 metros (!!). Con total incredulidad volvimos a preguntar y nos respondieron con convicción lo mismo, pero pasé de meterme en discusiones aeronáuticas. A lo mejor nos dijeron la cifra en yuanes porque a mi ya 80 metros me parecía demasiado…aunque luego lei que en algunos festivales algunas suben hasta 100-150 metros. Aun así les compre una pequeña y bonita para llevar de regalo, pero sin las luces.

La sala de karaoke tenía un enorme sofá semicircular rojo para 10 o 12 personas y una pantalla de televisión que cogía media pared. En una mesa había una montaña de fruta fresca cortada y un “árbol” de chupitos. Inmediatamente llegó un empleado con una botella de Jack Daniels y procedió a mezclarlo con Nestea en una jarra llena de hielo. A mí no me gusta el whisky así que cuando me ofrecieron dije que pasaba. Insistieron varias veces en que lo probara por no hacerle el feo al que nos invitaba y … ¡ ¡me acabé bebiendo mas de 10 vasos!! ¡ ¡ estaba buenísimo!! No lo he vuelto a probar pero lo acabaré haciendo, a ver si fue la mística oriental del momento o es que de verdad estaba tan bueno. Durante la velada el mismo empleado vigilaba constantemente por una pequeña ventanilla en la puerta y cada vez que bajaba apreciablemente el nivel de la bebida o habíamos comido algo de fruta entraba y rellenaba. Tratamiento VIP.

Aun así me canse bastante rápido de canciones pastelosas chinas y tras perpetrar alguna de los Beatles por decir que había cantado, me fui a la pista de baile que me llamaba poderosamente. Esa noche pinchaba de invitado un DJ mexicano, Gabriel Sordo, que ofrecio una sesión increíble, de las que no te olvidas. Además el ambiente del club me gustó: nada de gente con gafas de sol totalmente pasados u ojos saliéndose de las órbitas, todo bastante más sano, divertido y disfrutable que en occidente. La idea era irse pronto a dormir, claro,  porque al día siguiente tocaba madrugón y caminata, pero gracias a la ayuda del tío Jack y el buen hacer de Gabriel me tuvieron que sacar de allí a empujones a eso de las 4 de la mañana.

Retomando el relato donde lo empecé, llegó el gran día y yo estaba para pocas historias. Tocaba levantarse a las 6 y media, con apenas dos horas de sueño y la cabeza como un bombo.  Éramos 6 en nuestro grupo. Salimos a las 7 hacia Jinshanling, que está a unos 125 Km al noreste de Beijing y el viaje en la furgoneta duro un casi 4 horas, incluyendo una parada en un supermercado (el conductor no hablaba casi inglés pero nos dijo “very hot, very drink”) y otra para que la poli le pusiera una multa por adelantar por la derecha. Tardamos un buen rato en salir de la ciudad, aun a esa hora había un tráfico considerable. Por donde pasábamos estaba todo lleno de grúas, lo que se acentuó aun más en las afueras de la ciudad, que no eran nada bonitas: pisos nuevos casi sin habitar mezclados con otros a medio construir y otros cayéndose a pedazos, grandes descampados y pedregales secos bajo el calor de agosto.Y grúas, muchas grúas, que los Juegos Olímpicos estaban a la vuelta de la esquina.  Según nos acercábamos a nuestro destino el terreno se hacía mas montañoso y un poco más verde, con arbustos y matorrales en las laderas de las colinas.

La entrada a la muralla en Jinshanling era tan bonita que hizo que se me quitaran el mal cuerpo y el sueño de golpe y me dio un buen presentimiento. Tanto la muralla como las torres cercanas a la rampa por la que se sube estaban bastante reconstruidas y presentaban un aspecto parecido al original que debieron tener cuando se construyó hacia 1570 bajo la dinastía Ming. La zona era bastante aislada, con muy pocas casas alrededor y había pocos vendedores o puestecillos. Tanta tranquilidad me sorprendió agradablemente siendo un sábado de agosto.

Jinshanling

Empezamos a caminar hacia Simatai (dirección Este) sobre las 11 de la mañana y hacia bastante calor. La Gran Muralla me dio una descarga de energía positiva desde el mismo momento en que puse el pie encima y e hice un giro de 360 grados para ver el paisaje. La muralla se extendía en ambas direcciones hasta donde abarcaba la vista, serpenteando sobre las cumbres de las colinas y montañas cercanas y estaba salpicada de atalayas y torres de vigilancia de diferentes tamaños. Daba sensación de agilidad y ligereza, no de pesados y viejos muros de piedra. Había visto ese tipo de fotos muchísimas veces, pero estar allí era otra cosa totalmente distinta, una sensación pletórica.

Jinshanling

A medida que íbamos caminando y alejándonos de la entrada el estado de la muralla iba deteriorándose: agujeros en el suelo, muchas piedras sueltas, trozos de los muros de protección lateral semiderruidos, escalones a los que les faltaban partes y que temblaban al pisarlos, grietas aquí y allá…pero el encanto y la magia aumentaban, dando una sensación mas autentica y un buen contraste con la parte restaurada, era como si además de recorrer distancia estuviésemos recorriendo hacia atrás en el tiempo.

Jinshanling. Algunas zonas están más deterioradas

Caminábamos con tranquilidad, parándonos en las torres para saborear las apabullantes vistas (en el folleto de la entrada decía que el tramo de Jinshanling tiene 67 torres y 2 almenaras) y para descansar y beber. El paisaje era agreste y montañoso, con pequeños picos esparcidos por todas partes y una alfombra verde de pinos y arbustos a pesar de estar en pleno verano. Apenas vimos media docena de personas en todo el trayecto hasta las cercanías de Simatai, teníamos la muralla solo para nosotros. En las torres había gente local (campesinos de la zona nos dijeron después) vendiendo bebidas, algo de comer y ocasionalmente pulseras y otros recuerdos. Los críos que vendían bebidas te seguían unos cientos de metros corriendo despreocupadamente por el borde de la muralla en chanclas mientras te sonreían y hacían el amago de lanzarte la bebida.

Desde una de las torres de Jinshanling

Nos avisaron de que el camino era bastante duro y no para cualquiera y la verdad es que llevaban razón. En algunas partes la muralla era tan empinada que había que ayudarse de las manos para subir los castigados escalones, más cerca de escalar que de caminar. En general  había que ir con cuidado para no meter el pie en un agujero, esquivar piedras o no resbalarse en escalones que se tambaleaban al bajar partes con fuertes pendientes. Además hacía mucho calor. Uno de mis recuerdos grabados a fuego es que bebí hasta 4 litros de liquido (al acabar tenia 8 botellitas vacías en la mochila) y no necesité “ir al baño” ni una sola vez, lo sudé todo todo todo, incluido el Jack Daniels.

Algunos tramos eran muy empinados

Tardamos casi tres horas en llegar a la cima previa al puente que da paso al valle donde está Simatai. La imagen era simplemente increíble. Pagamos 5 yuanes por cruzar el puente colgante sobre el rio y a partir de ahí entramos en el famoso tramo de las 17 torres de Simatai, con sus pendientes imposibles. Simatai fue originalmente construida en el siglo VI de nuestra era (550-577) pero reconstruida durante la dinastía Ming. Para muchos especialistas es una de las zonas más espectaculares de toda la Gran Muralla, si no la que más.

Las torres de Simatai y sus increibles pendientes

La pendiente desde el rio hasta la torre más alta era una locura, siguiendo la cresta de la montaña Yanshan y exigiendo un gran esfuerzo en cada paso. Íbamos subiendo poco a poco y girándonos cada pocos metros para quedarnos una vez más con la boca abierta. Son apenas un par de kilómetros en distancia lineal pero tardamos una hora y media en conseguir llegar. La ultima torre hasta la que se puede llegar es la numero 14 (llamada Torre de los Ojos del Gato), a partir de ahí la muralla se estrechaba mucho (no más de medio metro y hasta 80 grados de pendiente en la zona llamada la Escalera Celestial), estaba muy deteriorada y los acantilados ponían los pelos de punta. Demasiado peligroso. Hay un cartel que impide el paso y un par de guardias que se encargan de que lo cumplas.

Sudando un poco y algo cansado pero contento como pocas veces

La más famosa de las torres de Simatai es la llamada Watching Beijing Tower, a 986 metros de altitud y desde la que se pueden ver las luces de Beijing, que está a 120 Km, en un dia claro. Los ladrillos usados tienen grabados la fecha en la que fueron hechos y el código del ejercito que los hizo.
Este increíble video muestra a un guía profesional (y seguro que con mucha experiencia) cruzando el Puente del Cielo y bajando la Escalera Celestial. Queda claro que no es para todos los públicos.

Cuando alcanzamos la torre numero 14 y tras sentarme un buen rato a paladearlo todo, estaba al límite de mis fuerzas, así que decidimos bajar en el telesilla y de paso disfrutar de la zona a vista de pájaro. Curiosamente el viaje de vuelta se me pasó volando porque me quedé dormido nada más sentarme. Doce kilometros y medio inolvidables y a los que me encantaría volver algun día.

Os dejo unos enlaces con algunas fotos impresionantes:

De Jinshanling

http://www.greatwallforum.com/forum/jinshanling/5-jinshanling-photos.html

De Simatai

http://www.greatwallforum.com/forum/simatai/4-simatai-great-wall-photos.html

En el año 710 d.c. Nara se convirtió en la primera capital del Japón unificado, dando paso al denominado periodo Nara que duró hasta el 784 cuando la capital se volvió a trasladar, esta vez a Nagaoka-kyō. Este periodo fue una época de florecimiento y dejó una marcada huella en la ciudad con multitud de fantásticos templos y pagodas, declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1998. Es una de las ciudades más bonitas del país y parada obligada para cualquiera que visite Japón.

La parte más conocida y visitada de la ciudad es el parque de Nara (Nara-Kōen), en el que están concentradas la mayoría de las joyas arquitectónicas  como el famoso Tōdai-ji (el edificio de madera más grande del mundo) o Kasuga, el templo de las mil linternas. Sin embargo, los templos más antiguos en la zona de Nara se encuentran fuera de la ciudad, en lo que era la antigua población de Fujiwara-kyo. Este grupo de templos están considerados como la cuna del budismo en Japón y Yakushi-ji es quizás mi favorito. Allí, desde hace unos 1200 años, se celebra una ceremonia llamada onioishiki (鬼追式), que tiene como objeto ahuyentar al diablo (de hecho la traducción literal es “echando al diablo”) y otros espíritus malignos. La familia de mi mujer vive en Koriyama, muy cerca de Yakushi-ji, y conseguimos invitaciones para asistir a la ceremonia que se celebró en Abril de 2010.

Llegamos  al templo a última hora de la tarde cuando ya había oscurecido y el edificio principal y las pagodas estaban  iluminados con delicadeza, dando la impresión de que ser aun más bonitos si cabe . Lo primero que me llamó la atención es que había varios camiones de bomberos con sus respectivas dotaciones aparcados junto a uno de los edificios laterales. Todo el complejo es de madera y me imagino que no les haría ninguna gracia que accidentalmente saliesen ardiendo los edificios (recuerdo haber  leído una vez que en el Japón medieval el miedo al fuego era algo tan atávico ya que todas las casas eran de madera que incluso se llegaban a parar las batallas para que entre ambos bandos ayudasen a apagarlo, continuando la lucha una vez pasada la amenaza de incendio, pero no sé si será cierto).

Yakushi-ji iluminado

En el amplio patio frente a la sala principal habían colocado una tarima que cubría los escalones de entrada y una rampa en uno de los laterales permitía subir. A lo largo del perímetro de la tarima y espaciados unos metros entre ellos había unos troncos de bambú de varios metros de alto y flexibles, con cestas llenas de ramas y follaje colgando del extremo.

Mientras se acercaba la hora y la gente iba llegando y colocándose, uno de los sacerdotes del templo hablaba sin parar sobre el montón de dinero que se estaban gastando en las remodelaciones de parte del complejo, especialmente en una de las pagodas, y recordaba a los feligreses que las donaciones eran bienvenidas. Tras unos minutos de silencio empezaron a sonar redobles profundos de taikos y la ceremonia dio comienzo. Prendieron fuego a las cestas que colgaban de los troncos de bambú  y éstas ardieron inmediatamente, dando un ambiente aun más fantasmagórico y especial.

Poco a poco y una a una fueron llegando a la entrada lateral del templo cinco figuras representado al demonio, acompañadas por magistrados vestidos con un bonito quimono ceremonial y situándose junto a ellas, ligeramente detrás. Los demonios imponían respeto: llevaban elaboradas caretas que les daban un aspecto fiero, pelo largo, quimonos de colores llamativos y una enorme antorcha tan alta como ellos y con una llama considerable.

Una vez que las cinco figuras estuvieron alineadas en lo alto de las escaleras el ritmo de los tambores se hizo más intenso y, empezando por la que estaba más a la derecha y ayudados por los magistrados, comenzaron a bajar. Se dirigían hacia el templo con pasos a la vez torpes y pesados. Cada poco se paraban y golpeaban las grandes antorchas contra el suelo, haciendo saltar centenares de chispas que dejaban una estela luminosa y que ardían unos segundos en el suelo antes de apagarse. Se encaraban con el público, con gestos y miradas desafiantes, moviendo la cabeza a ambos lados y como retando a la gente a detenerlos.

Lentamente, con sus movimientos primitivos, haciendo zigzag, se acercaban a la plataforma, a veces actuando como si estuviesen desorientados. Una vez subieron por la rampa a lo alto de la tarima llegó uno de los momentos más espectaculares: con agilidad y gestos simiescos se encaramaron a los troncos y los agitaron fuertemente durante un buen rato, haciendo que los penachos de fuego del extremo cayesen por todas partes, llenando la noche de energía y chispas.

El desenlace fue probablemente una de las cosas más curiosas de toda la ceremonia: cuando los demonios ya habían jugado suficientemente con el fuego y se sentían aplacados y satisfechos, los monjes del templo salieron por la puerta del edificio principal, dejándola abierta y los invitaron a entrar, acompañándolos del brazo, en lugar de echarlos del templo. Con ello los malos espíritus descansarían tranquilos hasta el año siguiente.

HUE

Llegamos a Hue después de viajar toda la noche en un autobús que tenía camas en lugar de asientos. Yo conseguí dormir muy bien, me resultó cómodo.

Hue fue quizás la mayor decepción del viaje. Tanto la ciudad como sus monumentos sufrieron muchísimos daños durante la Batalla de Hue, una de las más cruentas de la guerra de Vietnam. Una gran parte de la Ciudad Imperial fue reducida a escombros por los bombardeos norteamericanos y para colmo, tras la victoria norvietnamita, las ruinas que quedaban fueron abandonadas ya que para el gobierno comunista representaban “una reliquia del régimen feudal”.

A pesar de los esfuerzos por reconstruir y restaurar los edificios, que empezaron a principios de los 90 y aun siguen muy activos, la Ciudad Imperial de Hue no me resultó demasiado atractiva, sobre todo si se compara con la Ciudad Prohibida o algún otro de los palacios de China. Tras pasear unas cuantas horas viendo los principales monumentos, por la tarde estábamos listos para seguir camino.

Los billetes de autobús para Hoi An los compramos en el Mandarin Café (12 De Hung Vuong, mandarin@dng.vnn.vn), y además comimos bien allí.

  La Ciudad Imperial de Hue    

Detalle de la decoracion de Hue (Foto por Aiko Yokozuka)

HOI AN

Dormir

Al parecer, hace unos años, era difícil encontrar sitio para dormir en Hoi An durante ciertas épocas del año, pero ahora, con el boom turístico en la ciudad es muy fácil encontrar alojamiento bueno y barato, sobre todo si te vas unos cientos de metros fuera del centro de la ciudad. Nos quedamos en:
An Phu Hotel (30 Nguyen Duy Hieu St, ph:(84-510) 3914 345-3914 347)

Muy buena relación calidad/precio, apenas a 10 minutos andando del mercado y del centro de la ciudad. El hotel era bastante nuevo, con piscina, habitaciones de buen tamaño, muy limpias, con terraza y TV. Pagamos US$20 por noche por una habitación doble, con un buen desayuno incluido.

Comer

Probamos varios restaurantes y en general los precios eran un poco más altos que en otras partes del país. Uno de los sitios que probamos fue el muy conocido (recomendado en LP) Cafe des Amis (52 Bach Dang). Nos sentamos en la terraza del primer piso y había vistas del rio y de la bulliciosa calle principal. La comida estaba rica y el precio bien, nada excesivo (siempre teniendo en cuenta que hablamos de VN).

Visita

Durante todo el viaje no hacíamos más que oir maravillas sobre Hoi An de cualquiera que hubiese estado (“nos íbamos a quedar 2 días y nos acabamos quedando 4″, “el mejor sitio de todo Vietnam”, “volveré seguro”), así que estábamos dispuestos a llevarnos una decepción, sobre todo después de lo de Hue.

Pero la verdad es que nos gustó muchísimo y cumplió todas las expectativas: relax, disfrute, sitio perfecto para acabar el viaje con una sonrisa. La guerra no afectó Hoi An lo más mínimo y hay muchas casas tradicionales perfectamente conservadas. Un simple paseo por las calles con sabor a otra época es una experiencia que merece la pena. Como además casi todas las casas son ahora tiendas, hoteles o restaurantes, se puede entrar y obervar la arquitectura interior y el mobiliario clásico.

Lo único malo de Hoi An es que se ha convertido en una meca turística, con muchísima gente, muchos hoteles nuevos en los alrededores y todo orientado al turismo.

                                                     Hoi An
        Puente Cubierto Japonés, Hoi An (Foto por Francisco Amigo)
                                                         Calle de Hoi An

La playa de Cua Dai está a sólo 5 Km del centro de la ciudad al final de una carretera, así que es perfecto para alquilar unas bicicletas para ir hasta allí. La playa es estupenda, con arena fina, muy ancha y se extiende durante kilómetros y kilómetros. Eso sí, el agua no es cristalina, porque el Mar de la China tiene bastantes olas. Además había bastantes medusas, todos menos yo acabaron con picaduras.

                              Playa de Cua Dai (Foto por Aiko Yokozuka)

Fuimos un día a hacer submarinismo a la isla de Cham con  Cham Island Diving Center (88 Nguyen Thai Hoc, www.chamislanddiving.com)y quedamos muy contentos con el servicio. 2 inmersiones costaron US$70 y si sólo querías hacer snorkel costaba US$32. El precio incluía pasar todo el día fuera, con comida en una cala preciosa en la isla de Cham, dónde luego podías hacer snorkel o relajarte. El buceo en sí estuvo bien pero sin ser una maravilla. No se veían muchos peces, pero el paisaje marino si era bonito.

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